El Camino

Sabía perfectamente que no había sido la mejor decisión de mi vida.
 
Yo, que no soy precisamente un fan del campo y sus bichitos, que no tengo especiales dotes de orientación ni habilidades de “supervivencia”… Yo, que ya había superado hace tiempo la barrera de la cincuentena y había perdido casi al mismo tiempo la forma física (y la silueta) del deportista que una vez fui, que soy un ser sociable por naturaleza, casi gregario diría, y que apenas había utilizado el arrojo y el valor en dos o tres decisiones en mi vida (a lo sumo), yo… de buenas a primeras me lancé a hacer el Camino de Santiago, andando y en solitario. ¡Ahí es nada!
 
Ni siquiera yo puedo dar una respuesta convincente a por qué lo hice, supongo que llegó un punto en que mi existencia vital tocó fondo. Supongo que la Pérdida invadió mi destino en sus diversas vertientes: la material (adiós empleo, adiós ahorros) y la afectiva (fallecimiento de seres queridos, desconexión de familiares y amigos). Y no encontré mejor manera de intentar reencontrarme que la de salir de mi zona de confort y lanzarme al vacío. Pero sólo lo supongo. El caso es que, en cuestión de una semana, tomé la decisión y me planté en Ponferrada.
 
Mi obsesión enfermiza por la planificación no me abandonó totalmente y durante los primeros días me documenté profusamente sobre lo que es el Camino de Santiago, cómo afrontarlo, cómo elegir el trayecto diario, etcétera. Me hice con una mochila, no pequeña pero tampoco demasiado grande, provisiones iniciales (agua, azúcar y protección solar, sin olvidar alfileres y tiritas para tratar las ampollas), ropa ligera para el mes de agosto en el que estábamos (sin olvidar un chubasquero, por si las moscas), calzado cómodo (deportivas y sandalias de trekking) y una suma de dinero modesta (para los primeros días, incluyendo las monedas necesarias para las lavadoras y secadoras de los albergues, que ayudan a librarse de los chinches).
 
Elegí Ponferrada porque está a unos 200 km de Santiago de Compostela y, como pensaba hacer jornadas de unos 20-25 km diarios, calculaba que no me costaría demasiado esfuerzo alcanzar mi destino en poco más de una semana. Empezaría acercándome a Villafranca del Bierzo y ahí me uniría al llamado Camino Francés. Eran las 7:52h de la mañana cuando me apeé del tren en Ponferrada, pregunté por el Albergue de la Parroquia de San Nicolás de Flüe y me dirigí con mi mejor ánimo hacia mi primer punto de contacto con el Camino.
 
Mi intención era, además de conseguir mi Credencial, conocer cómo es un Albergue para peregrinos. Resultó ser un edificio enorme y sencillo en forma de U, compuesto por dos módulos de dos alturas (planta baja y primera planta), separados por un patio abierto. Los espacios para pernoctar eran amplísimos, pero repletos de literas dobles repartidas por doquier. Solicité mi Credencial, dediqué el resto del día a conocer el casco antiguo de la ciudad y su hermoso castillo templario y me retiré temprano, tal y como había planificado hacer a diario, para elegir la mejor ubicación posible para dormir. En la primera jornada de mi alocada aventura nada había salido mal. Tampoco había hecho nada especial, lo admito, pero confieso que me sentía ridículamente satisfecho y confiado.
 
Amanecí temprano, sobre las 07:00h, aunque muchos peregrinos ya se me habían adelantado. Mi plan para las dos siguientes etapas consistía en caminar hasta Villafranca del Bierzo, dormir allí, y continuar luego hasta O Cebreiro. El sol que vigilaba el Camino y a sus peregrinos me hizo descubrir por qué los compañeros más expertos o aleccionados habían madrugado todavía más que yo. Hice todo el trayecto en solitario, siguiendo las indicaciones, parando cada vez que el cuerpo o la mente me lo pedían. No tenía prisa, quería experimentar eso que llaman “vivir el Camino”, aprovechar para disfrutar de todo lo que me iba encontrando a mi paso, ya fuera un poblado, unas vacas, una fuente, u otras personas. El caso es que tardé bastante, casi 8 horas, en llegar a Villafranca. Había dado cuenta de prácticamente toda la comida que llevaba y agotado totalmente el agua, mi cuerpo sudaba como una fuente continua empapando desde el sombrero hasta las plantas de mis pies, que resbalaban dentro de las sandalias. Pero eran para mí pequeños inconvenientes, daños colaterales asumibles. En cuanto pisé mi destino me dediqué a reaprovisionarme convenientemente y busqué el “Ave Fénix”, el albergue donde tenía previsto pernoctar. Éste era un edificio más moderno y más pequeño que el primero, pero el interior seguía recordando a un hospital de campaña, con sus literas aglomeradas en casi cualquier espacio libre. Estaba derrengado, me duché y me acosté.
 
En mi segunda etapa la alarma me despertó a las 06:00h. No quería volver a pasar por el mismo calvario de novato. El día anterior me había sido sencillo seguir las flechas, las conchas y las señales amarillas, e incluso empecé a sentir cierta introspección mientras caminaba a solas. Pero un nuevo día de castigo abrasador sería demasiado para mí. Y estaba decidido a no darme por vencido a las primeras de cambio. Para mi fortuna, el día amaneció ligeramente nublado, lo que me permitió iniciar la marcha a buen ritmo. Enseguida uno se daba cuenta de que se estaba acercando a Galicia: el verde ganaba terreno, el agua y el bosque también. En Pereje las casas de pizarra, con balcones de madera jalonados de macetas, rodeaban el río y el aire refrescaba al caminante. El paisaje se repetía una y otra vez (Trabadelo, Ambasmestas…), aunque cada vez un poco más frondoso y agreste. Y el cielo, sin apenas percibirlo, tornó en negro, negrísimo y las nubes descendieron hasta besar la tierra. En Ruitelán aproveché un banco, al inicio de un desvío que adentraba el Camino en el bosque, para cambiar el calzado y sustituir las sandalias por las deportivas, por si le daba por comenzar a llover.
 
No me había dado cuenta de que, en cierto modo, llevaba ya algún tiempo lloviendo. Al principio, la humedad del ambiente se había ido condensando en diminutas gotas suspendidas en el aire, que traspasaban todo como alfileres. El bosque se había ido cerrando, convirtiendo el sendero en una suerte de túnel, por el que cruzaban aquí y allá jirones de niebla que se deshacían a su antojo. Tuve que guardar mis gafas, pues no daba abasto a limpiarlas y se habían convertido en un obstáculo para avanzar. A pesar de mi miopía, me encontraba más cómodo sin ellas. Sobre todo cuando de repente el cielo sonó atronador, como si un cañonazo lo hubiese partido en dos, y toda el agua del mundo descargó de una vez sobre mi cabeza. Intenté encontrar un refugio para guarecerme, pero ya he dicho al principio que estaba fuera de mi zona de confort. Así que saqué como pude el chubasquero de la mochila, me lo enfundé y traté de continuar mi camino, por un terreno totalmente enfangado, sin apenas luz, ni visibilidad, ni dioptrías.
 
Ni que decir tiene que me perdí. Anduve durante horas por sendas, trochas, desvíos, cuestas, claros, más sendas, más cuestas… resbalando, arañándome, tropezando, ensopándome por completo, volviendo a caer. Y todo en medio de truenos como cañonazos, algún que otro rayo traicionero, topos como ratas (o ratas como topos) huyendo del diluvio universal, y jarreando agua como si no hubiera un mañana. Llegué a pensar que lo mejor era acurrucarme y quedarme quieto hasta que aquel infierno cesara o hasta que aquel infierno decidiera acabar conmigo. Saqué mis gafas para recuperar la visión siquiera por un momento, miré en todas direcciones buscando un lugar mínimamente a resguardo y entonces me pareció divisar, entre la cortina de agua y los troncos de los árboles, allí al final de la ladera en la que me encontraba, lo que me pareció un guardarraíl. No estaba seguro, ya no estaba seguro de nada, pero distaba unos veinte o treinta metros cuesta arriba y decidí intentarlo. Cuando digo cuesta arriba, quiero decir catarata arriba. Tras tres intentos fallidos, que acabaron enlodazándome más todavía, a la cuarta fue la vencida. Y, efectivamente, era un guardarraíl que protegía del desnivel que yo acababa de superar a la carretera que supuestamente yacía bajo el torrente que me encontré. El trazado era llano a izquierda y derecha, y en ambos puntos se escondía tras sendas curvas cerradas. Decidí seguir hacia mi izquierda (supongo que por la ridícula idea de que si me cruzaba con algún vehículo me lo encontraría de cara) y comencé a andar, extenuado, con el agua literalmente cubriéndome los tobillos.
 
No sé cuánto tiempo vagué río arriba (porque la carretera, tras la curva de la izquierda, se empinaba como un puerto de primera categoría ciclista), de nuevo sin mis inútiles gafas (porque no eran de buceo) y siempre bajo la interminable tromba de agua. Hasta que, de repente, al final de lo que mi visión miope describiría como manchas verdes a la izquierda, cortina de agua al centro y mole gris a la derecha, aparecieron dos luces paralelas que avanzaban hacia mí. De nuevo recuperé mis lentes y vi acercarse lo que parecía un automóvil. Invadido por la lógica alegría, comencé a gritar y a hacerle gestos mucho antes de que el conductor pudiese distinguirme (y yo a él). A medida que la distancia entre nosotros disminuía pude distinguir que el coche en cuestión era algún modelo de BMW, de color claro y en no muy buen estado. Luego pude concretar que estaba bastante desvencijado, pero funcionaba, y eso a mí me bastaba. Lo conducía una muchacha de no más de treinta años y aspecto también desvencijado, como el coche, con el rostro imperturbable y la mirada fija hacia adelante. Cuando detuvo el coche a mi altura y bajó la ventanilla del copiloto sin desviar la mirada ni un milímetro, pude ver que llevaba unos vaqueros y una blusa holgada, todo ello ajado y ensopado, y que conducía descalza. Le pregunté si podía ayudarme, llevándome hasta el pueblo más cercano y, sin pronunciar palabra, liberó los seguros y me dejó entrar.
 
Reanudó la marcha antes incluso de que yo terminase de darle las gracias y, como no parecía en absoluto accesible, opté por mantenerme también en silencio y no arriesgarme a que me echase de nuevo fuera del coche. No iba muy deprisa, la verdad sea dicha, pero a mi juicio llevaba demasiada velocidad, dadas las circunstancias. Sin embargo, debía de ser una lugareña de la zona, porque conducía sin atisbo de duda, como si conociese esa carretera de memoria. Estuvimos así durante bastantes minutos, ella impasible con la mirada fija, sin parpadear, y yo debatiéndome entre seguir callado o insinuarle de algún modo que tuviera algo más de precaución, arriesgándome a ser de nuevo condenado al infierno.
 
Al iniciar una larga pendiente, que finalizaba con una curva a izquierdas muy cerrada, no pude más y tiré de sarcasmo: – “Ten cuidado con la velocidad, en esa curva me maté yo”, le dije, tratando de no inmutarme al pronunciar las palabras.
 
– “Eso no es cierto”, respondió sin mirarme, “En esa curva me maté yo. Pero harías bien en no olvidar tus palabras, porque a partir de ahora vas a tener que repetirlas muchas veces…” Y, acto seguido, desapareció de mi vista, mientras el coche desvencijado, sin conductor, se deslizaba por la pista de agua inexorablemente hacia el final de la pendiente.
 
Y ahora, cada vez que recojo a algún autoestopista en apuros, no me importa que se extrañe de mi aspecto ni me importa notar ese incipiente temor que les asalta ante mi imperturbable silencio. Sólo ruego que, al llegar a la larga pendiente, ninguno decida echar mano de su sarcasmo.

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