EL SECRETO

– “¡No quiero que dejéis ni un solo rincón de Megalópolis sin registrar! ¿Me habéis oído, pandilla de ratas descerebradas? ¡Usad toda la tecnología de la que disponéis, pero quiero encontrar El Secreto de una vez por todas!” La garganta del Comandante Supremo alcanzaba tal grado de volumen y desgarro que hasta los robots rastreadores se habrían estremecido, de haber sido capaces de sentir emociones humanas, claro.
 
Los que sí estaban totalmente paralizados eran los miembros humanos del Estado Mayor. Conocían perfectamente lo peligroso que era para cualquiera de ellos que el Comandante Supremo estuviese contrariado. Y, en eso coincidían todos tan sólo con mirarse unos a otros, jamás habían visto a su líder tan alterado. Después de tantos lustros buscando en vano El Secreto, la desconocida fuente que se decía alimentaba a la irreductible Rebelión Invisible, habían recibido un soplo de fuentes fidedignas en las que se avisaba de que El Secreto había viajado de incógnito de alguna remota región del Estado hasta su capital. Jamás habían estado tan cerca de descubrir aquello que tanto perturbaba al Comandante Supremo, aquello que no permitía instaurar completamente el Orden Total, aquello que mantenía viva la llama de la lucha contra el poder establecido. Si lograban hallarlo podrían acabar de una vez por todas con el movimiento anti-sistema autodenominado “Rebelión Invisible”. Pero todos los esfuerzos habían resultado estériles hasta el momento, de modo que la ira del Comandante Supremo era, hasta cierto punto, lógica. Y nadie quería imaginar qué ocurriría si esa ira dejase de dirigirse hacia los androides y se fijase en los humanos.
 
De repente el Comandante Supremo bramó, todavía de espaldas a su plana mayor: – “¡Jefe Mayor de Contra-inteligencia… es la última vez que me defrauda!” Inmediatamente, los drones de seguridad dispararon sus rayos láser sobre el aludido, sin darle tiempo siquiera mas que a abrir los ojos como platos, mientras caía fulminado delante de sus colegas quienes, dicho sea de paso, emitieron al unísono una exhalación mezcla de piedad por la suerte de la víctima y de alivio por su propia suerte.
 
– “¡Dejadme solo!”. No tardó más de cinco segundos en vaciarse completamente la enorme Sala Central de Gobierno donde se hallaba. Después de permanecer otros cinco minutos inmóvil, el Comandante Supremo ordenó a los sistemas de control del Palacio que bloqueasen todos los accesos a la sala, así como cualquier medio de rastreo y comunicación exterior. Quería permanecer completamente a solas, aislado. Los sistemas obedecieron las órdenes, actuando tal y como habían sido programados, repitiendo la secuencia de comandos que ya habían ejecutado anteriormente en otras ocasiones.
 
Aún tardó otros diez largos minutos el Comandante Supremo en reaccionar. Cuando lo hizo se dirigió hacia un punto del muro de acero con el que se había construido la estancia, activó un panel secreto cuya localización sólo él conocía, y apareció una puerta oculta, monolítica, a excepción de una mínima ranura ubicada en su centro geométrico. El Comandante Supremo sacó entonces un collar que llevaba colgado en el cuello, en cuyo extremo brillaba una tarjeta de acero con las iniciales “R.I.”. Insertó la tarjeta en la ranura y la puerta se abrió, franqueando el paso a un habitáculo más bien pequeño, poblado de objetos extraños. Extraños al menos para la mayoría de los seres humanos que, en pleno año 2154, habitaban el Estado de Pangea, como descendientes que eran de quienes sobrevivieron al Gran Final, unos cien años antes.
 
El Comandante Supremo cogió varios de esos objetos y leyó sus inscripciones: “La Biblia”, “Así habló Zaratustra”, “El Capital”… Escogió uno titulado “La Rebelión Invisible: instrucciones para sobrevivir al Gran Final” y, sonriendo levemente, continuó la lectura por el punto en el que la había dejado la última vez.

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