EXPEDIENTE COVID-19

Eran las 16’30h. Llevaba desde las 6:00h despierta, sin parar de hacer cosas. No había desayunado, ni comido al mediodía. Tampoco tenía planes para cenar esa noche. Planes… su único plan era no dejar de hacer lo que estaba haciendo, mientras le quedase un gramo de energía. Llevaba andando más de media hora, sin parar, con la caja en brazos, a veces en el hombro, otra vez en los brazos, extendidos, luego recogidos, cambiando de postura por el dolor que sentía, pero siempre andando deprisa.
 
Se le cayó una mascarilla al suelo. ¡Mierda! No tuvo más remedio que parar, dejar la voluminosa caja en el suelo, recoger la mascarilla y regresarla a su lugar de origen. Cualquiera que la hubiera visto agacharse a toda velocidad, habría imaginado que esa mujer huía de algo o de alguien con un valioso tesoro en brazos. Aunque, a juzgar por la mascarilla que se cayó, no parecía una carga ni tan valiosa ni tan pesada, incluso para una mujer casi escuálida como ella.
 
Claro que no la había visto nadie. Porque, sencillamente, no había nadie en la calle, en las calles, de la ciudad. Por eso tampoco nadie podía adivinar lo que escondía la caja en su interior, justo debajo de las 100 mascarillas FFP3: media docena de soportes respiratorios completamente equipados.
Respiró profundamente. Sus ojos negros, en otro tiempo grandes y cautivadores, hoy hundidos en las cuencas oscuras de sus párpados, se clavaron en el trecho de calle que tenían por delante hasta llegar a la plaza, escudriñando cada portal, cada recoveco, cada esquina. No quería sorpresas, no ahora, que estaba tan cerca de su destino. No podían interceptarla. Y ella sabía perfectamente que, si cualquier agente del orden la veía, sin guantes, sin mascarilla puesta, sin documentación, sin argumentos válidos para explicar quién era, qué hacía allí y adónde se dirigía, no tendría otra opción que detenerla. Y ella no lo podía consentir. Después de más de 10 horas en pie, su día no se podía ir al traste justo ahora.
 
Repasó rápidamente su recorrido desde que salió del Hospital General de la Cruz Roja, cuando aún ni había amanecido. Fue directa al primer cajero que encontró y sacó todo lo que su tarjeta le permitió. Había hecho un pedido online dos días antes y la entrega estaba prevista para las 12 del mediodía en el punto de recogida que ella marcó: la oficina de Correos más cercana al hospital. Se dirigió a la dirección que indicaba el reportaje que había leído la noche anterior. Cuando llegó, la situación era más dramática de lo que había imaginado. Del gris edificio viejo, de cuatro alturas, con 8 balcones, destacaban solamente dos de ellos: el primero de la izquierda y el cuarto de la derecha. En ambos, sendas ancianas andaban asomadas a la calle reclamando sin fuerza que alguien las socorriera. Sin duda eran ellas, las ancianas de la noticia, dos octogenarias contagiadas, aisladas, cuya presencia había causado tal pánico entre el resto de los vecinos que habían terminado por sellar las puertas de sus viviendas por fuera, de tal modo que no había forma de que esas pobres mujeres pudieran salir, ni de que nadie pudiera ayudarlas desde fuera.
 
Debido a la situación de extrema alerta que se había declarado, y a la falta de recursos y equipos, hacía algún tiempo ya que se había decretado la política de “tratamiento selectivo”: sólo se asistiría a los pacientes con mayor probabilidad de curación, lo cual excluía a estas mujeres. Se lo había oído decir una vez al Dr. Quijano, en el pasillo del hospital, comunicándoselo a la Enfermera Jefe, con una mezcla de repulsa y de resignación.
 
Con el dinero que había sacado le alcanzó para comprar víveres y la voluntad de un vecino, de modo que pudo desbloquear las viviendas y entregarles alimentos para una buena temporada, así como obtener la promesa de su nuevo “asalariado” de que velaría por la seguridad de ambas ancianas. Pero no podía quedarse mucho tiempo, jamás podría comprobar si el fulano era hombre de palabra, antes de que el tumulto que se empezaba a formar en la escalera fuese a más, salió corriendo hacia la oficina de Correos.
 
Al llegar, se encontró un despacho prácticamente vacío. Donde habitualmente trabajaban una veintena de personas tan sólo se veían dos hombres detrás del mostrador. Se acercó a preguntar por su pedido, le mostró al funcionario el código de recogida que había recibido en su móvil y esperó. Eran ya las 12:45h, pero su pedido aún no había llegado. Empezó a ponerse nerviosa. No podía estar allí, era consciente, y menos sin ningún tipo de protección. Y a juzgar por las miradas inquisitorias del funcionario de Correos, estaba claro que ese hombre también lo sabía. El tiempo pasaba muy lentamente, no había noticias de su pedido, y las miradas de ese hombre sugerían, cada vez más, una amenaza clara. Hacia las 14h decidió jugársela a una carta. Se dirigió al hombre, le explicó que el pedido era para una situación de vida o muerte, y le ofreció el móvil como contraprestación por el gran favor que le haría si ella podía salir de allí con el pedido y sin sobresaltos. Finalmente lo consiguió, aunque el móvil no fue suficiente. El hombrecillo le señaló una puerta, que daba a un pequeño de almacén y su mirada lasciva fue suficiente para dar a entender sus intenciones.
 
Eran las 14:55 cuando salió, con su caja en brazos, de vuelta al hospital. Las fuerzas le habían ido abandonando, especialmente después de los 20 asquerosos minutos en aquel cuchitril oscuro, pero tenía que llegar al hospital.
Un coche de policía encaró la calle por el extremo enfrente de ella, lo que la sacó de su ensimismamiento y le hizo volver a conectar todas las alertas de su cuerpo y de su mente. Oyó un zumbido detrás de ella y al girarse vio a una señora que abría la puerta de un edificio, portando de una correa a su viejo perrito. Sin pensárselo dos veces, aprovechó la ocasión para colarse en el portal como un rayo, justo en la décima de segundo que transcurrió entre que la señora soltó la puerta y ésta se cerró. Con el corazón a punto de salírsele por la boca, sin dar la luz para no delatar su presencia, y rezando para que a ningún otro vecino se le ocurriera salir a la calle en unos minutos, calculó mentalmente el tiempo que la patrulla de policía emplearía en abandonar la calle por el otro extremo. Claro que no podía estar segura de ello, ni de su habilidad para calcular el tiempo necesario, ni de si los policías habían recorrido toda la calle o se habían desviado en la otra calle que la cruzaba perpendicularmente… o puede que hubiesen parado el coche, incluso a lo mejor la habían visto y estaban esperando tranquilamente a que ella saliera, para detenerla.
 
Cuando yo no pudo aguantarse más, buscó el pulsador de la puerta y salió. Tuvo suerte, todo estaba despejado, así que emprendió de nuevo la marcha. Pasaban 10 minutos de las 17h. Obviamente, ella ya sabía, cuando salió por la mañana, que no iba a estar en el hospital a las 9h, pero se juró a sí misma que estaría de vuelta antes de las 18h. Le quedaban menos de 2 km para llegar, pero a cada paso que daba le parecía que la calle se alargaba un poco más. Empezó a nublársele la vista, más de una vez se trastabilló, estando a punto de echar por tierra su carga.
 
A las 17:40 divisó la fachada del hospital y una débil sonrisa cruzó su rostro exhausto. Con las últimas fuerzas que le quedaban entró y se dirigió directamente a los ascensores, haciendo caso omiso a las llamadas del guardia de seguridad, un pobre hombre entrado en años y en kilos que apenas hizo más que un esfuerzo simbólico en ir tras ella. Llegó a la tercera planta. Antes de salir del ascensor tuvo que recostarse en una de sus paredes para tomar aliento. A la izquierda del pasillo vio por fin su destino: “Dr. Quijano – Oncología”, rezaba el cartel en la puerta. Se desplomó tres pasos antes de llegar.
 
Muy temprano al día siguiente, el Dr. Quijano, sin haberse duchado ni cambiado de ropa, comenzó a organizar la plantilla de asistencia a los 6 pacientes infectados por el corona virus que se encontraban en estado crítico. Gracias a aquella chica, ahora había una esperanza de vida para ellos y para futuros enfermos graves. No iba a olvidar nunca a esa mujer, cómo hacerlo. Corina, Corina Vidal, se llamaba, y tenía 19 años. Era paciente suya, en la sala de cuidados paliativos del área de oncología. Su sonrisa eterna y su mirada penetrante cautivó a todos desde el día que ingresó. Nunca dejó de sonreír, a pesar de los estragos que dejaba en su cuerpo el tratamiento tan agresivo de quimioterapia y radioterapia que su cáncer de huesos requería. Ni siquiera dejó de sonreír cuando, unos días antes, le tuvo que comunicar lo de su metástasis incipiente, tratando de darle una mínima esperanza, avanzándole que, a la mañana siguiente, a las 9h, iba a probar con ella un nuevo tratamiento experimental, pero en el que él confiaba ciegamente. Recordó esa sonrisa franca, cuando ella levantó su mirada limpia del móvil, donde estaba leyendo no sé qué noticia de unas ancianitas.
 
El Dr. Quijano, se enjugó una vez más con la manga de su bata las pocas lágrimas que le quedaban, después de haberse pasado toda la noche llorando sin consuelo. Cogió la carpeta con el historial de la joven y, con rotulador negro grueso, escribió en grandes letras:
 
“CORINA VIDAL – 19 AÑOS // COVID-19″

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