La Rotonda

– “¡Mira el chulo ése! ¡Va listo si cree que se va a salir con la suya!”
 
Dos rotondas, le faltaban dos putas rotondas hasta llegar a casa. Después de un día especialmente denso, la interminable cola de vehículos que se interponía entre él y la primera de las dos últimas rotondas le había sacado a Santiago ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro cuando subimos a nuestro automóvil. Llevaba más de cinco minutos de reloj esperando “pacientemente” a que le tocase su turno de ingresar en la rotonda. Conocedor de lo mal que gestionaban el acceso a las rotondas todos los conductores de España, menos él, había decidido mantenerse en el carril derecho de la recta que desembocaba en la susodicha rotonda. Total, debía tomar la segunda salida y él sí conocía perfectamente las reglas de circulación en las rotondas.
 
Su “paciencia” estaba empezando a agotarse cuando vio a lo lejos, por el retrovisor izquierdo, un BMW cambiando de carril y avanzando a toda velocidad hacia la rotonda. “¡Qué falta de respeto hacia los demás! ¡Qué prepotencia!”, pensó, “¡Y lleva camino de alcanzar la rotonda cuando me toque a mí! ¡Pues lo lleva claro!”
 
Efectivamente, Santiago comprobó que la rotonda estaba despejada para él en el preciso momento en que el bólido del capullo llegaba a su altura, entrando los dos en paralelo a la rotonda. “¡Seguro que además va a querer tomar la misma salida que yo y se me va a cruzar sin respetar mi prioridad!” Así que Santiago, para enseñarle a ese listillo que no puede conducir como le salga de los cojones y salirse con la suya, ajustó la trazada de forma que ambos coches fuesen milimétricamente en paralelo y se mantuvo en alerta para ver cómo reaccionarían el BMW y su soberbio dueño cuando se encontrasen el acceso al carril exterior bloqueado.
 
Tras dos maniobras infructuosas (y temerarias) para adelantar a Santiago, en el último instante el BMW clavó los frenos en mitad de la rotonda y Santiago tomó su salida, con una sonrisa triunfal y una carcajada tan diabólica que casi no le dejó escuchar el tremendo golpetazo a sus espaldas. Cuando miró por el retrovisor interior vio el autobús. Se había subido literalmente sobre un amasijo de hierros, del mismo color que lucía momentos antes el BMW.
 
Aquel día en la ciudad murieron dos personas: Luis Goicoechea, 25 años, arrollado por un autobús en una rotonda, velado por familiares y amigos, e incinerado dos días después. Y Santiago Ruiz, 55 años, muerto casi al mismo tiempo que Luis, y que sobrellevó su muerte como buenamente pudo, en soledad, disimulándola durante otros 22 años más…

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