Las Cenizas de Laura

Laura seguía inmóvil, sentada, con la cabeza gacha  la mirada vidriosa, perdida en algún punto indefinido entre la gravilla del suelo. Aunque las autoridades todavía estaban esperando el informe de la policía científica para confirmar las causas del siniestro, ella no lo necesitaba. Porque sabía perfectamente qué había pasado, conocía el origen del devastador incendio que había arrasado el centro comercial. De hecho, se confesó culpable en todas y cada una de las declaraciones que tuvo que realizar: ante la policía, los bomberos y el juez de guardia.

 

¡Por supuesto que sabía cuál era la causa de semejante desastre! ¡Como para olvidarlo! Con la de discusiones que había tenido su novio con ella a cuenta de esa manía suya de desechar las colillas sin apagarlas, dejando que se consuman por sí solas, ya fuera en un cenicero, en la calle, en la arena de la playa… donde fuese. Algunas de aquellas broncas habían sido realmente épicas (esa ortodoxia enfermiza de él frente a la desidia no menos enfermiza de ella), hasta el punto de poner su relación un par de veces al borde de la ruptura.

 

Claro que recordaba haber arrojado su enésima colilla agonizante en la papelera que había a la puerta de aquella perfumería a cuya inauguración había asistido. Esa papelera donde minutos antes había tirado los frasquitos con muestras de regalo de perfumes, sin tan siquiera abrirlos. La misma papelera donde otras decenas de clientes habían repetido la misma operación que ella. Esa papelera que, dos minutos después, comenzó a arder como una antorcha y se volcó, esparciendo el líquido inflamable que contenía hacia el interior de la perfumería. A partir de ahí, el caos: las llamas cobraron vida con inusitada rapidez y virulencia, propagándose por todas partes. La gente huía despavorida, sin control, como pollos sin cabeza…

 

Afortunadamente, el moderno diseño del centro comercial, estructurado en módulos separados por bulevares y amplios corredores al aire libre, evitó que ardiese todo el complejo y que la tragedia fuese mayor. Sólo se vio afectado el módulo de tres plantas, de acero y cristal, que albergaba la perfumería y otros catorce establecimientos. Eso sí, el bloque entero quedó reducido a escombros, no se salvó nada, nada en absoluto. Al margen de varios heridos por inhalación de humo y contusiones varias, la rápida intervención de los bomberos evitó males mayores.

 

Únicamente hubo que lamentar la muerte de un joven bombero, Francisco Javier Contreras, de 33 años, soltero, a punto de contraer matrimonio en apenas cuatro meses, quien, al desbloquear la puerta del almacén trasero de la perfumería para chequear la situación, provocó involuntariamente una combustión instantánea de todos los vapores de alcoholes que las altas temperaturas habían condensado en el aire de la estancia cerrada, lo que se tradujo en una violenta bola de fuego que arrancó de cuajo la puerta de su marco y le engulló completamente en un abrir y cerrar de ojos.

 

Laura volvió en sí sacudiendo la cabeza, como para librarse de todos aquellos pensamientos que la atormentaban. Sacó del bolso un pañuelo acartonado y, con un movimiento reflejo, se secó unas lágrimas, ya inexistentes después de tanto llanto. Se incorporó, se atusó la falda del vestido negro, depositó las flores frescas recién cortadas en el jarrón de la lápida, lanzó un último beso y se alejó taciturna, con paso vacilante. Aún tenía que encargarse de un montón de trámites para anular la boda…

Comparta sus opiniones