Maldita evolucion Darwin

¡Maldito seas, Darwin!

Esta mañana me he despertado con una extraña sensación.

No me dolía nada, ni tampoco el sueño dominaba mi cuerpo como otras tantas veces en las que parece como si me desdoblase y sólo una parte de mí empezase a vivir la jornada, como un autómata, mientras la otra parte seguía dentro de la cama, esperando a que me reuniese con ella más tarde, ya duchado y desayunado. No, tampoco se trataba de eso. Era una sensación desagradable, indolora pero incómoda, y totalmente nueva para mí.

Lo descubrí cuando alcancé el lavabo, abrí el grifo de agua fría y me dispuse a despegar la careta que todas las noches crece silenciosa entumeciendo todos y cada uno de los músculos de mi cara: al situar las manos en forma de cuenco para recoger el agua me dí cuenta de que el dedo pulgar de mi mano derecha estaba en una posición, digamos, antinatural. Sí, permanecía ligeramente encogido e inclinado hacia el centro de mi palma, en un ángulo de casi 90º.

Todos mis esfuerzos para devolver mi pulgar a su posición natural (estirado, separado de la palma, apuntando al exterior) resultaron inútiles.

Me duché, desayuné, me vestí, me lavé los dientes… con el dedo inmutable, fijo en esa posición, sin dolor, pero fuera de toda lógica. Mi preocupación cada vez era mayor. Imaginé cientos de hipótesis para darle una explicación lógica a este fenómeno, pero ninguna me convencía.

Finalmente, asustado más que preocupado, decidí pedir por teléfono una cita en el Centro de Salud para que me viera mi doctora.

Y en ese momento… ¡todo encajó a la perfección!.

Tan perfectamente como encajó mi smart phone en mi mano derecha, con ese pulgar preparado para teclear y desplazarse por su pantalla táctil con una agilidad aprendida y perfeccionada con el paso del tiempo.

¡La evolución de las especies para adaptarse al medio y sobrevivir!.

¡Maldito seas, Darwin!

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