Rebelde

Alicia sonrió con una sonrisa tan agridulce como la infusión que se acababa de llevar a los labios. Se incorporó en silencio para alcanzar el mando a distancia, y apagó el televisor, interrumpiendo bruscamente las desdichas interminables de la protagonista del culebrón que estaban emitiendo: «Rebelde».

De repente se hizo el silencio absoluto a su alrededor, hasta el punto de que le dio la sensación de que cada milímetro, cada centímetro cúbico de espacio entre su cerebro y las paredes del salón, había estado ocupado por las voces lastimosas, melifluas y cantarinas de aquellos personajes de pacotilla. Como si se tratase de un invisible colchón hinchable, que se hubiera desplegado atiborrando completamente la estancia, amoldándose a las distintas superficies hasta no dejar ningún hueco libre.

Así de absoluta era la calma que se había instalado fuera de su mente. Fuera, claro, porque dentro era otra cosa. Dentro se había desatado una algarabía de imágenes y diálogos, un torrente sin freno de ecos y emociones, perteneciente a otra fotonovela mucho más trágica, por real.

La historia de una niña alegre y despierta, nacida en el seno de una familia modesta, estricta y autoritaria que, ya desde muy pequeña, generó en ella la idea de que la cigüeña encargada de repartir los bebés se había equivocado de destino con ella. Dentro del puzzle formado por su padre, su madre y sus dos hermanos mayores, ella se veía a sí misma como una pieza extraviada de otro puzzle que había ido a parar a la caja equivocada.

En lugar de permitir que le fueran limando los bordes hasta que encajase perfectamente en el hueco reservado para ella, Alicia desarrolló una personalidad desafiante que, sin embargo, no le impidió ser brillante en sus estudios y hasta feliz (a su manera). Su carácter guerrero sólo se revelaba en el entorno hostil de su familia, pero fuera de ahí aparecía la niña inocente, inteligente y sociable que había sobrevivido bajo la protección de su otro yo, y que se integraba con total normalidad en el colegio y en la calle.

Pero cuando las circunstancias de la vida trocaron su paraíso escolar en otro infierno autoritario, amenazando con asfixiar a la Alicia desvalida, irrumpió de nuevo su alter ego, con fuerzas redobladas, el carácter guerrero convertido en guerrillero, la mejor defensa es un buen ataque, la venganza de «morir matando»… atacando por sistema, el ataque preventivo como filosofía de vida.

Las notas cayeron en picado, la familia no se dio por aludida y apretaron más aún las cadenas. Los profesores no se dieron por aludidos y se sucedieron los expedientes y las expulsiones. Tenía sólo 13 años, pero su corazón ya había sufrido mucho más de lo que lo hacen los corazones de muchas personas en toda su existencia.

Y esa niña en caída libre, que rozaba los bordes de los precipicios más horribles, por donde luego se despeñarían muchos de los que se apuntaron a ese viaje, se topó con su príncipe azul. Ella, que no había oído hablar nunca de príncipes, y que apenas distinguía los colores, se enamoró de un salvador que la invitó a cabalgar en busca de la salida del túnel. Sólo que aquel túnel no desembocaba en la luminosidad de la superficie, sino en un tobogán que la introducía cada vez más adentro, más lejos de la salvación.

Con apenas 14 años, se encontró embarazada y casada. Viviendo a caballo entre dos familias, cada cual más hostil, cada cual más explotadora. Muy pronto el príncipe azul se despojó de su disfraz. Llegaron los trabajos forzados las 24 horas del día, los malos tratos… y más hijos. Una avalancha de mierda inmunda no cesaba de caer sobre ella, haciendo inútil cualquier esfuerzo desesperado por librarse de aquella condena a cadena perpetua.

Durante una eternidad, las dos Alicias, la guerrera y la inocente, mano con mano, lucharon para evitar quedar sepultadas por completo. Y, mientras luchaban, el tiempo de la vida, de sus vidas, transcurría inmisericorde.

Pero Alicia la guerrera, inasequible al desaliento, no estaba dispuesta a faltar al juramento de proteger a toda costa a su otro yo. Y un día encontró, entre toda la mierda que envolvía a ambas, un camino ascendente que prometía llevarlas a la superficie. Un camino tan doloroso, o más si cabe, que el que las había hundido en lo más profundo de la miseria.

Haciendo acopio de sus extenuadas fuerzas, comenzó a abrirse paso, arrastrando siempre tras de sí a su adorada compañera. No le importó recibir todas las heridas, con tal de que su protegida saliera indemne.

Divorcio, abandono, penurias, soledad y, finalmente, ¡la libertad!. Tuvieron que pasar casi 40 años para que las dos Alicias consiguieran su objetivo. Pero el precio fue elevado: la Alicia guerrera quedó seriamente herida, tanto que iba a tardar mucho en sanar. Y la Alicia inocente se cerró sobre sí misma, aterrorizada. Tanto, que le iba a costar mucho abrirse de nuevo al mundo.

La alarma del móvil sonó fuera de la mente de Alicia. Las cinco y media. Tenía que darse prisa, hoy iba a ponerse trabajar algo más tarde de lo habitual. Apuró la infusión, se incorporó, se enjugó una lágrima que había logrado fugarse de su párpado derecho y se estiró la falda.

– «Bastarán unos minutos delante del espejo y todo volverá a estar bajo control, no te preocupes», susurró la Alicia guerrera. Y la inocente sonrió…

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