Reflexión larga y aburrida

De repente la pena se le viene a uno encima y le cubre completamente, con su manto negro, pegajoso. Y uno se pregunta si es que la pena ha regresado por culpa de todos los acontecimientos que le han ido sucediendo últimamente en su vida, o tal vez sea que nunca se fue, que se quedó escondida en un ángulo muerto, pasando desapercibida, esperando pacientemente su momento.
 
Esta vida es un tránsito temporal, lo sé de sobra (y lo repito machaconamente, también lo sé). Temporal e impredecible: en algún momento puede que alguien se atreva a asegurarnos que nos queda un tiempo máximo de vida (n días, n meses, n años) Pero jamás de los jamases, nadie, podrá garantizarnos que viviremos ni un ínfimo segundo más… no hay garantía de vida, sólo de muerte.
 
Por eso una cosa es existir y otra distinta vivir. Existir es un verbo pasivo que consiste en dejar que la Vida pase por nosotros, mientras que vivir consiste en pasar nosotros por la Vida.
 
Y sólo se puede vivir si nos apoyamos en las emociones y los sentimientos, en lo etéreo frente a lo material, para interrelacionarnos con nuestro entorno (personas, animales, plantas, ríos, bosques, lagos, mares…). Pero es que, además, las emociones y los sentimientos hemos de entenderlos como lazos en lugar de cadenas. Ése es el principal error que cometemos los que tratamos de vivir la vida (los que sólo existen como zombis ni siquiera llegan a eso).
 
Las cadenas atan para siempre, los lazos no, los lazos pueden desanudarse y liberar la relación. Ésta es la lección más importante, tal vez, para conseguir la felicidad: saber dejar ir, deshacer el lazo y dejar ir. No poseemos a nadie, no somos dueños de nadie, sólo de nosotros mismos… y de nuestras emociones y sentimientos.
 
Cuando una relación finaliza hay que aceptar el hecho, desanudar ese lazo y liberar el otro extremo. Cuesta, sí, pero hay que hacerlo. Y hay que aprender a hacerlo voluntariamente. Da lo mismo si al otro lado ha fallecido un ser querido (tu pareja, tu hijo, tu amigo, tu mascota) o si es ese ser querido el que decide liberarse y no seguir junto a ti (tu pareja, tu hijo, tu amigo). Qué más da si sigues locamente enamorado de tu pareja, si amas con todo tu ser a tu hijo, o a tu hermano. Qué más da si sigues queriendo a ese amigo con el que tanto has compartido. Qué importa si no entiendes el porqué… No los posees, no eres su dueño, no tienes derecho a exigirles nada. Y tampoco tienes derecho a sufrir por ello, porque no has perdido nada, no se pierde lo que no se posee, sólo has dejado que uno de los lazos se libere y siga su rumbo, ajeno ya a ti.
 
Cuando la razón del final es la muerte, suelta el lazo, pasa el duelo, libérate de tu egoísmo y quédate con tus recuerdos y con todo lo que intercambiaste a través de ese lazo mientras existió. Y si la razón es una decisión del otro lado del lazo, pues… exactamente lo mismo: pasa el duelo, libérate de tu egoísmo, quédate con lo compartido y sé agradecido.
 
De repente la pena se le viene a uno encima y le cubre completamente, con su manto negro, pegajoso. Y uno se pregunta si esta larga y aburrida reflexión es la única forma que ha encontrado de quitarse su peso de encima y librarse de ella…

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