Jugar sin juguetes

Imagen entrañable de abuelo y nieto conversando

Viendo el otro día a mi nieto jugando con su Nintendo,
sentí que estaba aburrido (y es algo que no comprendo).
Con la de juegos que tiene, ¿cómo se acaba aburriendo?
Juega con tanta apatía, que no se está divirtiendo.


—¿Qué te ocurre, chavalote? Estás un poco amuermao;
sal a que te corra el aire, que siempre estás encerrao.
Vamos a dar un paseo para despejarte el torrao,
siempre con los marcianitos en la consola amorrao.


—Es que no sé lo que hacer, nada me entretiene ya;
no encuentro ningún invento que me divierta de verdad.


—Piensa en juegos naturales, cosas que a ti te convengan,
jugados al aire libre con amigos que intervengan;
que fluya tu adrenalina con juegos que a ti se avengan.


—Dime, abuelo, ¿qué juguetes usabas tú de pequeño?
Eran tiempos diferentes, según nos cuenta la seño.
Tú me lo cuentas, lo escribo y a mi clase se lo enseño:
será una lección de historia contada por ti con empeño.


—En aquellos viejos tiempos no había consolas ni apaños,
que hacía poco había acabado la guerra de nuestros daños.
Los juguetes los hacíamos con agudeza y con maña:
te divertías más haciéndolos que luego dándoles caña.


Hacíamos bolas de barro con calma, sin apreturas,
y se dejaban secar en cualquier rincón a oscuras;
se cocían en la lumbre para que estuvieran duras,
y podías jugar al gua, que los juegos son cultura,
compartidos con amigos, que la amistad es frescura.


Solo tu imaginación te hacía inventar aventuras,
dándote opción a vivir las verdes y las maduras:
me sentía Búfalo Bill con la escoba por montura,
o me hallaba en las cruzadas atacando con soltura
con mi espada de madera labrada con unas molduras.


Se buscaban latas viejas y se unían con cordel,
y eras la locomotora de un expreso de poder:
era tan vivo aquel juego que el humo podías oler,
pues las quimeras de un niño nunca se deben perder.


Y si ponías cuatro ruedas a un madero de cantera,
montado encima creías guiar coche de carreras.
Te lanzabas por la cuesta desafiando la bajada,
y el juego solía acabar con raspón o magulladura:
era un deporte arriesgado sin frenos ni ataduras,
y en la casa de socorro curaban las torceduras.


Si querías jugar al fútbol y no teníamos pelota,
con trapos viejos se hacía; lo malo es que no rebota,
y apenas dura un partido porque la tela se agota;
pero para el día siguiente fabricábamos ya otra.


En los juegos de la calle jugaba todo el que llega:
al rescate, al escondite, al marro o al tú la llevas.
Son infinidad de juegos que en la memoria se enredan,
y entre carreras y risas los sinsabores se alejan.


Luego había juegos tranquilos como el parchís o la oca,
con el brasero encendido tirando cuando te toca.
Se jugaban en invierno cuando el frío se desboca:
sentados junto a la mesa el calor al hielo ahoga,
añorando únicamente algo que llevarse a la boca,
que el apetito era mucho y la despensa muy poca.


Los domingos y festivos ejercía de monaguillo,
y el señor cura me daba un mendrugo con membrillo,
y a veces algún coscorrón por si miraba al cepillo
o no dejaba el copón reluciente de buen brillo.


Por mediación de la parroquia entré en Auxilio Social,
donde daban alimento y disciplina marcial.
Nos inculcaban a diario la prédica colonial,
formando en filas solemnes con rígido ceremonial,
cantando himnos austeros para asentar la comida.
Al entrar al comedor nos vigilaba la abadesa:
nadie empezaba a probar si no bendecían la mesa.


El día que daban lentejas venían bien aderezadas,
con gorgojos flotando que comías sin mirar nada,
pues si no tomabas plato la jornada iba menguada.
Nos hacían encalar y limpiar cada rincón:
se untaban con brocha gruesa zócalos de Zotal,
ardían los ojos al punto y costaba respirar:
un rigor desmesurado que a la salud hacía mal.


Muchos niños padecían del raquitismo el quebranto,
hinchadas las cabecitas por falta de alimento sano.
Yo por fortuna me libré de semejante quebranto,
aunque pasé meningitis y la vencí paso a paso.
Aquella era la rutina en aquel centro severo,
hasta que un día decidí no volver a su sendero.


Cuando se enteró mi madre se disgustó de verdad:
—¡Fíjate lo que te digo: hay que arrimar el jornal!
Mi padre murió temprano y la escasez apretaba.
Me coloqué con un ciego que vendía el cupón,
y me daba tres pesetas por guiar su caminar:
eran diez horas diarias, mas en casa echaba un cabo,
ganando ya mi sustento con orgullo y con agrado.


Pero me estoy desviando del tema de este relato:
volvamos a aquellos juegos que sellamos en el trato.
Tenía menos tiempo libre, mas no perdía el encanto:
me apasionaban los tebeos y disfrutaba pintando;
casi todo el rato suelto lo pasaba dibujando,
imaginando a mis héroes por la justicia luchando.
Porque los sueños son sueños, mas la magia está brotando
si en el fondo de nosotros la seguimos cultivando.


Crié gusanos de seda viendo su transformación,
desde que tejen la hebra hasta su blanca eclosión.
Con las ventanas abiertas mantenía la habitación
para que la mariposa volase hacia su ilusión:
su libertad fuera breve, mas me colmaba de afición.
(Más vale un segundo libre que un siglo en una prisión).


De todos estos recuerdos yo saco una conclusión:
hoy tenéis muchos más medios que en nuestra generación,
pero los juegos de antaño guardaban más corazón.
Tenéis que ser como Bastián buscando su vocación:
¡ponerle a vuestro camino fantasía e ilusión!


Aunque me llaméis abuelo, os daré mi moraleja:
yo escribo en mi ordenador estas memorias añejas,
iluminando el futuro con historias que no son viejas.


Al poco tiempo mi nieto se presenta muy contento:
—¡Abuelo, me han dado un diez en el colegio por tu cuento!
Y la maestra me ha dicho que el relato es verdadero,
porque su padre le cuenta vivencias del mismo tiempo.

firma de francisco guio