Memorias de infancia y posguerra en Toledo
Nací en el cuarenta y uno tras una guerra cruenta;
fue una lucha entre familias donde nada se tenía en cuenta,
porque aquellos años fueron una matanza sangrienta.
La media España rebelde contra las urnas se enfrenta,
robándoles sus derechos con las armas y la afrenta,
masacrando a las personas que oponérseles intentan.
Fue en Toledo capital donde mi infancia principia,
con ruinas por todas partes por culpa de la codicia,
llegando a este duro mundo donde escaseaba la justicia.
El dictador del Ferrol su largo mandato inicia,
ejerciendo un poder férreo con sombra inquisitoria,
fusilando a tanta gente que para nadie es noticia.
Mi padre era un hombre serio y en el trato comedido,
un obrero de ideas firmes, comunista convencido,
que luchó contra el fascismo desde el golpe acaecido;
y al finalizar la contienda se halló en el bando vencido,
teniendo que aclimatarse al poder establecido,
aunque para sus adentros continuaba dolido:
pero ahora lo importante era buscarse el cocido.
Mi madre tenía dos hijos, viuda de un republicano
que fue fusilado en Meco vendido por sus paisanos.
Desde allí marchó a Toledo buscando un suelo más sano,
y los dos se arrejuntaron caminando de la mano,
ya que el hombre, en soledad, precisa calor humano.
Pero había en el entorno miradas de juicio estrecho,
beatos y catequistas de rigores y despecho,
que juzgaban a las gentes por cómo hacían su lecho,
diciendo que quien convive peca por siempre de hecho.
Llevando dos años juntos les vino un nuevo incidente,
y así llegué al mundo un día sin franqueo ni remitente:
me apodaron «Botijo» porque era muy regordete,
y desde muy corta edad fui un guerrero incipiente,
pues en casa no dormían con mis berridos potentes.
La comida andaba escasa entre los pueblos vencidos,
mientras en el otro bando lo selecto era servido.
Los víveres de racionamiento nos tenían desnutridos:
lentejas llenas de orugas y pan negro enmohecido,
con raciones tan menguadas que al punto estabas vencido;
y se buscaban las mañas para mantenerse erguidos.
Me atacó la meningitis teniendo muy poca edad,
y los médicos de entonces temían la gravedad:
eran sencillos sanitarios, faltos de comodidad.
Al verme tan delicado me desahucian sin piedad:
«Dar vanas esperanzas es faltar a la caridad;
el niño se está muriendo, solo queda ya rezar».
«Mejor que termine pronto: sufrir más no les conviene,
aunque resiste con fuerza y le palpitan las sienes».
Ha comenzado a respirar y su pulso se sostiene:
está ocurriendo un milagro que a este infante mantiene,
pues de aquella enfermedad mueres o quedas lisiado en ciernes.
Yo les llevé la contraria y me fui curando fuerte:
dándome una moratoria se olvidó de mí la muerte,
asomándose a mi cuna un soplo de buena suerte.
Los doctores debatían sanación tan sorprendente,
pensando que con los años brotaría algún pendiente
y que en cuerpo o en sesera me fallaría el temple.
Medían de tarde en tarde mi capacidad motora,
descubriendo que a mis ojos la visión limpia no aflora:
una prueba que me hicieron resultó ser la infractora,
rozándome la córnea con una sonda extractora.
La dolencia me enseñó a no ver las cosas claras,
pero conviviendo con ello me acostumbré a mis taras:
eran catorce dioptrías lo que de ver me separan,
mas era lo que tocaba: las cartas vienen sin trampa.
Mi padre no se arrugaba, jamás anduvo cohibido:
era un gran trabajador, consecuente y atrevido.
Si no le ofrecían empleo no se daba por vencido,
siempre hallando la manera de asegurar el cocido:
en la estación o el mercado rondaba prevenido
para echar una peonada o cargar lo desvalido.
O se metía entre las ruinas de edificios destruidos
para sanear los ladrillos entre cascotes caídos,
llevándolos a vender a los barrios deprimidos.
Arrabal y Covachuelas eran rincones heridos
donde alzaban sus viviendas con medios casi extinguidos.
Ofrecía su albañilería con afán agradecido:
cobrando en grano o patatas, el trato era bienvenido.
Cuando menguaba la obra cargaba con su morral
y marchaba monte adentro con ojo de gavilán:
traía cardillos y setas, o romanzas del bardal,
alguna liebre o conejo seguido por su señal,
o peces del río cogidos con artesanal esparavel,
y pieles de culebra que vendía en el arrabal.
Éramos como polluelos aguardando en el corral.
Llegó una noche Francisco cuando estábamos rendidos:
cargaba un saco a la espalda que lo traía abatido.
Al abrirlo descubrimos carne limpia y buen bocado:
por causa de una riada un gran toro se había ahogado,
y en un recodo del Tajo quedó el cuerpo encallado.
Cortó las mejores piezas con el cuchillo afilado,
preparó sendos filetes con manteca en la sartén:
aquella noche cenamos como si fuéramos reyes.
Teníamos en la cocina una gran pila de granito,
que limpiaron a conciencia para adobar cecina.
Para ahumarla se quemaron jaras, tomillo y encina;
después se echó sal gorda procedente de la mina,
con pimentón de la Vera y aliño de hierbas finas,
poniendo losas encima para drenar las toxinas.
Y al cabo de varias semanas la carne quedó divina.
En la planta de abajo vivía un combatiente mutilado,
recibiendo su pensión como veterano del Estado:
don Pedro, defensor del Alcázar, militar laureado,
a quien hallaron herido cuando el asedio fue quebrado.
Mi padre y Pedro lucharon en los dos bandos opuestos,
pero ya no eran rivales: reinaba solo el respeto.
Sin ser amigos del alma, su encono habían depuesto;
el trato de las familias era cordial y bien puesto:
una alianza admirable en aquellos tiempos revueltos,
sin hablar de la contienda pero sí de los aciertos.
A él le traían los víveres de raciones selectas,
mientras al pueblo vendían harinas casi deshechas.
Comíamos en la misma mesa el franquista y el rojo,
compartiendo las viandas sin rencores ni enojos,
con aceitunas aliñadas con tomillo e hinojo,
haciendo vida discreta porque vigilaban mil ojos.
Mi padre siempre llevaba un pitillo en la comisura,
costumbre que mantenía desde su tierna premura.
Cuando no tenía tabaco bajaba con soltura
a la casa del teniente y compartían la envoltura,
viendo elevarse el humo con reposada mesura.
«De algo tendré que morirme», repetía con holgura.
Con algunos trastos viejos armó un molino de mano:
girando la manivela trituraba todo el grano,
saliendo harina dorada y el salvado limpio y sano.
Tras un recodo del muro preparó su aposento,
con herramientas y mesas para armar su experimento:
reparaba cacharros con ingenio y con talento,
y en los martes de mercado sacaba su rendimiento.
Compraba viejos cuadernos que vendían por pliegos,
y se los leía a mi madre, que escuchaba con anhelo:
sagas de bandoleros, princesas y troveros,
Genoveva de Brabante y el Tempranillo lucero.
Ella no aprendió las letras y él devanaba el sendero,
aguardando cada tarde el nuevo pliego coplero.
Vivíamos en corrala con numeroso vecindario,
antiguo caserón viejo de patio comunitario.
Sin tener agua de grifo íbamos al manantial,
cargando cántaros pesados por la cuesta empinada.
Era un arca de concordia donde vivían a la par
familias de signo opuesto sin buscarse jamás mal.
Don Pedro no compartía la crueldad de su bando:
—Esta guerra solo trajo luto, ruina y quebranto.
Mira cómo sangra España: dos mundos en desencanto;
los vencidos pasan hambre mientras reina el camposanto.
Luché contra la República porque me tocó en suerte,
mas conviviendo a tu lado no os hallo en nada diferentes.
Mi padre le replicaba con serenidad sincera:
—Me enteré trabajando de que estallaba la guerra;
fui voluntario al frente para guardar esta tierra.
La voz libre de las urnas la ahogaron con la bayoneta,
convirtiendo a la nación en una prisión secreta.
Y los dos, entre pitillos, dialogaban en paz,
esperando que algún día amaneciera la verdad.
Una noche de alarma estalló un polvorín cercano;
atribuyeron el golpe a maquis de la serranía.
Salieron escuadras pardas con ira y con cobardía,
reclamando venganza con ciega villanía,
penetrando en las casas buscando a los de izquierdas.
Asaltaron la corrala con insolente descaro:
—¡Que salga Paco Guío, que aquí tenemos reparos!
¡Viene con nosotros preso o lo mandamos al foso!
Mas en el quicio aparecieron Pedro y mi padre a la par:
don Pedro vestía uniforme con las medallas al pecho,
luciendo la laureada ganada en duro despecho,
mientras Francisco vestía mono de albañilería
con la paleta en la mano y polvo de la obra abierta.
Al verle tales laureles la tropa quedó suspensa,
y don Pedro con voz firme les frenó la insolencia:
—¿Se puede saber qué hacéis turbando mi residencia?
¿Quién comanda esta cuadrilla? ¡Dígamelo de inmediato!
Mancháis vuestro uniforme atropellando a inocentes.
Este hombre está en mi casa reformando mi aposento:
¡si no desalojan la puerta abriré juicio sumarísimo
por deshonrar la bandera con conducta prepotente!
Los asaltantes cuadráronse bajando la cabeza,
marchándose en silencio tragándose la fiereza.
Aquella noche terrible de venganza y dolor,
la entereza de don Pedro salvó a mi progenitor.
Por mediación de don Pedro colocaron a mi padre
en las obras de la Academia Militar toledana.
El jornal fue asegurado y menguó la fatiga amarga.
Compró una vieja gramola con el motor desarmado,
y tras arreglar sus piezas sacó al corredor los discos:
zarzuelas, Concha Piquer, tangos de Carlos Gardel,
reuniendo a las familias al caer el atardecer,
olvidando por un rato las miserias del ayer.
Yo entré en Auxilio Social, lugar severo y sombrío,
donde rezos forzados imponían el rigor;
hasta que decidí marcharme para buscarme el jornal:
fui lazarillo de un ciego que voceaba el cupón,
caminando doce horas por calles de pedregal.
Hasta que topé en la vida con mi ángel protector:
doña Cundi, la repostera de noble corazón.
Me empleó de repartidor de sus bollos y confites;
al ver que no distinguía las letras de las pizarras,
me costeó las primeras gafas que calmaron mis brumas,
enseñándome a leer, a sumar y a comprender.
Por ella descubrí el mundo que se oculta en el papel,
fascinado por los tebeos y queriendo dibujar
las viñetas de los sabios que me hacían soñar.
Vino después el invierno con densas nieblas heladas
en los altos de la Academia, en su atalaya empinada.
La bruma cubría el cerro como una sábana blanca.
A la hora del almuerzo notaron que Paco faltaba:
buscáronle con zozobra por desvanes y cubiertas,
hasta dar con su cuerpo en el fondo de un respiradero:
¡treinta metros de caída en aquel pozo certero!
Tres días aguantó con vida en la sala del hospital,
llamando a mi madre al borde del aliento final.
Le susurró el gran secreto guardado con devoción:
en el barrote de hierro donde dormían los dos,
desenroscando la piña que servía de remate,
hallaría dos mil pesetas enrolladas en papel:
«Es lo que ahorré grano a grano para venceros el hambre
o pagaros el viaje para emprenderlo hacia Madrid».
Murió con la edad de Cristo, con mi madre a su cabecera;
y a pesar de sus fatigas se quisieron de verdad.
Don Pedro firmó los trámites para darle su pensión,
despidiendo con honores a aquel gran trabajador.
Francisco Guío — Marzo de 2013