Segunda parte de «La guerra de la posguerra»
Huyendo de la miseria a Madrid nos trasladamos,
y fue una dura aventura lo que aquí nos encontramos:
llegamos de ningún sitio y en la nada nos quedamos,
y persiguiendo quimeras el camino comenzamos.
Por entonces Palomeras era un páramo en barbecho,
un terreno abandonado que a nadie daba provecho,
nada más que alguna cabra que ramoneaba los helechos,
con el pueblo de Vallecas solitario y al acecho,
con la torre de su iglesia recortada en el estrecho.
Era uno de esos lugares donde el silencio se mantiene,
roto tan solo a lo lejos por el traqueteo de trenes,
que de día no se aprecia y de noche no conviene,
desvelando los descansos con el eco en los andenes,
porque el pueblo de Vallecas un apeadero contiene.
El horizonte brillaba con la luz de la ciudad,
y desde aquí las estrellas se veían con claridad,
porque nada perturbaba contemplar el cielo en paz.
Las hermanas Pingarronas nos vendieron los derechos
de un minúsculo terreno donde construirnos un techo:
eran parcelas humildes, diez por diez metros de trecho,
donde levantar cuatro piezas y atrás un corral estrecho;
pero a aquel suelo baldío le sacamos buen provecho.
El levantar la chabola no nos resultó sencillo:
unos pisaban el barro y otros ponían ladrillos,
hasta que en el horizonte el sol mostraba su brillo,
y entrábamos a vivir con fango hasta los tobillos:
con un colchón, unas mantas, la mesa y el infiernillo,
y una madre enternecida amamantando a un chiquillo,
mientras cuidaban la puerta los vecinos con sigilo,
procurando que de fuera no vieran el batiburrillo.
Los vecinos se ofrecieron sin que nadie lo pidiera:
todos pusieron su esfuerzo para que la obra cundiera,
porque si venían los guardias la dejaban en escombrera;
no había ley ni miramiento para con la clase obrera:
solo buscaban mordidas para mantenerse fuera.
Dormíamos bajo techo pero estábamos aislados:
mientras faltaba trabajo no estabas empadronado,
y sin domicilio fijo no extendían certificados,
y las calles sin trazado carecían de visado,
sin tener unos papeles que demostraran tu estado;
sin cartilla para el médico estábamos desahuciados,
pues la casa de socorro quedaba a un buen trecho andado.
Sin tener ningún transporte estábamos desarmados,
teniendo que pisar barro hasta el tramo empedrado,
que era el Alto del Arenal con bajada hacia ambos lados:
uno hacia Vallecas Villa y otro hacia el Madrid soñado.
No había calles, ni autobuses, ni comercios, ni mercados,
ni fuentes donde beber, ni farolas de alumbrado;
de noche era un llano oscuro con algún perro ladrando,
soñando con un futuro que siempre nos han vedado.
El frío lo combatíamos junto a la mesa camilla,
con el brasero debajo calentando las rodillas;
ellas guardaban las piernas para no criar cabrillas,
mientras tanto las parejas se buscaban las cosquillas,
andando con mucho tiento no rechinasen las sillas.
Sobre las cuatro paredes y rollizos van las tejas;
con el suelo sin baldosas de ello nadie se queja,
que ya tenemos refugio donde descansar la oreja:
sobre un jergón en el suelo nuestro cansancio se aleja.
Poco a poco se iba obrando con la cuenta de la vieja,
quitando un poco de todo para guardar pesetejas,
que en vivir como personas nuestro empeño nunca ceja:
éramos como la hormiga que sale en la moraleja,
cuidando que no faltase un buen plato de lentejas.
La sobremesa era corta sin una luz eficiente:
no había corriente en las casas aunque sobraran clientes.
Las velas o los candiles y carburos malolientes
eran los que daban lumbre en los hogares humildes,
mientras la electricidad pasaba en torres potentes
con cables de alta tensión que silbaban al poniente:
era estar desfallecido con el banquete de frente.
A las seis de la mañana todo el mundo está de marcha;
el desayuno consiste en pan frito y unas gachas,
para lanzarse a la calle sea verano o caiga escarcha,
que los pocos con jornal es porque estaban en racha.
Los demás siempre en la brecha, vigilantes y al acecho,
recogiendo cualquier cosa que pudiera dar provecho:
por mantener a sus hijos debían partirse el pecho,
buscando en los vertederos materiales de desecho
para vender la chatarra, que a comer tenían derecho.
Cuando buscabas trabajo te miraban con recelo,
lo mismo que a un forastero por ir pidiendo currelo;
pero el día que lo hallaban sentían un gran consuelo,
y la familia se abría a respirar con desvelo.
Nuestra chabola acogía al clan familiar en pleno,
que apiñándose cabían la abuela, la hija y el yerno:
la familia era sagrada y sus vínculos eternos,
y todos colaboraban con el bienestar interno.
Antes de hacer los tabiques, las puertas o el cielo raso,
dormíamos todos juntos por la premura del caso.
Teníamos que ir con tiento cuando el querer pedía paso,
y había que buscar fuera un rincón para el agasajo:
y mientras todos dormían salían al campo sereno
para quererse a sus anchas descansando sobre el heno.
Por eso excavamos pozos para agua o excrementos:
si brotaba limpia y pura, ¡menudo acontecimiento!
Se coronaba el brocal con ladrillos y cemento,
y el cubo con la garrucha completaban el invento.
Al menos para el aseo aquella agua era un acierto;
para beber y guisar no cabían experimentos,
y con cántaros al hombro el viaje era un esfuerzo.
Cuando caían cuatro gotas con la arcilla pegajosa,
nos costaba caminar por veredas cenagosas:
los pies quedaban trabados y la marcha era penosa;
solo las botas Segarra resistían cualquier cosa.
Al llegar a la Albufera los charcos eran valiosos
para limpiar del calzado aquel barro pegajoso.
En las noches de verano cuando apretaba el calor,
salíamos a la calle buscando un soplo de frescor;
charlaban los convecinos hasta que entraba el sopor,
y te metías en tu casa empapado de sudor.
El metro era nuestra meta seis días a la semana,
hasta el Puente de Vallecas en dura marcha temprana;
a fuerza de puro empuje subían cada mañana,
y al regreso por la tarde la cuesta pesaba en gana.
Había un baldío adyacente que usaban de basurero;
lo limpiamos y allanamos entre varios futboleros,
y el campo de La Paloma nació de aquel vertedero:
se hizo un campo de tierra y un equipo verdadero,
empezando con partidos de casados y solteros
hasta formar una escuadra que en la barriada fue puntera.
Se abrían algunos comercios, tahonas y ultramarinos,
y también un par de tascas con su mostrador de pino,
donde se juntaban hombres para hablar y beber vino,
mientras un afilador lanzaba sus trinos cansinos.
Trajineros de la Mancha traían queso y miel de la alberca,
y también botijos finos que conservaban su agua fresca:
los más famosos botijos, los que hacían en Sonseca.
También de Campo Real aceitunas bien curadas,
berenjenas de Almagro en un sarmiento ensartadas,
y pimentón de La Dalia para alegrar las viandas.
Muy cerca proyectaron edificar Moratalaz:
contrataron mano de obra con premura y cantidad,
y los barrios adyacentes tuvimos la prioridad:
con La Elipa, Palomeras y Vallecas a la par.
Descendió el paro en la zona y mejoró la vecindad.
Muchos apenas creyeron que esto fuese realidad,
hasta que un día instalaron por fin la electricidad:
el barrio fue una verbena de luz y fraternidad,
al encenderse farolas que alumbraban de verdad.
Aceras se fueron haciendo y se enfoscaron fachadas,
abriendo zanjas de desagüe que aliviaran las riadas.
Por dentro se fue tabicando, que la intimidad es sagrada:
se puso cielo raso y la estancia fue enyesada,
y lució baldosa nueva que a plazos fue sufragada:
¡aquella humilde chabola en hogar fue transformada!
Los comités vecinales reclamaron su lugar,
exigiendo concesiones a cambio de cotizar;
en las reivindicaciones supimos perseverar:
pidiendo alcantarillas, agua, calles y dignidad.
No pedíamos limosnas: lo debido reclamar.
Nuestros niños sin escuela corrían a su albedrío,
y decidimos juntarnos para darles cobijo:
levantamos unas naves y nos mandaron maestros,
con pupitres restaurados desechados de otros centros,
catones, enciclopedias y crucifijos al centro.
Y dejamos muy sentado que Palomeras es nuestro:
lo creamos de la nada y creció digno y derecho.
Los maestros comprendieron del barrio la realidad,
y arrimaron el hombro con entera generosidad:
sembraron la cultura y segaron la orfandad,
enseñando a los muchachos con cariño y rectitud,
abriendo rumbos distintos a nuestra juventud.
Un autobús apareció: la línea diez por más señas;
fue un acontecimiento que merece su reseña.
Hicieron calles y aceras con moderna estructura;
y el barrio se fue alzando poco a poco, firmemente,
con los vecinos unidos combatiendo en cada frente.
Llegaron excavadoras zanjeando nuestro suelo
para abrir alcantarillado y dar agua al vecindario;
ver las calles asfaltadas nos pareció extraordinario,
y el metro llegó al Portazgo coronando el calendario.
No lo consiguió uno solo: ¡lo conquistó la unidad!
Las chabolas ya son casas y no pisamos el barro;
por fin llegó la democracia tras la noche del atraso.
Palomeras es de todos, del que está y del que ha llegado,
porque entre todos se hizo con entrega y con trabajo.
Nos propusieron un plan para ordenar los terrenos,
haciendo bloques modernos con jardines y paseos.
Que nos dejen en el barrio fue la condición primera:
¡aquí transformamos en vergel una tierra que era yerma!
Se cambiaron las chabolas por viviendas en altura,
con amplias zonas abiertas para ganar en holgura.
Cambiamos la vieja estampa por la vida independiente:
cada cual tras de su puerta se fue volviendo prudente.
Ya las puertas son barreras, somos más indiferentes.
La cercanía de antaño se fue perdiendo en parte:
ya no hay puertas a la calle, solo el rellano de enfrente.
La máquina echó las casas, pero nuestro barrio es este:
con autobuses y metro y con parques al relente.
Solo echo de menos la sencillez de la gente;
hoy vivimos con holgura, mas añoro aquel ambiente.
Cerca de donde vivíamos nos construyeron el barrio,
siendo Madrid por derecho, integrados sin reparo.
Si miro por la terraza veo un vecindario nuevo:
personas trabajadoras que renuevan este suelo.
Este pulso se ha ganado con orgullo y con tesón:
entre todos se ha logrado lo que parecía ilusión.
Lo que no lograrás nunca es aquello que no empiezas.
Francisco Guío — Agosto de 2012