La guerra de la posguerra

Mujer y niño en las calles del Toledo de la posguerra

La guerra sus muertos llora, se apagó el fragor del frente;
lo malo nos llega ahora, que los muertos ya no sienten,
y las bombas nos dejaron solo destrucción y muerte,
creando una nueva casta: la de los supervivientes.


Ahora empieza el mangoneo, la venganza del traidor:
los judas al mando ciego y el vendido al paredón,
que irán a fosas comunes por culpa de un delator.


Sin saber si son culpables, sin juicios ni apelación;
nadie les deja que hablen, no hay para ellos salvación,
cuando su único delito fue defender su nación.


Los llevan en formación como esclavos a la venta:
unos irán a prisión y otros a cualquier cuneta,
que las vidas de los rojos les importan tres puñetas,
y su brutal tiranía imponen como propuesta,
cambiando la libertad por la sumisión completa.


Los tribunales sumarios eran jueces y verdugos,
formados por partidarios de las flechas y los yugos,
apareciendo cadáveres como en el otoño el musgo;
y a los que no fusilaban les sacaban bien sus jugos
en campos de internamiento, lugares de negro luto.


Desde donde eran mandados a los campos de trabajo,
que hay planes muy avanzados para currar a destajo,
con el látigo en la espalda y asquerosos comistrajos:
eran doce horas diarias sin poder salir del tajo.


No andaban con miramientos: hacía falta mano de obra;
estaban muriendo a cientos, pero no importa: hay de sobra.
Con sueldos de servidumbre, cincuenta céntimos cobran,
desde la aurora al ocaso hasta que sus cuerpos doblan.


Al túnel del Guadarrama más de cinco mil han ido;
sus gritos al cielo claman y nadie les presta oído.
Hay que callar y aguantar porque si no están perdidos.
Trabajan, comen y duermen en rincones reducidos,
con un ruido taladrante de barrenas y estallidos;
y cuando ya están exhaustos y el aliento han consumido,
los tiran a un terraplén donde vierten los residuos.


Cerca se estaba fraguando una gran aberración,
y hacia allí estaban llevando lo mejor de la nación.
Al tirano dio el antojo y lo puso en ejecución:
caiga quien caiga en la empresa, han de alzar su panteón.


Copiando a los faraones de aquel Egipto de antaño,
que labraban pirámides matando a propios y extraños;
creyéndose el gran pastor y el pueblo todo un rebaño,
custodiado por sus lebreles para ocultar sus engaños.


Se unieron los arquitectos, Méndez, Muguruza y Ávalos,
y fijan en Cuelgamuros un proyecto colosal:
un monumento en honor a sus sangrientas hazañas,
que sirva de mausoleo al dictador de las Españas,
custodiado por los muertos que cayeron en campaña.


Dan comienzo los trabajos al tiempo que los suplicios,
y las ofensas y palos comienzan desde el principio,
después de haber bendecido la obra un dignatario pontificio.
A costa de voladuras van allanando el precipicio,
dirigiendo las cuadrillas para abrir el frontispicio
por donde horadar la roca dando a la cripta su inicio.


La obra costó quince años y miles de hombres deshechos,
que seguirán enterrados bajo aquel frío cemento.
El Valle de los Caídos, honra y prez del Movimiento,
es la tumba de un régimen que nos trajo el aislamiento.
Con la cruz de Juan de Ávalos se coronó el monumento.


Es un nombre que les cuadra a los presos oprimidos,
que fueron los que cayeron y que yacen sumergidos:
son los esclavos del mando explotados y exprimidos.
Trabajando sin descanso con un chusco y unas gachas,
el monte había que ahuecar para la tumba del autócrata.


Hay derrumbes a diario, la base está hecha de muertos,
y sin ritos funerarios otros ocupan sus puestos,
apartando entre las piedras aquellos tristes restos.
Es el lugar de renombre donde más muertes ha habido;
por eso le cuadra el nombre del Valle de los Caídos.
Debajo del monte Abantos media nación se ha perdido
porque un rencor despiadado así lo hubo decidido.


Se proclamó salvador y acabó siendo verdugo,
y dividió en dos a España: la opulenta y la del yugo.
Los que quedaron con vida, mujeres, niños y viejos,
como no había qué comer caían como conejos,
mientras los púlpitos daban oraciones y consejos.


Los que conseguían trabajo debían ser comedidos,
mostrando agradecimiento al poder establecido,
sometiéndose al mandato sin quejas ni resentidos.
La gente seguía a un monago haciendo oír su campanilla:
quien quisiera trabajar tenía que entrar por capilla,
para que el cura apuntase su presencia en la cartilla.


Nos rapaban la cabeza con la máquina al cero,
para evitar que los piojos saltasen al compañero,
frotando con Zeta-Zeta del último hasta el primero,
tras ducharte con agua helada en el rigor de enero.
Las cabezas de los niños las hinchaba el raquitismo:
faltaban los alimentos y sobraba el fanatismo.


Muchas personas morían en prisiones del franquismo
a causa de los rigores que imponía el autoritarismo.
Todo el mundo lo sabía y todos guardaban mutismo,
pues si alzaban la protesta les venía a ocurrir lo mismo.
O usaban la ley de fugas por guardar las apariencias,
asesinando por la espalda pretextando una indulgencia.


Si querían mover los coches se las ingeniaban de lleno
colocando calderas conocidas por gasógeno,
que hacían marchar los motores con vapor de carbón denso.
Los vencedores vivían en las más altas alturas;
los demás, orejas gachas, en la cárcel o en la sepultura.
Eran tiempos muy amargos para intentar aventuras:
escaparse del redil traía castigo y tortura.


El país quedó en tinieblas y el mundo nos dejó aislados;
éramos frente a Europa un pueblo de desterrados.
Y aquellas hondas miserias trajeron tisis y fiebres,
llenando salas sombrías de enfermos desamparados.


Teníamos que hacer milagros para estirar la peseta;
el pan casi no existía: era un lujo en nuestra dieta,
porque el cupo del abasto nunca traía raciones netas.
Hacer harina en las casas era una auténtica gesta:
harinas negras y sucias de almacenes que apestan.
Cuando faltaba carbón se iba al monte a por leña,
arriesgando recibir la tunda con que el guardia enseña.


La basura de los ricos era a veces alacena
donde en una buena racha podía hallarse la cena:
las mondas de las patatas y un buen hueso... pura crema.
En las fincas del poder no había tales desvelos:
buenos quesos y jamones, matanzas de diez lechones,
mientras para el desvalido quedaban los sinsabores.


La gente humilde luchaba cada día por subsistir,
buscándose un mal jornal con el que poder vivir,
recogiendo en los mercados sobras para no morir:
se quitaba lo podrido, un lavado... y a hervir.
O pedían al pescadero cabezas y raspas gruesas
para cocer un buen caldo engañando a la pobreza.


Como no había trabajo, se arriesgaba mucha gente
metiéndose al río Tajo a pescar contracorriente.
Desplegaban los trasmallos escondidos bajo el puente,
vendiendo luego el pescado si la suerte era clemente.
Si te pillaban los guardias, el castigo era inminente:
golpes duros y calabozo sin tener miramiento presente.


Cuando agarraban a un hombre con un molinillo de mano,
lo encerraban en la cárcel: protestar resultaba en vano.
El trigo era de rebusca tras las siegas del verano,
aunque había arrieros nobles y panaderos leales
que horneaban barras extras remediando a sus paisanos.


Solo tomaban café personas de altos vuelos;
los pobres nos conformábamos colando los recuelos:
quitábamos el polvillo y era un dulce consuelo
cuyo olor al hervir nos hacía soñar el cielo.


Yo, siendo apenas un crío, me busqué las habichuelas
limpiando ladrillos viejos por las Covachuelas,
un arrabal toledano que sufrió hondas secuelas.
También recogía colillas cuando había mercancía:
les quitaba las dos puntas y la hebra deshacía,
clasificándola en botes según fuese su valía:
negrillo, rubio o de puros, la forma en que se vendían.
Los restos de puro fino para presumir servían
en los paseos de domingo entre ropas que a naftalina olían.


De muy niño la meningitis por poco me deja ciego;
bien parado quedé al cabo, que todavía me sostengo,
pues con tan escasa vista por la calle corrí riesgos.
Muchos de aquella dolencia quedaron fuera de juego:
la mayoría fallecieron o en un triste desasosiego,
y yo, aun estando cegato, a sobrevivir me entrego.


Teniendo tan solo siete años trabajé de lazarillo,
con mis pantalones cortos y la roña en los tobillos.
Aunque veía muy poco y era apenas un chiquillo,
me sabía buscar la vida con mi pinta de pardillo.
Los domingos y festivos ayudaba de monaguillo:
al terminar me ofrecían un mendrugo con membrillo,
y algún coscorrón de paso por si miraba al cepillo.


Fue en una cafetería a la que yo iba bastante,
donde paraban tertulias de personas de postín:
tomaban café con copa y fumaban puro humeante.
El jefe de policía me llamó a una mesa aparte,
y hablándome por lo bajo su mandato me comparte:
—Te vas a casa el Camuñas y me traes un paquete Chester.
Tú sabes bien dónde vive: como tardes, mala suerte.
Lo escondes bajo la ropa, que presto quiero tenerte;
ya sabes que sin tabaco no hay quien pueda contenerme.


El Camuñas trapicheaba con productos de extranjis;
la guardia bien lo sabía, convenios de tapadillo,
pues se infiltraba en corrillos para actuar de soplón.
Llegué y me soltó el paquete sin pedirme un solo real;
lo escondí y salí corriendo para regresar ligero,
pues el sargento era hosco y se ponía severo.


Mas al doblar una esquina tropecé con un viandante
y me fui al suelo de bruces con las piernas vacilantes.
Me levanté como pude y corrí hacia adelante,
hasta llegar al local a recobrar el resuello.
—¿Qué te ha pasado, rapaz? Has llegado hecho un eccehomo.
—Es que al doblar la esquina choqué contra un peatón.
—¿Y el paquete de tabaco, que sin fumar no resisto?
Llevé la mano al bolsillo... ¡y solo encontré el vacío!
Se me debió de caer en aquel golpe imprevisto.


El policía me miró y, sin fijarse en mi llanto,
me cruzó dos bofetadas desahogando su furia:
«¡Este golfillo granuja me ha birlado el paquete!».
El café lindaba a un solar abandonado,
lleno de zarzas y ortigas entre escombros olvidado,
y con feroz crueldad me arrojó al matorral.
La concurrencia enmudeció, pero sus ojos hablaron.


De repente apareció como un ángel justiciero:
con el mantel de una mesa me envolvieron con esmero.
Yo, sobre el zarzal de espinas, me quejaba lastimero,
y la dueña del café me protegió con denuedo:
—¡Este abuso de poder contra un niño es traicionero!
¡Quien representa a la ley debe cumplirla primero!
El oficial fue a la puerta calándose su sombrero,
soltando un torpe disculpa que no sonaba sincero.


Ella me alzó entre sus brazos y me acomodó en su auto,
y en la casa de socorro me curaron con cuidado;
a ella también le vendaron los arañazos del brazo.
El médico, conmovido, reprochó aquel vil zarpazo:
«Ese sayón del poder contra el zagal fue a degüello».
Luego me llevó a mi choza y explicó lo acontecido,
y mi madre agradeció el valor que había tenido.


Aquella dama me dijo:
«Hay que aprender: los ignorantes no ganan.
Aunque hoy seas un chiquillo hay que labrar el mañana:
cuerpo limpio, corazón firme y la cabeza bien clara».
Ella vio que me esforzaba, mas que mi vista fallaba:
compró mis primeras gafas y en otro mundo me hallaba.
Mis nieblas se disiparon: la claridad me alumbraba.


Me enseñaba con paciencia siendo bondadosa y sabia:
a sumar y a escribir aprendí en pocas semanas.
Era un ángel protector ante las penas humanas;
todo lo que acometía lo hacía de buena gana.
Al concluir la lección preparaba una merienda,
guardando restos limpios que nos sirvieran de ofrenda,
y a veces ponía unas monedas en mi mano con presteza
para aliviar a mi madre en su constante estrechez.


Vestía pantalones cortos porque no había otra cosa,
y en invierno un gabán de una pana muy rasposa
que daban en caridad tras una prédica extensa,
y por rezar el rosario unas botas ya gastadas.
Casi siempre me veían con las rodillas peladas,
la tirilla en bandolera y la cara churretosa;
ella limpiaba mis manchas con su pañuelo oloroso,
y yo en pago le pintaba pajarillos y amapolas.


Me enseñó que en esta vida hay que saber ser honrado,
las cuatro reglas maestras y el hablar pausado,
diciéndome que el saber es tesoro asegurado.
Cuando supo que partíamos a buscar mejor camino,
nos mandó una carta escrita con afecto campesino:
«Buen viaje os deseo en vuestro nuevo destino;
me dejas grato recuerdo en el corazón prendido.
Escríbeme cuando llegues, quiero saber de tu sino;
en este fardo os envío prendas para el camino».


El paquete contenía dos pantalones de paño,
unos zapatos relucientes, un jersey recién bordado,
y en un sobre reservado cien pesetas de buen grado:
«Ya vas camino de hombre, viste como es debido;
el dinero es una ayuda para el hogar emprendido».


Años después, por noticias, supe de su enfermedad:
caminé hasta el camposanto sin medir la soledad,
y lloré sobre su tumba a la sombra de una acacia.
Se la había llevado el cáncer en silenciosa agonía;
maldije mi desconsuelo por no haberlo sabido antes.
Afrontó su padecer con callada hidalguía;
sus facciones se borraron en la bruma de los años,
pero en sueños aún distingo su sonrisa en la lejanía.


Con la cartilla de abastos las colas eran eternas
para conseguir raciones que apenas valían la pena.
A muchos se la negaban por tildarlos de contrarios,
y había que ir al estraperlo pagando duros calvarios.
Hubo años de abandono con jaurías por las eras,
temores por la rabia y las fiebres traicioneras,
y hasta sembraron veneno en las calles y canteras,
cobrándose la vida de inocentes criaturas.


Cuando faltaba el aceite freían con grasa o sebo,
y el suero del requesón hacía las veces de leche:
con pan duro y con hambre todo sabía a festejo,
pues cualquier bicho del campo servía de alimento.
En medio de la penuria reinaba el estraperlista:
si tenías parné en mano te daban toda la lista;
incluso con los remedios del sabio Fleming jugaron,
vendiendo por penicilina polvos que no curaron.


La vida se fue pasando bregando con lo imposible,
buscando entre la chatarra algún hierro aprovechable
para cambiarlo por grano o alimento comible.
La cosa fue mejorando para quien tenía dinero,
y los demás esperando que nos fiase el tendero.
Guardo un fiel reconocimiento a las tiendas de mi barrio:
fuisteis la salvación en aquellos malos ratos,
cuando una lata de escabeche abría el cielo de par en par.


Al cobrar la semanada se acudía a saldar cuentas,
y mediada la semana se abría de nuevo la libreta.
Quisimos tentar la suerte buscando mejor ventura,
y en un vagón de tercera dejamos la pesadumbre:
cambiamos nuestro pasado por la ilusión de otra senda.


Si quieres ver cómo sigue esta memoria del ayer,
la continuación se titula: «El nacimiento de un barrio».
Lo que vivimos entonces lo he querido compartir,
para que nunca vosotros lo tengáis que repetir.

 Francisco Guío — Mayo de 2009

firma de francisco guio