Biografía y memoria viva de la Plaza Mayor de Madrid
Placita del arrabal, pequeña y humilde plaza,
extramuros te dejaron porque el pueblo se desplaza;
que con la vid y el olivo mantienes buena alianza,
y es toda una bendición verlos en la lontananza.
Tú eras área de servicio y jugabas bien tus bazas,
dando reposo al cansado sin reparar en sus trazas,
con postas de diligencias que toda Castilla enlaza.
En tu venta el caminante dio alimento a su panza,
y en tu fragua el labrador compró útiles de labranza,
confiando en que si llueve venga un año de bonanzas.
En tu figón, cuatro ociosos parten tocino y hogaza,
regado con peleón, que para otro mejor no alcanza,
y entre jarras de morapio van narrando sus andanzas:
porque el vino en compañía siempre aviva la confianza.
El arriero toma fuerzas con tintorro, pan y queso,
y saldrá con su reata cuando cante el gallo avieso,
que ha de ir a Navalcarnero a cargar vinos diversos.
En un rincón hay un ciego pregonando sus romanzas,
y un buhonero en la puerta vende sayas y calzas,
mientras un truhán le busca las vueltas con añagazas.
Tocando un viejo laúd, un juglar sus ripios lanza
a una hermosa mesonera conocida por Constanza,
que en los momentos de asueto le premia sus alabanzas
con algo de su cocina que dé a sus tripas templanza.
También fuiste mercadillo con productos de la zona,
como el queso y el buen vino que el buen paladar sazona,
y todos cuantos los prueban sus bondades pregonan.
Eras caserío manchego sin ínfulas ni influencias,
y tus pocos habitantes convivían sin exigencias:
aquí el tiempo iba despacio y no existían las urgencias;
la cachaza castellana era vivir con paciencia.
Pocos sabían tu existencia ni que Madrid es tu nombre,
pero muy pronto serás una ciudad de renombre,
y los grandes dignatarios al contemplarte se asombren:
te pondrás a la altura de Roma, París o Londres,
¡y nadie conseguirá que ante el tirano te dobles!
Un día Felipe Segundo ve que Toledo no ensancha,
y que a los embajadores tanta estrechez les empacha:
y tomó la decisión de irse a jugar a otra cancha.
Toledo queda pequeño, no puede mudar su facha;
necesitan más espacio para una expansión más ancha,
y junto con sus prebostes discurren un plan a pachas:
«A pocas leguas de aquí hay un lugar que acompaña:
es el pueblo de Madrid, protegido por montañas,
con muchos y grandes bosques para cazar alimañas,
y con un tranquilo río que su fértil vega baña.
Notificádselo al pueblo, id siempre con buenas mañas:
la corte estará en Madrid, si los informes no engañan.
Preparad mi residencia y cambio de sede a España:
¡quiero que esta capital sea la envidia de tierra extraña!».
Reformaron el Alcázar que los árabes alzaron,
y cuando llegó Felipe en tal palacio lo alojaron.
Quedaba lejos del centro y era un gran inconveniente:
empedraron una calle de traza limpia y conveniente
para circular por ella hacia la plaza de Oriente,
siendo la calle Mayor la que creó el nuevo ambiente.
La plaza siguió ejerciendo de mercadillo ambulante:
era asilo de mendigos, menestrales y mangantes,
o se dirimían los duelos entre maridos y amantes,
burlándose a los justicias en desorden constante.
El Santo Oficio quemaba a herejes y nigromantes,
o ahorcaban a los bandidos ante un gentío delirante:
le llamaban pan del pueblo porque el hambre es ignorante.
Llegó un informe hasta el rey, que ordenó sin debatir:
—¡Esto es una anomalía que no puedo permitir!
¡Que remodelen la plaza y no lo voy a repetir!
Se ha de hacer la mejor plaza, mi palabra no ha de mentir:
el pueblo precisa un marco donde estar y convivir,
y a los grandes actos públicos todo el mundo pueda asistir.
A Juan de Herrera le encarga una plaza singular:
que sea espaciosa y noble, hay doblones que gastar,
porque el oro de las Indias para algo se ha de usar.
Se cortaron varias calles para ganar más espacio,
y Herrera lleva sus planos metidos en cartapacios,
dando comienzo a las obras más deprisa que despacio.
Construyóse un gran rectángulo abierto con nueve puertas,
que descansa en los pilares que soportales sustentan,
donde se abrieron comercios que al casticismo alimentan.
La obra al fin se concluyó con armonía manifiesta,
y el rey quedó complacido viendo cumplida su propuesta.
A lo largo de su historia ha sufrido tres incendios,
participó en mil motines y se enfrentó a mil asedios,
y en revueltas o asonadas nuestra plaza estuvo en medio.
Tuvo historia secular desde antes de su inicio,
sin admitir falsedades, soberbias ni prejuicios:
siempre alegre y bullanguera, es su virtud y su vicio.
Todas las clases se igualan en cuanto cruzan su quicio:
a todo aquel que la pisa brinda su abrigo y servicio.
El Dos de Mayo brilló por defender el linaje:
los madrileños no aguantan que nadie venga a ultrajarles.
Llegaron como señores y les cerramos peajes.
La crueldad del mariscal Murat dejó un sangriento mensaje,
fusilando el Tres de Mayo a patriotas con coraje.
Y esta plaza rechazó aquel brutal abordaje:
Madrid usó sus cuerpos y su sangre de blindaje,
luchando a cuerpo limpio con el honor por bagaje.
A lo largo de los siglos tu nombre ha sido cambiado
según soplaban los vientos que fuiste toreando:
tú eres sabia por antigua, como junco en el tornado,
te dobla el cierzo bravío volviendo siempre a tu estado.
Tú siempre has sido Madrid y lo sigues demostrando:
quien te pisa una vez siempre te acaba añorando.
Con las Cortes de Cádiz gritaste «¡Viva la Pepa!»;
al nacer la República te sumaste a la fiesta;
mas tu nombre verdadero, sin doblez ni mudanza,
es la Plaza Mayor, ¡para que todos lo sepan!
En tu recinto mil voces gritaron «¡No pasarán!»,
porque hasta el fin de la guerra no pudieron penetrar:
que Madrid es el abrazo de la España popular,
y quien camina por Madrid es madrileño en plural.
Pérdete un día por Madrid y pasea por sus calles;
presta tu atención al paso, deja que el alma se explaye.
En el Madrid de los Austrias piérdete en los callejones:
anda despacio, sin prisas, toma un chato en sus mesones,
y escucharás con qué garbo conversan los chulapones,
pues en Madrid se respira casticismo a borbotones.
Sube por las escaleras del Arco de Cuchilleros,
pasando por la taberna del famoso bandolero:
las cuevas de Luis Candelas las conoce el mundo entero.
Es el recinto cerrado más abierto que conozco:
lo mismo que hace centurias sigue ejerciendo de zoco,
donde nadie recrimina ni a los cuerdos ni a los locos.
Bajo de sus soportales venden todo lo vendible:
sellos, monedas de plata, abanicos e imperdibles.
Turistas en las terrazas, mimos de gesto visible,
y artistas de la calle haciendo cosas increíbles.
Pero en la Plaza Mayor jamás faltarán los bares:
el aroma tentador te despierta los paladares,
y entras a una taberna y pides: «¡Bocata de calamares!»,
con un par de cañas frescas, el mejor de los manjares.
Sales por la calle Postas desembocando en Mayor,
y a la derecha te aguarda la gran Puerta del Sol:
corazón de las agujas, cita viva del viajero,
donde late para todos el kilómetro cero.
Placita del arrabal, tu historia te acompaña:
¡tu estirpe y tu pueblo te hicieron la plaza mayor de España!
Francisco Guío — Marzo de 2011