¡Patoso!

Chico cuidando de un perro herido

Crónica de juventud, barro y lealtad en Palomeras. Vallecas en la dictadura.


Eran los años cincuenta: yo tenía quince años y trabajaba de pinche en Regiones Devastadas, una empresa constructora gestionada por el Opus que se encargó de levantar las primeras infraviviendas para albergar a sus trabajadores.

Vivía con mi familia en lo que hoy se conoce como el Alto del Arenal o las Palomeras: una ciudad dormitorio formada por mil chabolas, la mayoría levantadas de extranjis, donde malvivíamos quienes emigrábamos de otras regiones menos favorecidas en busca de un futuro que mejorase nuestro presente.

Para llegar al trabajo tenía que cruzar a campo través, con barro hasta los tobillos en cuanto caían cuatro gotas, porque no existía ningún medio de transporte. Así se salía a la única vía transitable de los contornos: la carretera de Valencia o avenida de la Albufera. A mano derecha se alzaba un pequeño cerro de tierra rojiza cortado a cuchillo, conocido como el Cerro del Tío Pío, horadado por grandes cuevas que servían de cuando en cuando de cobijo a trashumantes o como desahogo para parejas; pero casi siempre permanecían vacías por lo inestables que resultaban.


Un día, al salir a la carretera, vi una furgoneta que acababa de atropellar a un perro. El pobre animal aullaba de dolor lastimeramente. Me acerqué y observé que tenía una pata partida. Lo cogí en brazos —aunque por el sufrimiento intentase morderme— y lo metí al abrigo de una cueva. Aproveché un viejo jergón para acomodarlo y, con unas tablillas y trapos viejos, le entablillé la pata soportando alguna tarascada: el animalito se defendía como podía, no por maldad, sino por puro instinto.

Llené de agua una lata vieja, le dejé parte de la comida que llevaba para el tajo y marché apresurado al trabajo. El encargado me descontó medio jornal a pesar de contarle el motivo de mi retraso: me espetó que de buen samaritano ejerciese en mi tiempo libre, que aquello no era un centro de beneficencia.

Cada jornada le llevaba agua y algo de pan; el animalito me lo agradecía lamiéndome la mano y agitando el rabo con alegría. Era un chucho corriente, ni grande ni chico, negro, con dos manchas blancas en las pezuñas: por eso le puse de nombre Patoso. Al enterarse los compañeros de la obra comenzaron a guardarme las sobras del almuerzo, y más de uno dejaba olvidada adrede alguna tajada buena en la fiambrera.


El animal se iba recuperando poco a poco, aunque los huesos no acababan de soldar del todo rectos, pues mi apaño de enfermero fue bien casero. Los domingos —único día de descanso en aquella época— me acercaba a hacerle compañía; Patoso arrastraba la tablilla y ladraba gozoso deseando venirse tras mis pasos.

Un día encontré en la cueva a una familia pernoctando. Sentí cierto reparo al principio, pero un hombre mayor me sosegó explicándome que se llevaban de maravilla con el perro y que solo permanecerían allí mientras levantaban su chabola en el cerro. Les ofrecí que se quedaran cuanto necesitasen, avisándoles no obstante del peligro del terreno, pues aquellas galerías se excavaron más de un siglo atrás para los peones camineros.

Esa familia procedía de Bargas, un pueblo de Toledo muy cercano a la capital. La componían el matrimonio, el abuelo y dos hijos: un muchacho de doce años y una muchacha de mi edad, Sarita, con la que salí durante algún tiempo. Luego ella se colocó de interna y los domingos por la tarde iba a buscarla para pasear o entrar al cine cuando alcanzaban las perras. Sarita era una moza guapísima que con cuatro retales lucía como una reina; pero en el barrio las malas lenguas no tardaron en murmurar por pura envidia, diciendo infamias sin fundamento. Tiempo después nos dijo que le había salido colocación en otra provincia y no volvimos a tener noticias suyas, marchándose seguramente para huir de aquellas habladurías. En aquellos tiempos no convenía llamar la atención ni hacer preguntas: con la Ley de Vagos y Maleantes te pasabas la noche en el calabozo a la menor sospecha.


Cuando aquella familia levantó su chabola estuve toda la noche arrimando el hombro junto a otros vecinos. Faltaban recursos, pero sobraba solidaridad: había que techarla antes del amanecer o los guardias municipales la echaban abajo. Con el tiempo, logré que el padre y el hijo entraran también de peones en la obra conmigo.

Mientras tanto, Patoso correteaba arrastrando su entablillado, saltando agradecido a mi alrededor. Llevaba dos meses en la cueva cuando una tarde, cribando arena con la zaranda en el solar de la obra, escuché ladridos familiares. Al volverme, ¡allí estaba Patoso, meneando la cola entre el polvo del tajo! Había seguido mi rastro durante kilómetros arrastrando maderas y vendas.

Los compañeros no daban crédito. Le quité los trapos y el perro brincó enloquecido de dicha. Se acercó el encargado —al que llamábamos el Latiguero— y al ver la lealtad del animal se ablandó: me devolvió el medio jornal que me había descontado semanas atrás y consintió en que se quedara allí como mascota de la obra y compañero del sereno. Con el tiempo, hasta el propio encargado se detenía a acariciarle la cabeza a escondidas.


Pasaron los años. Yo ganaba setenta y ocho pesetas a la semana, entregaba setenta y cinco en casa y me quedaban tres para algún domingo de cine en el Puente de Vallecas. Cuando cumplí veinte años, nos ofrecieron marchar a trabajar a Cantabria, en la ampliación de Nueva Montaña Quijano, con mejor jornal y alojamiento.

Llegó el sábado previo a la partida. Nos despedimos en la obra y até a Patoso a un puntal para que no me siguiera. El perro me miraba con la cabeza ladeada y las orejas gachas, como si adivinase que jamás volveríamos a vernos, gimiendo tristemente. Eché a andar hacia casa para preparar el hatillo cuando, de repente, sonó un frenazo brusco y un golpe seco en la calzada: Patoso había roído la soga para correr tras de mí y un camión se lo llevó por delante. Su lealtad infinita le costó la vida.


Junto con mis compañeros enterramos a Patoso
en un cajón de embalaje bajo un terreno frondoso,
que era donde él retozaba cuando se sentía dichoso:
quise que abonase el parque que se hará fértil y hermoso.


Hoy que estoy en el ocaso de una ajetreada vida,
tras vivir mis experiencias, diáfanas o escondidas,
olvidé malos recuerdos y conservo las queridas:
entre ellas la de Patoso, que jamás se me descuida.


El otro día en carretera vi el atropello de un perro
y me vino a la memoria aquel perrito del cerro;
pero aquel tuvo más suerte: tuvo amigos y un entierro.
A este lo irán aplastando máquinas de duro hierro,
quedando solo la mancha del que cometió aquel yerro.


A lo largo de mi vida, si alguien me llamó «patoso»,
no me di por ofendido y lo acepté muy gustoso:
que era el nombre de mi perro, aquel cojito gracioso,
y cuando escucho ese mote... ¡me siento muy orgulloso!

Francisco Guio - Abril de 2010

firma de francisco guio