¡La vi!
En la penumbra de ese bar maldito,
que sirve de cobijo a hampones y proscritos,
y mujeres marcadas por la culpa y el vicio,
que venden sus placeres como un vulgar servicio
y beben y blasfeman a su libre capricho.
¡Allí!
Entre tanta desdicha y penumbra humana,
de miradas aviesas y malsanas,
con una copa de licor barato
y un cigarrillo de humo ingrato.
Allí estaba ella.
En un rincón de aquel antro sombrío,
coqueteando con un par de ociosos,
con la falda hasta el muslo recogida,
en un trance amargo y lastimoso.
La miré. La miré, pues no creía
que aquella mujer que allí se perdía
fuese la mujer que había querido y aún quería.
Más vieja, marchita y ojerosa,
había perdido su fragancia hermosa,
y sus ojos tristes no eran más que dos ajadas rosas.
Di media vuelta y, sin decirle nada,
salí de aquel lugar ensombrecido
con una lágrima que de mis ojos mana...
Y es que aquella mujer que allí dejé,
aquella mujer que allí quedó... era mi hermana.
Francisco Guío — 1962