El parque de la enramada es un latifundio inmenso,
cruzado por un gran río con un puente dando acceso
a un mundo lleno de aromas y de colores intensos.
Con bosquecillos de encinas para el ganado porcino
y grandes plantíos de viñas para cosechar buen vino;
y rompiendo el horizonte remolonean los ovinos:
mientras las crías juguetean, los machos pacen cansinos
y los pastores vigilan no venga el lobo asesino.
Pero lo que más destaca dentro de tanta hermosura
son los cerezos en flor blanqueando en la llanura:
solo al mirarlos se siente su fragancia y su frescura.
En la entrada de la finca, un gran jardín milenario,
semejante al bosque umbroso de druidas legendarios:
son árboles tan longevos que algunos son centenarios.
Coronando un promontorio entre parterres y prados
se encuentra una gran casona, reflejo de su pasado,
con escudo de nobleza sobre su puerta grabado.
En la entrada, dos cipreses de bienvenida y afecto,
y su escudo de armas dice: «Por la humanidad respeto».
Desde allí ven quienes miran un panorama perfecto;
ni siquiera un gran pintor lo plasmaría tan completo.
Al fondo yace un pueblito cuando el puente se traspone,
construido por colonos tras varias generaciones,
con una pequeña ermita donde dar sus oraciones
y bautizar a sus hijos dándoles las bendiciones.
Los hombres van poco a misa pretextando obligaciones.
Entre el pueblo y la casona domina las posesiones
la casa del mayoral, que es de grandes dimensiones.
Encima de una colina, nada a su vista se opone;
es un bello cigarral debido a sus proporciones.
Tiene el respeto del dueño y también de los braceros;
trata a todos por igual: patrón, médico o porquero.
Es viudo desde hace tiempo y su hijo es lo primero:
un zagalón sano y fuerte, alegre, listo y sincero.
Estudia con Genoveva, la hija de Don Tercero,
el dueño de esa heredad, patrón y amigo puntero,
que confía en su mayoral por ser honrado y entero.
El preceptor de los niños es un viejo compañero
que enseña con seriedad sin llegar a ser severo;
que no es tan fiero el león si vamos a ser sinceros.
Los niños dentro del aula se aplican en sus lecciones,
pero hay tiempo de aprender y también de diversiones,
haciendo alguna trastada entre historia y ecuaciones,
y tiene que amonestarlos el maestro por sus acciones.
Como todos los chiquillos, también se buscan las mañas,
y por cualquier tontería se pelean y regañan.
Juegan y retozan juntos y algunas veces se dañan;
son golpes en sus refriegas que sus caricias restañan.
Hay veces que se desnudan y juegan entre las cañas,
ocultándose en el río tapados por la maraña.
Sus cuerpos son diferentes a otras veces que se bañan:
hay vello en algunas partes igual que telas de araña
y curvas donde no había que a su vista no la engañan.
Ya no pelean como niños: se exploran los dos con saña
y se buscan sus secretos con sensaciones extrañas.
Y la búsqueda les guía al placer sin más patrañas,
y encuentran mil recovecos que sus dudas desentrañan;
necesitan estar juntos, que el sentimiento no engaña.
Al cumplir los quince años, al padre le da la perra
de mandarla a un internado a estudiar a Inglaterra:
debe hacerse una señora porque ha de heredar sus tierras.
Ella acata su mandato, pero esa idea la aterra,
y cuando lo supo Andrés, a aquel cariño se aferra.
Aquella noche la echaron entre el pajar y la era,
descargando sus pasiones, pues será larga la espera.
Hicieron su despedida con frenesí, sin barreras.
Pero Andrés la echa de menos, su recuerdo le supera;
trabajando con su padre su angustia es más llevadera,
y se vuelca en su trabajo para mitigar su hoguera.
Todo el día está a caballo y las labores prosperan,
y sin que nadie le mande, sus tareas son camperas.
Para llevar los cuadernos tampoco encuentra fronteras,
que empollando matemáticas el chaval es una fiera.
La hacienda la lleva solo, lleva muy buena carrera;
a todos les cae muy bien, todo obstáculo supera
y nunca les recrimina cualquier fallo que surgiera.
El patrón dice a su padre: «Tu hijo tiene madera;
tendrás un buen sucesor, el chaval tiene maneras.
Limando un poco los cantos, un mayoral de primera;
si sigue como hasta aquí, un gran porvenir le espera».
Pero por mucho que avance, al padre no le supera.
Andrés avanzaba mucho con don Cosme y con su padre,
pero al no estar Genoveva no le sale hacer desmadres.
Estudia por las mañanas y sale al campo en las tardes,
y al pensar en Inglaterra todo en su cuerpo le arde,
viniéndole a la memoria lo prohibido a aquellas edades:
eran dos cuerpos en uno, pero ahora son dos mitades.
Andrés procura olvidarla, pero al pasar por el puente
el nombre de Genoveva se le clavaba en la frente,
porque debajo jugaron al arrullo del torrente,
haciendo cosas de adultos entre dos adolescentes.
Solo las ranas sabían de ese amor tan incipiente.
Un día, una gran tormenta se desató de repente,
quedando varios caballos aislados en un saliente.
No tenían escapatoria, los barrería la corriente;
en vano querían salir y se hallaban impotentes,
porque una pesada valla les impedía sus intentos.
Su padre montó el tractor, no podía ser indolente,
y fue a enganchar el portón, que la máquina era potente.
Fue jugándose la vida, que el peligro era inminente.
Con el portón enganchado arrancó violentamente,
pero el terreno cedió cayendo por la pendiente
y lo absorbió sin piedad aquel maldito torrente.
Quedó preso entre las aguas y en un lodo transparente:
los caballos se salvaron, pero se mató un valiente.
Aquel golpe fue muy duro para todos los presentes.
Su hijo no lo sabía porque se encontraba ausente:
estaba cuadrando libros, labor que hacía al corriente.
Cuando regresó a su casa se enteró del accidente.
Quisieron sacarlo a tiempo, pero el barro estaba reciente
y todo el que lo intentó corrió peligro de muerte.
Andrés se quedó perplejo, la desgracia fue muy fuerte:
su madre murió en el parto y su padre está yacente.
Se encontraba sin familia, murieron sus ascendientes,
pero era joven y sano: ¡no se rendiría fácilmente!
El cuerpo lo rescataron con delicadeza y tiento;
lo enterraron con su esposa, con todo el pueblo atento,
e hicieron tres días de luto con mucho recogimiento.
Pero la vida seguía, lo mismo que el sentimiento.
De Inglaterra llegó un cable: «No sabes cuánto lo siento.
Dale mi pésame a Andrés; su padre estuvo dispuesto.
Me pilló con los exámenes, que he aprobado por cierto.
¿Florecen bien los cerezos? ¿Ocupará Andrés su puesto?
¡Es un muchacho brillante y en el cargo echará el resto!».
El patrón abrazó a Andrés dándole sus condolencias:
—Nadie ocupará su puesto, solo a ti te doy licencia,
que él te estuvo preparando para que tomes su herencia.
Si quieres puedes elegir: tu casa o mi residencia;
no quiero que los recuerdos te acosen con sus ausencias.
—Gracias, viviré en mi casa: mis padres están en esencia,
y allí nunca estaré solo, que ellos me dan su presencia.
Me encontraré protegido donde estuvo su existencia.
—Irá la viuda de Cosme a tu casa en tus ausencias,
porque eso puede animarla: la pobre sufre carencias.
Tu padre la ayudó mucho sin pregonar su clemencia,
y yo ayudo de manera que no parezca exigencia.
Después de lo que ha pasado tiene que tener paciencia;
por tanto, hay que tratarla con un poco de indulgencia,
porque aunque no lo aparente, la pobre está en la indigencia.
Andrés madrugaba mucho, montaba en su fiel caballo
y marchaba a trote lento en cuanto cantaba el gallo,
preguntando a los ancianos cómo vendrá el mes de mayo.
Charlando de sus asuntos, se fijaban en sus callos:
«Tiene el temple de su padre: de tal palo tal astilla.
El mozo llegará lejos, porque es listo como un rayo».
Gestionaba aquella finca con pasión y sin desmayo,
y charla con los braceros en momentos de explayo.
Siendo amigable con todos, minimizaba los fallos,
empezando su faena desde que cantaba el gallo.
Aparece una mujer que su bello cuerpo enluta,
que se acercaba hacia el pueblo con una cesta de fruta.
La saluda cordialmente, que esa muchacha despunta:
—Siento lo de tu marido, con sinceras condolencias.
Quedaste viuda muy joven: resignación y paciencia,
que como tú he padecido el dolor de una gran ausencia.
—Tú estás lo mismo que yo, y el nudo que se nos pone
no te lo puedes tragar: los sentimientos se oponen.
Lo de tu padre fue un golpe: era un ser de muchos dones;
desde el día en que nací me ayudó en mil ocasiones.
Era una mujer muy joven, alta, de pelo castaño,
casi tan alta como él, que era de muy buen tamaño,
con un halo de tristeza por culpa del desengaño.
—Voy a pedirte un favor; si no lo hicieses, lo entiendo:
quiero que cuides mi casa, que yo ni sé ni la atiendo,
y me pondré muy contento si es que acabas asintiendo.
—Siendo el hijo de quien eres, no puede mediar engaño.
Conozco tu casa entera y también sus aledaños,
que me sirvió de escondite y me evitó muchos daños.
En la casa de tu padre nunca hubo puertas cerradas,
y en ocasiones entraba cuando me sentía aterrada.
Me sentaba en un rincón hasta que el miedo pasaba.
Un día tú apareciste y pensé que me atrapabas,
y sentí mucha vergüenza por si acaso me reñías:
yo era muy poquita cosa y tú muy lejos estabas.
—Mi padre te quería mucho, me lo decía en ocasiones:
«Yo me admiro de esa niña que, con tan pocas opciones,
va siempre bien aseada con lo poco que dispone.
Yo la traería a esta casa, pero su hermano se opone;
me dice que es su tutor y toma las decisiones,
cuando aquí junto a nosotros viviría en condiciones».
Y de sus ojos brotaron dos amargos lagrimones.
Habló sin mirarle y dijo:
—Iré de lunes a viernes,
que esos días de semana sales pronto y tarde vienes.
Pasaré un tiempo en tu casa y verás si te conviene,
que cuidar de un hombre solo mucho tiempo no entretiene.
Te prepararé la cena por si al venir hambre tienes.
—Tengo la comida lista: come conmigo si quieres.
Quiero conocer tus hábitos y qué comidas prefieres,
y así saber que tus gustos de los míos no difieren.
Fue una comida muy sobria hecha con manos expertas,
y transcurrió la velada sin preguntas ni respuestas.
Se despidieron discretos en el quicio de la puerta:
—Me ha gustado tu comida, tu persona y tu propuesta.
Al llegar de su trabajo siempre había una mesa puesta:
la casa resplandeciente, su ropa siempre dispuesta;
pero nunca coincidían: marchaba antes de su vuelta.
Después se acostaba tarde haciendo apuntes y cuentas.
Desde su alcoba la mira y con su imagen se acuesta:
«¿Qué pasa cuando la miro, que me siento tan inquieto?
Nunca he sentido algo así que me obligue a estar despierto.
Estoy perdiendo el sosiego por no encontrar la respuesta;
no puedo pensar en ella... ¿o tal vez no me arrepienta?».
Solo la ha visto tres veces y olvidarla ya le cuesta.
¿Por qué cuando piensa en ella se siente alegre y contenta?
«Con mi marido era un cardo y con él soy rosa abierta.
¿Será que mi corazón de su letargo despierta?
Es como una desazón que me tiene siempre alerta».
Él se acostumbra a sus cosas, virtudes de mujer honesta;
le atiende como una madre, siendo una joven dispuesta,
y él la sueña por las noches como compañera perfecta.
«Le tengo que hablar del sueldo, que nunca le hice una oferta.
Hoy es domingo y no viene: coincidir será una gesta.
Daré una vuelta hacia el pueblo para que me dé respuesta,
que la flor de los cerezos en su plenitud se encuentra».
Y se dirigió hacia el pueblo, porque cabalgar le gusta.
Se encontraban los arrieros aparejando sus yuntas,
que hay que podar los olivos y dejar limpias las juntas.
«Tengo grabada su imagen con esa cesta de frutas:
era Eva en el paraíso sin la manzana en disputa.
Una muchacha sencilla que sin quererlo despunta,
igual que la primavera, que germinando disfruta,
trayendo la bendición de ver cómo todo muta».
Da la vuelta al pueblo entero, cabalga de punta a punta,
pero a quien anda buscando no aparece por su ruta.
«¿Será que no quiere verme y su presencia me hurta?
No me gustaría marcharme sin pagarle su minuta.
Se habrá marchado a los campos a coger alguna fruta...
y también quisiera verla porque mirarla me gusta».
Se fue a su casa a buscarla, pues algo extraño barrunta.
Encuentra la puerta abierta y ese suceso le asusta:
ha de entrar y averiguar lo que aquí dentro resulta,
que unos nubarrones negros sus pensamientos enlutan.
Quizás estén sus hermanos y la mantengan oculta.
Llama desde el zaguán y una voz grave resulta:
le dice que puede entrar, que está pasando consulta.
El médico está con ella y algo grave se barrunta;
¿habrá ocurrido algo malo? El alma se le encoge enjuta.
Solo piensa en cosas malas que a la desgracia imputa.
Cuando aparece el doctor de la habitación adjunta,
le saluda cordialmente y qué hace allí le pregunta,
porque no suele acercarse el jefe por estas rutas.
—Ella trabaja en mi casa y desde hace un mes ejerce,
y me gustaría pagarle el sueldo que se merece.
Los asuntos de mi casa los soluciona con creces
y no coincidimos nunca: estando yo no aparece.
Quisiera saber qué tiene y de qué mal adolece;
yo correré con los gastos mientras ella convalece.
—El trance que ella padece era una cosa sabida:
embarazo de dos meses, lleva en el vientre una vida.
Yo le he dicho que está a tiempo, puede abortar todavía,
pero ella ha dicho: «¡Nacerá! Que esa criatura es mía.
Siempre he estado solitaria y ahora tendré compañía;
después de tantas desgracias ahora tengo una alegría».
Cuando quedaron a solas, la obligó a lo que quería,
apelando a sus derechos de que a él pertenecía.
Abusó de ella con saña y le hizo mil tropelías.
Ella le dijo que era un vil y vilmente moriría.
Si ella no pudo frenarlo, lo frenaron sus perfidias:
la engendraron con violencia, mas nacerá con caricias.
Este hijo es una verdad, no es una sombra ficticia.
Por fortuna, al causante lo castigó la justicia.
Aquí está sola y preñada, rodeada por la insidia
de gente que la critica y por su porte la envidia.
Se casó siendo una niña, del mundo nada sabía.
Su marido, un furtivo, murió en una cacería:
fueron él y sus hermanos a donde nunca debían
y se encontró de repente con una bala perdida.
Recién casado encontró el final que no quería,
y en un barranco lo hallaron tras terminar la partida,
mientras sus compinches lograron escapar de la batida.
Se casaron hace meses y apenas se conocían,
pero forzaron a la niña: sus hermanos consentían
lo que aquel malhechor en su casa decidía.
No hubo nadie que intentase impedir tal sumisión,
dejando a esa criatura sola ante la sinrazón.
Ningún juez debió otorgar licencia para esa unión,
y casaron a esa niña en contra de su opinión.
Tu padre intentó pararlo con los medios disponibles,
pero los legistas dijeron que el hecho no era punible,
que su hermano era tutor y evitarlo era imposible:
cuando fuera mayor de edad su decisión sería libre.
Vive con una pensión de auténtica penuria;
el patrón le echa una mano y la ocupa sin injuria.
Sus hermanos la forzaron a la boda convenida
por contentar a un canalla, cómplice en sus correrías.
Tu padre sabía la historia, la verdad sin habladurías.
Lo que ha sufrido esta niña, ni el santo Job lo sufriría.
Sus padres vivían aquí, en esta casa tan triste;
con jornales temporeros cuatro personas subsisten.
Sus hermanos son gemelos y la niña aún no existe;
cuando sus padres faltaron, los tuyos los asistieron.
Siempre volvían de noche y este trajín resiste;
sus jornales temporeros al desorden sucumbieron,
marchando otra vez al monte: su vida en eso consiste.
Por eso vivían aquí: les servía de escondite.
Los cazadores furtivos siempre juegan al despiste;
su oficio fue la emboscada y esta vez falló su envite.
Su madre llegó una noche desangrada y muy doliente;
la pobre mujer murió cuando nació su simiente.
Sus hermanos, con seis años, miraban todo impotentes,
porque ella llegó herida con un balazo en la frente:
un tiro que en el silencio resonó amargamente.
El padre nunca volvió a aclarar el incidente;
todos le dieron por muerto, ahogado en algún torrente.
Con sus ropas empapadas de arrastrarse en el relente,
aun con dolores de parto, dio a luz y halló la muerte.
Corté el cordón de la niña de aquella madre yacente.
Tu padre llegó el primero de los que acudieron luego:
buscó dos buenas mujeres que amamantaran al infante,
y una fue el ama de cría de aquella niña inocente.
Desde entonces veló por sus cosas más urgentes.
Esa mujer se encargó de la niña y sus hermanos;
poco a poco los cuidados se hicieron más lejanos,
aunque tu padre pagaba por tratos tan humanos.
Con el tiempo, los gemelos obraron como tiranos
y la niña fue criada sin voz en aquel desgano,
mientras ellos iban y venían viviendo como bribones,
escondiéndose en el monte con armas en las manos.
Son frutos de un mismo árbol: uno dulce y dos amargos.
Con ocho años que tenía le daban muy malos pagos,
pagándole sus desvelos con golpes en vez de halagos.
Tu padre la visitaba o mandaba algún encargo:
comida y prendas limpias; siempre los tuvo a su cargo,
y el patrón no le cobraba renta por este letargo.
Es la niña que en su infancia no supo lo que era un juego.
Los chicos, como los padres, viven huyendo del fuego;
les gustan las emociones y aborrecen el sosiego.
Lo poco que hay en la choza se lo llevan sin clemencia,
dejándole a la muchacha apenas la subsistencia,
aunque algún buen vecino le presta alguna asistencia,
pues ella siempre responde con esmero y complacencia.
Al cumplir los diecisiete trajeron un socio nuevo:
«La familia necesita afianzar este relevo;
él se casará contigo y yo la boda la apruebo;
ya le encargué los papeles al cura de nuestro pueblo».
Se encontraba tan vencida que cedió ante aquel cuervo,
y se arrepintió mil veces con amargura y desvelo.
Se celebró aquella boda con porvenir incierto;
sin cumplir los dieciocho ya tiene al marido muerto.
Aunque mirándolo bien, más que pérdida es acierto.
A esta muchacha parece que la haya mirado un tuerto,
pero ella quiere a este hijo y por él echará el resto.
No te lo contó tu padre por verte joven e inexperto;
además de que se fue pronto... vayan con él mis respetos:
siempre fue muy respetado por afines y adeptos.
Entran dos hombres fornidos al centro de aquel recinto,
con ademanes chulescos y navajas en el cinto;
sus gestos son desafiantes, presumiendo de bravíos:
—¿Qué hacen aquí los señores en casa de un servidor?
Nada menos que el pupilo y su señoría el doctor.
Ya se están marchando al punto, que al veros me da calor,
y si me sudan las manos repartiré con rigor
golpes como puñetazos de tremendo resquemor.
Te pisaré la cabeza como uva en el lagar,
y a ti, señor matasanos, te vamos a deslomar,
que mi hermana es cosa nuestra y nadie viene a opinar.
Y si queréis resistiros tendréis mucho que afinar:
quiero zurrar a los dos, a los dos voy a marcar;
os dejaré para el arrastre con la tunda que os voy a dar.
—Tú solamente trampeas mientras les buscas las vueltas,
abatiendo animales porque os dan cuatro pesetas,
y al ver a los forestales corréis soltando bravatas.
Y viniendo de matarifes pensáis que se os respeta.
Venís en son de matones a una choza que no es vuestra;
esta casa es de tu hermana y vuestra presencia apesta.
Así que ahuecad el ala, que vuestro aire molesta;
si no salís por las buenas os voy a bajar la cresta.
—¿Has oído a este payaso? Está ido de la chaveta.
Vamos a darle lo suyo por meterse en nuestra fiesta;
yo le pego más que tú: van cien duros en la apuesta.
Se abalanzaron al punto como reses a la muleta:
un rodillazo, dos golpes, y acabó su pataleta.
Como troncos derribados quedaron sobre la tierra,
y los matones cayeron aplastados en la yerba.
Andrés marchó a su montura recogiendo su escopeta;
ya estaban encañonados antes de que se dieran cuenta,
los dos cañones dispuestos a imponer dura receta:
—Se están rifando dos vidas y tenéis la papeleta.
Os descerrajo un disparo si quebrantáis mi propuesta;
pensadlo bien si queréis y dadme pronta respuesta.
—¿Nos podemos levantar? Que estar tendidos nos cuesta.
—Levantaos si queréis: la escopeta está bien puesta.
Pero si dais un mal paso os mando a hacer puñetas,
que gente como vosotros todo lo que toca apesta.
Mi carabina os vigila y mi mano no está quieta;
mi dedo aprieta el gatillo y contenerlo me cuesta:
nadie va a llorar el fin de dos sombras tan molestas.
Se levantó vacilando quedando junto a la puerta,
y el otro seguía tendido en actitud descubierta.
De pronto Senén sacó un revólver que despierta:
¡el doctor gritó con fuerza: «¡Cuidado, que te revienta!».
Amartillaba el furtivo jugándose la última carta;
Andrés se gira veloz y le cruza la culata.
El disparo se desvía y a su hermano a poco mata:
la bala hiere su muslo, mas la gravedad descarta.
—Me ha cogido de improviso: si no me avisa, me mata.
Es igual que una alimaña: solo cesa si la aplastas.
No lo intentéis otra vez o andaréis a cuatro patas,
porque os quebrajo los huesos por vuestra conducta ingrata
y os abandono en el monte de comida para ratas.
Doctor, me salvó la vida; no esperaba tal respuesta.
Vaya par de elementos: son peor que una tormenta.
Por cierto, ¿qué dio a Mercedes que el disparo no despierta?
—Le suministré un sedante porque andaba muy maltrecha,
y mientras siga dormida nada advierte ni sospecha;
por eso no ha presenciado el furor de esta cosecha.
—Atienda a estos dos granujas, que la sangre es indiscreta,
y no quiero que Mercedes presencie tanta reyerta,
que en el estado que lleva las emociones le pesan.
El doctor vendó las llagas de los hermanos dolientes:
la brecha sobre la frente y la herida con su ungüento,
aplicando con destreza un vendaje resistente.
—Y ahora me vais a hablar, que la mañana es paciente:
¿qué pasó con vuestros padres? Vamos despacio y de frente.
Quiero saber lo ignorado, la verdad clara y patente.
Con quien actúa de ley no suelo ser inclemente,
mas al que busque traición lo despacho de repente.
Por el recuerdo a mi padre he de ser claro y tajante.
Solo uno de los hermanos tomó la voz por delante;
el otro, por la vergüenza, no habló en ningún instante:
—Cazando de noche a oscuras, los guardias nos acorralaron.
Mi madre escapó corriendo tras recibir un disparo;
se encontraba malherida y el parto no hallaba amparo.
Mi padre, para cubrirla mientras ella se alejaba,
hizo frente a los guardias para que ganara ventaja,
hasta recibir el plomo que le sirvió de mortaja.
Mi madre llegó hasta aquí, en sombras, en un suspiro,
y al alumbrar a la niña rindió su postrer aliento.
Nosotros dos, aterrados, fuimos testigos de aquello.
Al saber lo de tu padre, recordé aquellos momentos
en que venía a buscarnos trayéndonos alimentos.
Si hubiera sido mi padre, no sería un elemento;
me dolió cuando murió, y aunque lo dudes, lo siento.
Mi hermano es un inocente: en mis líos yo lo meto;
las veces que le hago caso, de mejor cara me encuentro,
y aunque parezca bravucón, guarda nobles sentimientos.
Mi madre parió tres hijos: uno salió pendenciero,
el otro es un alma dócil que sigue al que da primero,
y mi hermana es la flor limpia y entera de este caldero.
Soportó mis sinrazones y mi trato altanero.
El día en que vino tu padre a decir que no era honesto,
sentí ganas de decirle: «Llevas razón, lo lamento».
Ya no quiero correrías: buscaré jornal y asiento,
porque de aquí en adelante queremos cambiar de acierto
y ayudar a nuestra hermana a ganarse su sustento.
Solo le dimos fatigas, desamparo y sufrimiento,
pero hoy queremos mudar de rumbo y de pensamiento:
lo nuestro ha sido fachada, bravata y falso argumento.
Mercedes se levantó y los encontró congregados,
y grande fue su sorpresa viéndolos juntos sentados;
ni en sus sueños más serenos lo hubiera imaginado:
—¿Qué os ha ocurrido a vosotros, que estáis los dos golpeados?
¿Regresáis de alguna riña y habéis salido dañados?
—Tuvieron un percance bajando por el collado,
y al ver que estaba el doctor, aquí los ha remendado.
Entonces ha entrado Andrés para ver cómo marchaba,
y se topó con el cuadro que aquí se nos presentaba.
—Dígaselo usted, doctor: que sepan lo que acontece,
por no velar por su hermana y andar rondando miserias.
—Sois sus hermanos mayores y debéis ser informados:
la revisión que le he hecho revela que está encinta.
Está esperando un bebé; ya tengo los resultados.
Como es madre primeriza precisa muchos cuidados;
creo que los dos bravucones os habéis quedado pasmados:
ser los tíos de un retoño os dejará sosegados.
Necesita compañía que la asista de buen grado;
sois sus parientes de sangre: tenéis que estar a su lado.
—Nunca velamos por ti y tú jamás has reprochado;
quisiéramos compensarte por lo que has padecido,
aguantando mis desplantes y mi genio desbocado.
Nunca es tarde para ver que nuestro rumbo ha cambiado:
hoy nos han dado la cura que estábamos precisando.
Nosotros quisiéramos con gusto quedarnos para cuidarte,
mas un compromiso urgente nos reclama en otra parte.
—Ese asunto tiene espera: lo de aquí es lo principal.
El lunes al tajo todos, sin deserciones ni ausencias:
vuestra hermana os necesita y es deber fundamental.
Senén, tú vendrás conmigo como segundo oficial,
y tú atenderás la huerta y a tu hermana en el hogar.
Sé que sabrás ampararla y cumplirás cabalmente.
Conozco a un par de albañiles de probada seriedad:
reformarán esta choza dándole comodidad,
sumando la casa anexa con limpia habitabilidad.
«¿Qué me ha ocurrido esta tarde, que he sido tan arrojado?
¿Por qué me jugué la vida sin haberme amilanado?
¿Será que al pensar en ella me siento reconfortado?».
El médico se acercó: «Por favor, dime qué tramas.
Estos dos son peligrosos y temo por tus espaldas».
—Les doy una ocasión nueva: quiero a Mercedes en calma.
Con Nemesio no hay peligro: es de noble naturaleza;
Senén irá a mi costado, vigilado con firmeza.
Si intentasen un mal paso, los pondré bajo cautela;
quiero confiar en los dos si mi propuesta prospera.
Acabarán siendo útiles si su rebeldía serena;
serán hombres provechosos si dejan la mala senda.
Mercedes vino hacia él y le preguntó: «¿Qué planeas?
Tú dispones y resuelves y organizas la faena.
¿Dónde vamos a vivir mientras se arregla la aldea?
Eres tan recto y sereno que hasta a mis hermanos calmas».
—Me has hecho dos preguntas y a las dos responderé:
tú que conoces mi casa sabes que no hay falsedad;
vivirás allí segura, con respeto y dignidad.
De tus hermanos respondo: ya conocen la verdad.
Nemesio es bondadoso, no entraña dificultad;
Senén aprenderá oficio sirviendo a la propiedad.
Esperemos con paciencia: todo mal se aclarará;
con empeño y buenas ganas la vida florecerá.
Algo más quiero decirte: tu salud es admirable;
lo del riesgo fue un recurso del doctor para avisarles.
Sigue con tus quehaceres con ánimo confortable:
un ser late en tus entrañas y te hace aún más entrañable.
—En contadas ocasiones han sido conmigo amables:
fueron tu padre, el doctor y tú con trato afable.
Quiero saber de tu vida tras la pérdida de tu padre,
pues para mí fue una guía cariñosa e intachable.
Yo no conocí al mío y así quiero recordarle.
Yo te recuerdo de niña, viéndote inalcanzable
junto a la hija del amo, en posición admirable:
éramos mundos distintos, tú señor y yo humilde.
—Pronto cumpliré veinte años y un solo amor he vivido:
éramos niños los dos en un cielo compartido.
Tuvimos que separarnos por mandato sobrevenido;
mi padre me fue enseñando el aprecio a este retiro.
Y al ocurrir la desgracia, el cargo de mayoral recibo;
el deber me fue llamando y aquel fuego se ha extinguido.
Hoy solo pienso en tu hijo, que nacerá en el estío.
—Tú conociste el amor, aunque fuera de zagal,
y sentiste la inocencia de un cariño virginal;
yo solo tuve temores y una herida sin igual.
Pero hoy siento en mis adentros un latido maternal
y la escarcha de mi vida se torna en manantial.
Las penas que he soportado ya me parecen lejanas:
aquellas sombras huyeron ante esta luz celestial.
—Tienes un cofre escondido de bondad y sentimiento:
eres tierra generosa dispuesta al florecimiento.
Dichoso aquel que en tu alma descubra este aposento
y valore la nobleza de tu fiel comportamiento.
Si cariño no tuviste, yo te lo ofrezco sincero;
olvida amargas ofensas, que aquí empieza el rumbo nuevo.
Abre tu pecho al sosiego: caminemos sin recelo.
Ese niño, cuando nazca, será la luz de mi cielo;
lo acogeré como propio si me otorgas tu consuelo.
—Siento nuevas esperanzas que jamás había tenido:
desde que estoy a tu lado mi tristeza se ha rendido.
Eres la brisa templada que apacigua el frío estío;
me hallo libre a tu compás, en tu palabra confío.
Enfrente ven al patrón, de pie junto a su montura,
saludando a los muchachos con campechana apostura.
El patrón era otoñal, lleno de sal y cordura:
—¿Cómo andas por estos pagos? No te hacía en esta altura.
—Vine a pagar a Mercedes sus jornales y costuras;
si no saldo las tareas, no descanso con holgura.
—Ese gasto corre a mi cuenta, forma parte del traspaso;
cuando te confié la finca te hablé de semejante caso.
Mas vengo por un asunto de singular agasajo:
el mes que viene es el tiempo de cerezas en el árbol,
y mi hija vuelve de Londres sin demora ni retraso.
Tras cinco años de ausencia será un gozo celebrarlo;
vendrán amigos de postín y señores de palacio,
y quiero que en la dehesa reine el mantel más colmado.
Ese día de mitad de junio se recordará por años;
será noticia sonada por campos y por rebaños.
Que no falte de comer ni buen vino en los escaños;
será fiesta general sin distingos ni desengaños.
He contratado un festejo que a todos sirva de fiesta,
para que todos disfruten con la mesa bien dispuesta.
Tú que llevas las finanzas, ¿podremos con tanta cuesta?
—Las arcas están boyantes, mejor de lo que usted piensa;
gracias a su buen fomento, la hacienda rinde y compensa.
—Mercedes, toma tu sueldo, que el mérito es quien compensa.
Por cierto, luces radiante: ¿el amor será la causa?
Habrá muchos pretendientes rondando por esta choza.
—Esa gracia que la alumbra brota de una dicha hermosa:
Mercedes está esperando un retoño primoroso,
y al entrar el nuevo otoño será una madre gozosa.
—Bienvenido sea el chiquillo a esta campiña frondosa.
El hombre que te merezca ganará una joya hermosa;
contad con mi bendición para una boda rumbosa.
El médico se marchó tras calmar a los furtivos,
dejando en tregua serena a aquel par de fugitivos.
—Nunca una sola mañana tantas dichas me ha traído;
la adversidad que sufría finalmente ha remitido.
—Un buen tiempo estaremos juntos compartiendo nuestro abrigo:
mientras acondicionan tu choza te vendrás a estar conmigo,
y al llegar la criatura la acogeremos unidos.
En el llano de los sauces dispusieron el festejo:
largas hileras de mesas, tablados para el cortejo,
guirnaldas, luces festivas y farolas en hilera.
Todo el pueblo se ha esmerado limpiando de arriba abajo;
está la vega engalanada para el regio agasajo.
Mercedes y sus hermanos en casa de Andrés moraban:
Nemesio, siempre hacendoso, cuidaba de su hermanita;
Senén marchaba con Andrés cumpliendo cuanto ordenaba.
Ante un letrero que dice: «Vedada toda la caza»,
el guarda de la comarca les detuvo en la cañada:
—¿No serás el mayoral de esta fértil encomienda?
¿No has divisado furtivos rondando por la dehesa?
—Somos seiscientos vecinos y a todos pongo certeza;
hay cuadrillas trabajando para adornar la floresta,
pues regresa Genoveva y habrá una señalada fiesta.
Vente el día del festejo, que el mayoral te convida,
y así cualquier inquietud quedará pronto disuelta.
—¿Y quién es tu acompañante? Su estampa me resulta alerta.
—Es mi nuevo ayudante, que aprende aquí la tarea.
—Buen servicio al mayoral y venturosa faena.
Marcharon a trote suave, y Senén, algo cortado,
dio las gracias al zagal por no haberle descubierto:
—Si pregunta por tu nombre, jamás te hubiera ocultado;
no hizo la seña precisa, por eso no le he engañado.
Te ha valido su desvío, pero guarda bien lo andado.
—Lo que hoy has hecho por mí te lo pagaré de grado.
Desde entonces transcurrió la vida más apacible;
formaban una familia de concordia indestructible.
Uno ayudaba en la huerta con voluntad generosa,
el otro aprendía el oficio con seriedad respetuosa.
Mercedes le dijo un día: «¿Qué milagro has obrado?
Mi hermano Senén parece un hombre regenerado:
ya no gasta fanfarrias, viste con porte cuidado,
y a todos trata de ley con talante sosegado».
La hacienda lucía airosa con sus trajes regionales,
los músicos ensayando con dulzainas y timbales,
viandas sobre los manteles y jarras manantiales.
Llegan coches elegantes de comitivas reales;
los aguardaban risueños el patrón y sus mayorales.
Unas jotas castellanas de tradición campesina
danzan jóvenes alegres al compás de la dulzaina.
Genoveva y Don Tercero se fundieron en un abrazo;
saluda al joven Andrés dedicándole un codazo:
—¡Padre, qué bien te conservas, a los años das esquinazo!
Y mi compañero de juegos se ha vuelto todo un jefazo.
¿Alguna moza del pueblo te ha metido ya en el lazo?
Tienes porte de hidalgo y eres un gran tipazo.
Les presentó a sus amigos en trajes de finas sedas,
damas de gran compostura con gentiles a su rueda.
—Les dije que era una fiesta, no una estancia en la corte:
les prestaré mis sayales si quieren libre disfrute.
Marchó ella con sus amigas y Andrés regresó al porche.
Mercedes estaba sentada, encogida por el frío:
—Ya he visto a las señoritas con sus trajes primorosos;
yo solo soy una criada, no encajo en tales festejos.
Andrés llegó a la montura desatando un envoltorio:
—Toma, ponte este vestido, que hoy serás la más hermosa.
Te lo compré en Lagartera pensando en esta velada:
lo más bello para ti, radiante y engalanada.
Entró en su alcoba y salió deslumbrando con gracia:
un traje tradicional, el más bello de la Mancha.
—Sube ahora a la montura: presumiré por la plaza;
verán la hermosa mujer que a mi cintura se abraza.
Al comenzar la función, de la montura bajaron;
en el sitial principal junto al patrón se sentaron.
A la diestra del señor, Genoveva y Andrés cruzaron
una mirada serena donde las dudas pasaron.
Mercedes junto a su lado compartía la alegría,
y el patrón le dijo a Andrés con franca satisfacción:
—Mercedes es gran mujer y tú hombre de devoción;
has encauzado a sus hermanos con tesón y corazón.
—Entre Mercedes y yo no hay promesas acordadas,
mas la quiero con un celo que me ensancha la mirada.
Quiero que venga a mis brazos libre y enamorada;
temo decirle lo que ardo por no turbar nuestra calma.
—Si no le abres tu sentir, pensará que estás helado;
tan valiente en el trabajo y en amor tan timorato.
Mercedes y Genoveva departían cordialmente,
revelando sus anhelos con expresión transparente:
—Mi padre me ha revelado lo que guardáis en secreto;
sé que le quieres de veras, en tus ojos lo advierto.
Él fue mi dulce primer amor en tierna juventud,
pero los rumbos mudaron sin mermar su gratitud:
nuestro cariño infantil se trocó en pura hermandad.
Él se volcó en el trabajo tras aquel viejo pesar,
y tú has sido el remanso donde ha vuelto a respirar.
—Cuando más triste me hallaba, me ofreció su compañía,
y cambió mi pesadumbre por sincera lozanía.
Mas nunca me he atrevido a declarar mi emoción,
aunque él siempre me brinda cuidado y devoción.
Cerca de mil invitados descansaban en los llanos
cuando un toro de lidia escapó por los cercados:
picado por una víbora, embestía enloquecido,
saltando la talanquera hacia el gentío tendido.
Andrés saltó a su caballo empuñando una garrocha,
saliendo al paso del toro para frenar la derrota.
El astado arremetió como fiero torbellino,
volteando a la montura y a su jinete en el lino.
Quedó el caballo quebrado y Andrés caído en el prado;
el toro giró la vista para clavar al postrado.
Un clamor cortó los vientos ante el peligro cercano.
¡De pronto sonó un disparo y el animal cayó inerte!
¿Quién disparó aquel proyectil que lo arrancó de la muerte?
Yacía el morlaco en la arena con un certero balazo,
y Andrés salía ileso con solo un leve rasponazo.
Los dos hermanos salieron con los cañones humeando:
apostados en dos flancos habían tirado al unísono.
El patrón y las muchachas acudieron anhelantes;
Mercedes estrechó a Andrés con sollozos anhelantes:
—Desde que te conocí, en secreto te he querido.
Y el médico comprobó que el mozo estaba curtido:
—Has vuelto a nacer de nuevo tras semejante estampido.
El guarda de la cañada se acercó a la multitud:
—Doy por borrado el pasado ante tanta rectitud;
tres valientes salvaron hoy a toda la multitud.
Brindo por estos muchachos que vencieron al dolor,
evitando una tragedia con firmeza y con valor.
El patrón tomó las riendas ante el pueblo reunido:
—A estos tres hombres debemos este feliz desenlace.
Y Andrés, alzando la voz con sentimiento encendido:
—A mis dos nuevos hermanos pido la mano de Merche,
pues ella me dio la dicha en medio de mis pesares.
Quiero ofrecerte mi vida ante toda nuestra gente.
—Te la entregamos gozosos, con sincera lealtad,
que gracias a tu nobleza recobramos la dignidad.
Se abrazaron los muchachos entre aplausos fraternales,
mientras la gente brindaba por acuerdos tan cabales.
El patrón pidió silencio y expuso con claridad:
—Debemos mirar al frente y sembrar prosperidad;
esta comarca florece y entrará en la modernidad.
Llevaremos luz y agua, canales en vecindad,
reformaremos la ermita con pulcra solemnidad,
y crearemos una guardia para guardar la heredad,
al mando de estos hermanos de probada lealtad,
bajo el cargo y supervisión de Andrés y su autoridad.
¡Y que pronto suenen campanas para esta bella unión!
Han pasado cinco años y el cambio es resplandeciente:
la recolección de cerezas rinde copiosamente;
el pueblo luce cuidado, su porvenir es boyante,
y sus cosechas se exportan a mercados distantes,
pues son las ricas cerezas prez del Valle del Jerte.
Al declinar de la tarde, acabado ya el jornal,
se recortan tres jinetes cruzando por el pinar:
son Andrés y sus cuñados, mayorales del lugar.
Un chiquillo corre alegre saltando por el sendero;
Andrés lo alza en los brazos con gozo de padre entero,
y sus tíos lo celebran con cariño verdadero.
Andrés besa a su Mercedes, que en el umbral lo esperaba;
acaricia con ternura su vientre recién colmado,
que traerá nueva vida cuando el sol dore el manzano.
Dedico estos sencillos versos al bello Valle del Jerte,
a sus fértiles paisajes y a su hospitalaria gente.
Si esta historia os ha agradado,
quedo por ello honrado.
Francisco Guío — Marzo de 2010