Sainete tragicómico en siete actos
Prólogo
En un pueblo de Toledo, entre partidas de brisca,
me contaron la leyenda que esta romanza os explica,
porque uniendo frases sueltas os he sacado una réplica.
Trata sobre la leyenda de Crescencio y de Susana,
y la de su archienemigo, cacique de mente plana:
un mezquino malasangre que era el que partía la pana.
Es sátira tragicómica empezando desde el prólogo,
y os ofrezco la merienda si aguantáis hasta el epílogo;
y para seguir la trama echadle un ojo al catálogo.
Siete actos sazonados con mis populares rimas,
porque hay que tener paciencia para pasar esta grima,
a no ser que quien lo lea sienta por mí alguna estima.
Doy gracias anticipadas por el tiempo dedicado;
aunque leer es muy bueno si es a Neruda o Machado,
lo mío son ensoñaciones de otros momentos pasados.
Acto I
En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no hablamos
(no plagiamos a Cervantes, que es coincidencia, ¡estamos!),
quedamos que es en la Mancha, en un pueblo de los llanos:
vivía un mozo sin tacha y con callos en las manos,
que su bienestar logró trabajando como un enano,
y en la finca que él dirige daba faena a sus paisanos.
Y trataba con la gente sin petulancias ni orgullos,
proporcionando su ayuda, que ayudar era lo suyo:
era un tipo muy cabal sin andarse con chanchullos.
Facundo era un miserable que no apreciaba el trabajo,
ni dudaba en hurtar al padre sabiendo que está en el ajo,
que conoce sus desmadres y los sufre por lo bajo.
Cuando pretende una moza la acosa con amenazas
de despedir a los suyos y quebrarles la bonanza:
era un perro insaciable buscando siempre carnaza.
Otras veces va a Toledo a lomos de su caballo,
rodeado de comparsas que quieren ser sus lacayos:
para ellos es quien paga y para ellas es el gallo,
y al terminar sus desmanes solo le queda el sayo.
Es dueño de varias fincas pero casi no las cuida,
y al padre le pide fondos para saldar sus pérdidas.
Siempre está de francachelas seguido de sus borregos,
que para vivir a su costa buscan ganar su apego,
adulando con lisonjas para agrandarle los egos.
Le dicen que es formidable y los demás perdedores,
que todos tienen envidia de su vida sin sudores,
porque es el amo del pueblo y los demás inferiores:
«Ellos nacieron en paja y tú en ricos cobertores;
puedes contar con nosotros para ser tus protectores».
Era hijo de don Adolfo, el hacendado del pago,
y Facundo, haciendo el golfo, le daba muy malos tragos,
mientras cuatro sanguijuelas le minaban con halagos.
Susana era su obsesión: no podía vivir sin ella,
y para ahogar su pasión le pegaba a la botella.
No tiene ley ni moral, se ha empecinado con ella,
y usaba cualquier pretexto para buscar la querella.
En un día de mercado a Susana dio un mal tiento,
y ella le arreó un bofetón que le bailaron los dientes:
—¡Las manos para labrar y no para andar sobando!
Que me toca quien yo quiera, según el cómo y el cuándo,
y nunca será un baboso como el que estoy observando:
tu roce es como la ortiga, que termina ulcerando.
—Dispensa si te he rozado esas formas tan turgentes:
es que se me fue la mano al verte tan sugerente.
Me atraes como un imán y te tengo muy presente:
todo en tu talle me gusta, eres mujer imponente,
y ese porte necesita un hombre que sea pudiente.
Enfadada estás más guapa y más si mira la gente:
pretendes disimular con tu desprecio aparente,
cuando estás loca porque yo sea tu pretendiente.
—Cada vez desbarras más soltándome tus sermones.
¿Te atreves a compararme con esos cuatro pendones
con las que vas de jarana cada vez que dispones?
Eres un pobre desecho si tal infamia supones;
tu seso está averiado y piensas con los talones.
Si se entera mi hombre, la cara te la compone:
despierta ya de tu sueño a ver si entras en razones.
Crescencio te tiene ganas; si eres valiente, te opones:
que soy un huerto cerrado solo a lo que él dispone,
que mi cariño es exclusivo y solo a él se expone.
Así que vete de una vez a buscar a otra parte,
que la mujer que aquí ves le pertenece a Crescencio,
y no a un vano fachendoso que solo inspira desprecio.
—Pierdes el tiempo fingiendo: lo que quiero lo consigo;
serías la única moza que no estuviera conmigo:
¡te tendré entre mis brazos humillando a mi enemigo!
—En cuanto llegas se apartan, pues resultas repulsivo;
ningún vecino te traga por tirano y opresivo.
Crescencio, por el contrario, jamás usa los abusos:
da trabajo y jornal con mucho menos recursos.
Es un hombre cabal y tú solo un pobre iluso.
—A ese gañán le voy a dar lo que no está en los escritos.
Me tienes que cortejar por Satanás o por Cristo,
y contigo voy a lucirme en sus narices por listo.
No puedo consentir verte con ese currante:
si se cruza ante mis pasos me lo llevo por delante.
No sabe quién es el amo de este término, el ignorante.
—No lo vas a conseguir: de mí no sacarás nada;
es igual que esperar en verano la nevada.
Tu cabeza da más vueltas que tronco en una riada,
pues solo tramas maldades que no te servirán de nada.
Dile a Crescencio a la cara lo que aquí me has dicho,
a ver si no sales trasquilado, que solo eres mal bicho.
—Está bien, te lo has buscado: acabaré con Crescencio;
su tiempo se ha terminado y entraré en tus aposentos.
—Te he dicho que no le nombres, que le ensucias con tu boca:
¡Crescencio es mucho hombre y tú de hombría muy poca!
—Se terminó la tregua: acabaré con Crescencio;
nadie me lo impedirá, lo hundiré a cualquier precio.
—Eres peor que la hiel, no sigas haciendo el necio,
que no está hecha la miel para la boca del cerdo.
—El cerdo es ese muerto de hambre que vive de las limosnas:
con las tierras de mi padre se ha enriquecido el pintamonas.
—Dices bien: se las dio tu padre, no son las tuyas;
él las está labrando sin lanzar a nadie puyas.
Transformó unas pedrizas con su esfuerzo y su trabajo
en una huerta espléndida: ¡consíguelo tú, espantajo!
—No consiento que a un patán salido de lo más bajo
le regalen unas tierras por su labia y desparpajo:
o me devuelve la linde o cualquier día lo rajo.
El día que el viejo muera revocaré la sentencia
y lo dejaré en la calle aunque me pida clemencia;
tú te quedarás conmigo y él rumiará su impotencia.
—Cada día estás más loco: acabarás en el Nuncio.
Disfrutas haciendo daño, eres ruin y sucio;
mira bien cómo te portas porque estás perdiendo el juicio,
y en Toledo hay una celda esperándote de oficio.
—Sé que soy un desalmado y todos me dais la espalda,
pero me gusta teneros a todos bajo mi espada.
La única que me importaba hoy me produce arcadas:
dale un recado a tu amante: ¡sus horas están contadas!
—Díselo tú si eres hombre, ¿o es que ya no tienes agallas?
Le tienes miedo a Crescencio: ¡mírate y compara!
La guardia civil te aguarda y el pueblo te vigila,
esperando que des el traspié para atarte a la trena.
—Nuestro sino es estar juntos por toda la eternidad.
—¡Antes me corto las venas que dar mi conformidad!
Acto II
Facundo va maquinando con la pérfida esperanza
de contratar a dos matones para cumplir su venganza.
Y a dos rufianes encuentra comiéndose una lechuga,
porque es lo único que han probado desde ayer en la andorga.
Se acerca con cautela, que su traza no es de amigos,
y a los dos se los camelará para liquidar a su enemigo.
Echaron mano a la faja Fulgencio y Vicente,
mostrando sendas navajas que traen de Albacete:
—Tráenos pitanza y morapio, más dos mil duros por barba,
para mudar estos harapos, y ese mozo criará malvas.
Hemos escapado de Ocaña escalando por los muros
lo mismo que dos arañas, y aquí no estamos seguros.
Tú el dinero nos apañas y ese menda no ve el futuro.
Dinos quién es el sujeto y los sitios que frecuenta,
y el encargo quedará resuelto: ve trayendo las pesetas.
Lo arrojaremos al barranco que linda con su cañada,
cubriéndolo de maleza para no levantar sospechas:
y así tendrás coartada sin que nadie te replique.
Acto III
En la noche toledana con la luna por testigo,
Crescencio y la Susana disfrutaban del abrigo.
Y entre dimes y diretes, arrumacos y susurros,
daban cuenta con buen jugo a una docena de churros:
—Susana, me tienes loco, no te muestres tan esquiva:
sabes que dentro de poco nos casamos, ¡fija el día!
¿Quieres casarte en agosto al concluir la recogida?
—Modera un poco tus ansias, que aunque sigo prometida,
al mirarte me da un vuelco el corazón encendido.
Mas hoy ando preocupada sintiendo inquietud sombría:
me imagino a ese canalla acechando en las esquinas
para causarnos un daño que arruine nuestra alegría.
Es capaz de contratar un par de viles sicarios
que te vengan a atacar a cambio de algún salario.
Por eso temo por ti: quiere verte amortajado;
ándate con pies de plomo, que ese tiene muy mal fario.
—Es su padre quien más sufre teniendo que ser paciente:
sus desfalcos se los cubre porque no tiene parientes;
lo ha tomado por costumbre y sus faltas consiente.
Cuando huérfano quedé en la más dura derrota,
mis fatigas le expliqué y me entregó una garrota:
«Eres chico para el tajo, guardarás de mi rebaño;
ya irás aprendiendo oficio con el curso de los años».
Me dio hospedaje y comida y un salario suficiente;
don Adolfo me salvó, siempre lo tendré presente.
Mis padres murieron pronto en un triste accidente:
se despeñó nuestra mula arrastrándolos al torrente.
Don Adolfo en ratos libres me enseñó las cuatro reglas,
la lectura y la escritura para no pasarlas negras.
Facundo era un zagal hosco, apegado solo a madre,
y cuando ella falleció comenzó a odiar a su padre.
Yo me volví un buen peón que en toda labor encaja,
mas haberte conocido cambió mi vida de lleno:
¡gracias por haber nacido! A tu lado soy dichoso.
Un día don Adolfo me llamó junto a una cerca:
«Mucho sol para un cristiano, vente conmigo a la sombra.
Por todas partes que voy a Crescencio se le nombra:
zagal, eres un portento, jamás la labor te sobra.
Hay un terreno en la linde que lleva tiempo en barbecho:
es una finquita humilde de diez fanegas de trecho,
pero conozco tus mañas y sacarás buen provecho.
El juez labrará escritura cumpliendo todos tus sueños».
Desde entonces fui creciendo y hoy empleo a varios braceros;
mi hacienda se va ampliando y doy jornal verdadero.
Y a quien trabaja conmigo cumplo en trato y en dinero:
nadie es superior a nadie, todos somos compañeros.
—Su berrinche es por ti y por verte en esa cumbre;
las tierras son un pretexto: su rencor busca la lumbre.
—Susana, tú eres mi fuerza y la luz de cada día:
si un enfrentamiento llega, defenderé nuestra vida.
De frente nunca vendrá, que se arrastra por rendijas;
pero ten por bien seguro que a nadie temo la ira.
—Dichosa me siento yo de que seas tú mi hombre;
y me sentiré colmada el día en que me des tu nombre.
Tu cariño limpio y leal me colma de devoción:
mi corazón te entrego sin ninguna condición.
Acto IV
Eran vísperas de fiesta en honor de la patrona;
mañana una buena siesta y por la noche verbena.
Crescencio vio venir a dos tipos sospechosos
oculto tras de una encina, con ademanes forzosos:
«Estos vienen a por mí, mas van a cobrar el doble;
ya se cansó este Crescencio de ser confiado y noble».
Quitó el mango a la azada para usarlo como porra,
y sobre un montón de heno dejó su manta y su gorra,
mientras trepaba a las ramas para aguardar a la zorra.
Reptaban por la maleza poniendo afán en su empeño:
«Está durmiendo la siesta: va a dormir su último sueño».
Se lanzaron sobre el bulto clavando sendas navajas,
mas comprobaron con pasmo que aquello era solo paja.
¡De pronto saltó Crescencio descargando la madera!
Tanta tunda les propinó que quebró el leño en sus lomos:
los ató a un algarrobo desarmándolos primero,
quitándoles los talegos que cobraron por dinero.
Marchó luego hacia el cuartel de la guardia del lugar:
—Tengo atados en la linde a dos rufianes de encargo;
fueron a buscar mi lana y salieron trasquilados.
Los guardias se personaron trayéndose a la pareja;
cuando aquellos despertaron se encontraron entre rejas.
Como eran presos fugados de la prisión de Ocaña,
ofrecían recompensa por atajar sus hazañas:
Crescencio cobró la prima que el juzgado destinaba,
pensando en comprar más tierras para ensanchar su labranza.
Acto V
Al día siguiente el pueblo celebra con regocijo;
en el casino y la plaza corre alegre el aguardiente.
Susana baila feliz al compás de un pasodoble,
cuando Facundo irrumpió empuñando un revólver.
Encañona a los novios con los ojos desquiciados;
un silencio sobrecogió a cuantos estaban congregados:
—Te mato con gran placer: concluyó tu buena estrella;
quiero verte sucumbir antes de hacerme con ella.
Para quebrar vuestra boda rompo el lazo que os sella;
aquí se acaban tus días y tus vanas querellas.
Susana, serena y viva, se dispuso a despistarlo,
haciéndole desviar la vista para que Crescencio actuara:
—Si nos disparas te pierdes; si paras, tendrás mi aprecio:
baja esa pistola infame y no cometas tal necedad.
Facundo dudó un instante quedando la mente en blanco,
y en ese instante preciso Crescencio tomó un palo de billar:
un golpe certero al brazo le arrebató la pistola,
y otro quiebro en la cabeza desarmó toda su furia.
Cayó el agresor al suelo; la concurrencia enmudeció,
y al punto brotó un aplauso que a Crescencio aclamó.
Llegó el sargento del puesto tomando acta de la escena:
—Ha sido en legítima defensa, aquí nadie tiene pena;
quien vino a sembrar la muerte cosechó su propia condena.
Acto VI
Le enterraron esa tarde a la sombra de un cerezo:
la pareja, el sacerdote y don Adolfo en su rezo.
El hacendado miraba abatido y compungido:
—Pido perdón a los dos por las culpas de mi hijo;
pongo a Dios por testigo de que enmendarlo no pude:
siempre fue un caso perdido.
Estoy viejo y cansado, mi linaje se ha quebrado;
no quiero seguir lidiando con haciendas y ganado:
lo mando todo al retiro...
—No haga eso, don Adolfo: usted fue nuestra guía;
no abandone sus tierras ni apague su energía.
Hagamos una alianza que a todo el pueblo sostenga:
unamos nuestras parcelas en fecunda compañía.
—Llevas razón, muchacho: no caeré en el desconsuelo.
Tú aportas tu juventud y yo la veteranía:
fundemos una empresa que traiga prosperidad,
dando a nuestros vecinos trabajo y seguridad.
Acto VII
En la firma del concierto todo el pueblo está presente,
esperando del acuerdo ventura para su gente:
—Transformaremos el secano con canales del Tajo,
habrá viñedos y quesos y asegurado trabajo.
Las mujeres y los mozos tendrán digno salario:
¡no seréis siervos de nadie, sino socios necesarios!
—Señor juez —pidió Crescencio—, pido la mano de Susana.
—Te la otorgo de buen grado, pues tu conducta es intachable;
y como regalo de bodas os dono un buen cigarral.
Y don Adolfo será el padrino que bendiga este altar.
Don Adolfo tomó la palabra ante la plaza mayor:
—Formaremos una gran cooperativa agraria de labor,
repartiendo beneficios con justicia y con equidad;
y mi hacienda será vuestra para toda la posteridad.
¡Que corra el vino en la mesa para brindar por la paz!
La boda fue a los tres meses con gran gozo en el lugar,
y al año vinieron mellizos rollizos en el hogar.
Florecieron los quesos puros y el buen vino de la Mancha,
con cosechas generosas donde el porvenir se ensancha.
Aquí concluye esta estampa de costumbres y de brío,
y aunque parezca leyenda no os hagáis ningún lío:
que el novio de aquella boda fue...
¡Crescencio Guío!
Perdonad los muchos fallos
de este humilde autor sin dotes:
soy una planta sin tallos
que echa sus primeros brotes.
Francisco Guío — Julio de 2002