De fuera vendrán

El pueblo de Madrid contra los franceses

Del Dos de Mayo a Bailén


España está en decadencia, se apaga el colonialismo;
es una nación maltrecha donde manda el despotismo,
con un rey de figurante por causa del nepotismo:
Fernando Séptimo acata lo que dicta el godoyismo,
un valido afrancesado cegado por su egoísmo,
mientras cuida sus favores y a la reina rinde mimos.


Nuestra alianza con Francia era un simple formulismo,
pues el corso rige Europa y hay que bailar a su ritmo:
un juego de falsos pactos y fingido servilismo.
La intriga de Trafalgar causó desastre y sadismo:
siendo Churruca almirante, se impuso el derrotismo,
y lo que pudo ser gloria quedó truncado en abismo.


Piden pasar por España hacia tierras de ultramar,
diciendo que a Portugal pretenden doblegar.
¡Menudo engaño tramaron para podernos tomar!
Si el francés entra en España, es que ciegos hemos de estar:
quieren hacernos vasallos de su afán expansionista,
pues a media Europa tienen bajo su ley absolutista.


Dan falsas explicaciones pretextando sus razones,
y la corte se doblega y agacha las intenciones.
Mas el pueblo está seguro de que habrá confrontaciones:
aquí vienen los gabachos a imponer sus condiciones,
y será el pequeño corso quien tome las decisiones,
mientras en el regio alcázar ondean nuevos pendones.


Se presentan en Madrid con tropas de cien naciones;
pronto usurpan el poder y a quien se oponga a sus sones
lo tachan de sedicioso o lo meten en prisiones.
La familia real al punto a Bayona va llevada,
y los madrileños saltan desde el zaguán a la tapia,
alzándose en pie de guerra porque la afrenta está colmada:
chisperos, majas y artesanos se suman a la algarada.


Madrid en masa se encara sin miedo y con hidalguía,
con sus hoces, con sus horcas y el trabuco que dormía.
Adoquines y maderos, la loza que en casa había:
todo lo arrojable vuela sobre la tropa sombría,
y el invasor no comprende la furia que descendía.


Junto al Palacio Real la indignación ha estallado;
los ujieres de palacio a la guardia se han sumado,
viendo cómo con engaños a sus reyes han sacado.
Aparece Espoz y Mina, militar disciplinado,
guiando a los madrileños con ímpetu denodado:
sin tácticas de combate los van dejando cercados.


Por portales y balcones sale la gente gritando:
«¡Demos muerte al invasor!», en las calles peleando.
Cogen armas de los muertos y los van acorralando;
con tiestos y con enseres barricadas van formando,
que es al pueblo de Madrid al que vienen ultrajando.


Desde el cuartel de Monteleón los cañones van sacando:
son Daoíz y Velarde los capitanes al mando.
Disparando al enemigo su sentencia están firmando,
pero pase lo que pase han de morir peleando.
Sus disparos son certeros y al francés van castigando;
saben que son uno a diez, mas continúan disparando.


Con solo cuatro cañones andanadas van soltando;
las tropas napoleónicas cargan contraatacando,
pero aquellas baterías siguen firmes hostigando.
La artillería imperial avanza en masa logrando
que el gran pueblo de Madrid se vaya al fin replegando;
mas los cañones del parque siguen la plaza guardando.


Cuarenta bocas de fuego sobre Monteleón disparan,
y a Daoíz y Velarde solo el honor los ampara:
apagáronse sus vidas como la luz de una lámpara.
Enardecidos de furia los patriotas avanzaban,
por ventanas y balcones cuanto dañase arrojaban.
Fue una lucha encarnizada donde Madrid no se raja:
en el choque cuerpo a cuerpo son reinas de la navaja.


En plena Plaza Mayor los franceses retroceden,
porque en un arco escarpado alguien les frena el terreno:
sobre un montón de caídos dispara con pulso sereno.
Se llama Manuel Boteros y en un saliente se encaja;
no cesa de disparar cubriendo a quien se desgaja,
abatiendo a los soldados como la hoz a la paja.


Los mamelucos atacan blandiendo curvas espadas:
son jinetes montaraces con turbantes y celadas,
armados con alfanjes y lanzas afiladas.
Un sable hiere su pierna frenando sus cabalgadas,
mas Manuel derriba al jinete con certera llamarada.


Fue una jornada sangrienta de dolorosa matanza;
las calles tardaron días en recobrar la templanza.
Mas la fecha del Dos de Mayo vivirá en la alabanza:
«¡Fuera los usurpadores!», clama la patria en venganza.
No conseguirán jamás apagar nuestra esperanza.


A los que apresaron vivos los llevaron a empujones
a cuarteles improvisados aguardando decisiones,
sin curar a los heridos, sin mantas ni provisiones.
Yacía Manuel Boteros con fiebre y retortijones:
le había rajado la pierna uno de aquellos soldados.
«¡La fiebre me está quemando, mas no pierdo los redaños!».


Al fin los fueron reuniendo al pie de Príncipe Pío.
A Manuel lo condujeron entre aquel hondo gentío,
y cuando llegó la noche se levantó un viento frío:
el Guadarrama cercano enviaba un cierzo bravío.
Sus dientes castañeaban sintiendo el rigor helado,
y un soldado que lo mira le echa un capote abrigado:
—Algún día te agradeceré esta noble acción, soldado.
Mas el guardia en su interior piensa: «La fiebre te habrá matado».


Son las doce de la noche y nace el día siguiente:
se alza el Tres de Mayo y Goya lo mira de frente,
pues desde su quinta tiene un palco preferente.
Llega la orden marcial de forma tajante y urgente:
han de ser ejecutados los rebeldes allí presentes.
Manda el general Murat fusilarlos de repente.


Forman a los prisioneros bajo la luna doliente,
mientras el pelotón prepara las armas al frente.
El soldado francés advierte que Manuel ya no se mueve:
«Ahorraré mi proyectil, que este hombre ya no respira».
Bajó el sable el oficial y tronó un estampido ardiente,
cuyo eco retumbó con campanas de la muerte.
La lluvia rompió en el cerro sobre el llanto de la gente,
tiñendo de rojo oscuro las aguas de la corriente.


La Santa Caridad vino a retirar a los difuntos,
y familiares piadosos se acercaron al recinto.
Boteros permanecía inmóvil, herido y contrito.
Su hija Carmen llegó con un carro buscando en el llano,
y halló a su padre maltrecho con pulso en la mano.
El zagal que guiaba el carro, mozo cabal y leal,
ayudó a subir el cuerpo fingiendo un duelo fatal,
cubriéndolo con una manta para cruzar el arrabal.


Los sucesos de Madrid en toda España sonaron:
con presteza en Móstoles la noticia escucharon,
y sus alcaldes valientes la proclama publicaron:
Torrejón y Villamil la guerra al francés declararon.


Sin ejército formado, con milicias populares,
se fraguó la resistencia por montes y olivares.
Se pactó con Inglaterra sumando fuerzas y leales;
Castaños y Wellington ordenaron los planes:
la gran Batalla de Bailén tendrá ecos mundiales,
midiendo a legiones veteranas con batallones campales.


Manuel curó sus heridas y su empeño va en aumento:
expulsar al invasor es su único pensamiento.
Su hija le suplica: «Padre, te arrancaste al tormento;
deja la guerra para otros, no marches a nuevo encuentro».
—Nos gobierna Pepe Botella y al soberano ha depuesto;
yo he de cumplir mi deber y estaré firme en mi puesto.
Tú quédate con tu novio, haced boda y sentimiento:
¡yo partiré hacia Bailén para ganar este lance!


Cerca de Guarromán los dos bandos se presentan;
el ejército imperial, que batalla nunca pierde,
descubre frente a sus filas un pueblo que no se rinde.
Manuel comanda una tropa de veteranos y arrieros:
hombres curtidos de Madrid que pelean sin coraza,
dispuestos a dar la vida por el honor de la plaza.


Truenan los cañonazos abriendo la contienda;
el humo cruza la vega bajo un sol de fuego y lumbre.
Dupont maniobra por flancos con táctica de costumbre,
mas Castaños cierra en arco quebrando la pesadumbre:
la infantería resiste en riscos de pedregal,
frenando a los coraceros en choque descomunal.


En tierra de nadie pastan rastrojos secos al viento;
Manuel y sus compañeros conciben un ardid presto:
prenden fuego a la maleza con pólvora de su cesto.
El humo denso y sofocante ciega al francés en el puesto;
la caballería patriota se lanza a campo travieso,
y mujeres de los pueblos bajan con agua y con queso,
aliviando la fatiga en aquel combate recio.


Para quebrar la defensa de un reducto fortificado,
Manuel se arrastra en silencio por el campo pedregoso,
descubriendo una leñera con un zócalo espacioso:
¡un polvorín escondido que guarda el parque enemigo!
Apresa a los centinelas y avisa a su regimiento;
aquel hallazgo de armas decide el enfrentamiento:
¡Bailén corona la gloria y el invasor cede el puesto!


Fue la primera derrota que sufrieron las águilas francesas,
asestando al emperador un golpe a sus grandezas.
El general Castaños llama a Manuel a su tienda,
y premiando su heroísmo le otorga mando y encomienda:
—Te nombro capitán por tu audacia en la contienda.


Manuel pide una merced: buscar a un preso francés,
aquel soldado piadoso que en Príncipe Pío lo abrigó.
Supo que estaba recluido en el presidio de Almería;
Castaños firmó la orden para traerlo en el día.
En Madrid se encontraron en el palacio de Guerra;
Manuel, con honores, le estrechó la mano sincera:


—En la montaña del Príncipe tuviste un gesto sagrado:
me cubriste con tu manta dándome por finado.
Aquí tienes salvoconducto y una bolsa con cien duros:
vuelve en paz a tu hogar, sin temores ni apuros.
El francés, conmovido, se abrazó emocionado:
—Siento que dejes las armas, pues eres noble soldado;
si España venció al imperio, es por hombres de tu temple:
¡con gentes de tal valor no hay ejército que venza!


Celebróse en Madrid la boda de Carmen y su marido,
y Manuel volvió a Toledo al cigarral bendecido.
Sus glorias de capitán quedaron en dulce olvido,
mas en el arco de la plaza su recuerdo sigue vivo:
allí donde Manuel Boteros defendió a su pueblo querido.

Francisco Guío — Abril de 2008

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