El final de la búsqueda

Persona atormentada llorando en la noche

Revisión de «El encuentro»


De repente se marchó sin saber de qué iba el juego;
su búsqueda fracasó y se fue apagando el fuego,
dejando solo rescoldos que cenizas fueron luego.


Mi vida se fue al garete: fui un cobarde, no lo niego,
y aunque la seguí buscando, solo di palos de ciego.
De una depresión salí y al fin recobré el sosiego.


Mi profesión me libró de mandar todo al carajo,
y algunos buenos consejos me quitaron los sombrajos;
y empecé a vivir de nuevo dándole al pasado un tajo.


Tomé al toro por los cuernos empujado por mi instinto;
mi afán de conservación me hizo sentirme distinto.
Ignoré a mis fantasmas y salí de aquel laberinto,
y nací de mis cenizas cuando ya me hallaba extinto.


Me trasladé a otra ciudad, cambiando casa y trabajo,
hasta que un día decidí visitar los barrios bajos.
Mi euforia se fue hacia arriba y también mi desparpajo,
y mi realidad cambiaba vista a través de sombrajos,
con mi charla ya pastosa por mi lengua de estropajo.


Decidí tomar la última entrando en aquel garito,
y al apoyarme en la barra tuve que matar un grito,
que aquello que estaba viendo necesita ser descrito.


Los vapores del alcohol se fueron rápidamente,
porque no podía creerme lo que allí tenía presente:
que frente a mí se encontraba aquella mujer ausente,
con su cuerpo bien expuesto a todos los asistentes.


Al fondo del lupanar, en una postura obscena,
estaba abierta en canal a las miradas ajenas.
Lo que sentí en mis entrañas no fue cariño ni pena:
fui como un espectador viendo una trágica escena.
Mi vida se me escapaba como un puñado de arena;
por algo malo que hice ahora pago mi condena.


Sigo mirando su aspecto de buda repanchigado,
y si quedaba en mí afecto, en compasión se ha trocado.
La miré sin repulsión, aunque no era de mi agrado,
que para mí seguía siendo algo de lo más sagrado,
aunque cuando ella se fue yo me sentí desahuciado.


Mi ánimo se fue mudando de la alegría al enfado;
mi adrenalina pugnaba por poner calma en mi estado,
hasta que caí en la cuenta de que era un ser inanimado.
¿Por qué una mujer vital su vida acaba matando?


Como la maja de Goya en posición indecible,
la tenían de reclamo que es todavía apetecible:
con carrocería de pasmo y de motor inservible,
era una estatua de cera, bella pero inaccesible.


Su conducta era inestable y su ánimo imprevisible:
lo mismo estaba apagada que se le encendía un fusible,
y comunicar con ella prácticamente imposible.
Solo la usan para el sexo aunque se muestre insensible.


Si el combustible la llena, está un tiempo funcionando:
reposta directo en vena o en la nariz esnifando.
Que se pudran en la trena quienes están abusando
de las flaquezas ajenas mientras ellos van medrando.


Allí estaban los proscritos: proxenetas y macarras;
en ese lugar maldito toda esa chusma echa amarras,
como los yonquis, camellos, pervertidos y bujarras,
que igual que las garrapatas a las miserias se agarran.
Cuando no dan beneficios las ceden a los mandarras.


Practicando el viejo oficio hay mujeres coaccionadas,
sometidas, pervertidas, pero todas dominadas
por los chulos de servicio que exigen sexo y soldadas,
que si no hacen lo que quieren o las rajan o las baldán.


En este día tan amargo se me está rompiendo el alma.
Voy caminando hacia el fango y si se quiebra mi calma
de esta encerrona no salgo, que ella sin gritar me llama.
Me suplica que haga algo; se posó en esta rama
para reposar sus huesos sin notar signos de alarma,
y quedó presa en la grupa de ese caballo que brama
y ahora trota por sus venas desperdigando sus flamas.


Y recordé un viejo tango que es un calco de esta trama,
proveniente de Argentina por un cantante de fama;
y aquellos sones porteños tan sentidos me reclaman,
y entre lágrimas sus notas mis sentimientos inflaman:


Te tengo enfrente de mí
y no quisiera tenerte.
Vas caminando a tu fin
y no puedo detenerte;
tú eres como un arlequín,
el muñeco de esta gente.
Lo que puedo hacer por ti
es suplicar por tu muerte.


Tengo ganas de gritar y el grito muere en el cuello,
y pensé en mil desatinos para acabar con aquello;
y al no dar con uno bueno se me cortaba el resuello.
Sigo pensando salidas por si surge algún destello,
y al ser locuras oscuras contra todas yo me estrello.


Quise conversar con ella por ver si me reconoce;
tal vez al estar más cerca pueda sentir algún roce.
Me hice pasar por cliente para que así me atendiera,
pero ella se comportaba como si no me viera.
Su mente adormecida se encuentra en otra esfera
y no distingue apenas lo que sucede fuera:
habla con monosílabos, no hilvana frases enteras.


Le dije que nosotros la estamos esperando,
y me enseña sus pechos lascivos provocando.
Quiere calmar el mono que la está devorando,
y solo haciendo caja lo acabará logrando.


Su cuerpo desarmado no conoce barreras.
Quiero que cuando muera la cobije la tierra
y no en cualquier calleja de manera rastrera,
cuando una sobredosis termine con su guerra.
Pensando en estas cosas mis sentidos se aterran.


Cuando ella se marchó se marcharon mis sueños,
y con unas pastillas dormía como un leño;
y en darle una salida puse todo mi empeño.
Siempre van conmigo y a nadie las enseño
por culpa del trabajo que a veces desempeño.


Entre una copa y otra aproveché un resquicio,
y se bebió su fin: fue el desenlace y principio.
Bien sabe la muerte cumplir con su oficio,
y en ninguna ocasión saca los pies del quicio.
La vida es un regalo que recibes naciendo:
si no cuidas de ella se te acaba rompiendo,
o por meterla en drogas la terminas perdiendo.


Yo sabía que en minutos la bebida haría efecto,
y me quedé mirando cómo cambiaba su aspecto.
Su faz iba mudando, se borraban los defectos;
su muerte le llegó en minutos concretos.
Lanzó un suspiro ronco y acabó su tormento,
y por más que lo intente apenas lo lamento:
que vaya donde vaya será mejor que esto.


Inclinó su cabeza en un dormir profundo;
su mal sueño acabó: ya estaba en otro mundo.
Su boca tenía un gesto de teatro del absurdo,
que yo en mi desvarío con sonrisa confundo.


En mi último adiós mi congoja se extasía;
recuerdo su sonrisa, la veo en la distancia.
Para que fuera quien era le di la eutanasia:
solo maté aquel tormento que causó su desgracia,
librando a aquella reina de zángana comparsa.


Con maña cambié su vaso por mi vaso,
borrando las sospechas para no dejar rastro;
lo apreté entre sus manos fingiendo un descanso,
evitando que la guardia fuera a seguir el paso,
aunque en las sobredosis hurgan poco en el caso.


Su cuerpo se quedó sentado dignamente,
con los brazos caídos, reposada la frente;
y en su expresión de paz vi un halo inteligente,
pues su muerte borraba todo dolor presente:
el mono, su ansiedad y su condena latente.


De lo que fue hace tiempo era caricatura.
No creo merecer por ello la censura,
pues siento un gran alivio en lugar de amargura.
Por fin lograste huir de tan negra tortura;
perdona donde estés, mas obré con cordura:
fuiste lo que más quise y sentí esta ruptura.


En la calle me azota el frescor del relente;
se me va la opresión y lloro libremente.
Mi corazón se calma despacio, lentamente,
y en el cielo un lucero brilló insistentemente,
y yo veo en mi dolor su cara sonriente.


Le explica a un parroquiano un borracho gangoso
lo que él había observado como simple curioso
(los borrachos no mienten aunque hablen patosos):
—Se ha quedao una gachí mu tiesa de repente;
le daba mucho al jaco y al final tuvo suerte:
ni se ha enterao la menda que le ha llegao la muerte.
Llevaba mucho tiempo queriendo hacerle frente,
hasta que hoy se ha tomado su dosis más potente.
Yo, que llegué a tratarla antes de que fuera tarde,
sé que fue buena moza, risueña y tolerante;
pero venía el veneno y se volvía distante.


Las frases del borracho me animaron con gana:
con voz aguardentosa pero con mente sana.
Mi boca plañidera una oración desgrana
y una plácida luz de un negro rincón mana.
Mi corazón se limpia de impurezas humanas
al notar en la frente un beso de mi hermana.


Vale más un buen recuerdo que una mala realidad.

Francisco Guío — 2010

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