Alborada

Segadores en la mancha

Desde una pequeña loma de la llanura manchega,
un pueblecito contempla las labores de la siega.
Hombres que al amanecer ya comienzan con su brega,
sudorosos y cansados por un sol que no da tregua.


A la sombra del zaguán, madre e hija están pendientes
para ir haciendo el ajuar con mimo, pacientemente,
que la moza está en sazón y es preciso ser prudentes,
que cuando menos lo espere surgirán los pretendientes.


—¿Qué es lo que tienes, mi niña, que suspiras con anhelo
y al acercarse el ocaso se te marcha el santo al cielo?
¿No será que algún zagal te esté tendiendo su anzuelo?
Confesárselo a tu madre te servirá de consuelo,
que es una cosa normal lo que tú ves como un duelo.


—Hay un mozo del lugar que me pretende en secreto,
y yo me siento halagada y a sus requiebros consiento.
Por eso, al caer la tarde, estallan mis sentimientos:
regresan de la faena cansados pero contentos
y en calmar mi corazón fallan todos mis intentos.


¿Será solo una ilusión lo que en el pecho yo siento?
Diga, madre, qué me pasa, que añoro su advenimiento
y cuando lo veo acercarse siento un bonito concierto.


—No te preocupes, cariño, que eso pasa con frecuencia,
que al conocer a tu padre sentí la misma influencia.
Te está llegando el amor, tómatelo con paciencia,
que esa atracción cuando llega ataca con insistencia.
Cuídalo hasta que madure y degustarás su esencia.


—Ya vienen los mozos, madre, ya vienen por la cañada;
cargados con los aperos, suben la cuesta empinada.


Ya vienen los mozos, madre, ya se les ve por la ermita;
ya les están esperando en sus rejas las mocitas.


Llevan sombrero de paja sobre su moreno pelo
y chaquetilla en el hombro por si se encapota el cielo.


Sus pantalones de pana son su identidad y marca
y van calzando sus pies toscas y rudas abarcas.


La hoz llevan en la faja como campesinos hechos,
con un corazón enorme que no les cabe en el pecho.


Quien me gusta es ese mozo, el que mi sosiego araña,
el que acaricia a su perro, el de la mula castaña.
Ya sé que aún soy muy joven y que padre me regaña,
pero sabré ser paciente y esperaré hasta mañana.


Madre, ya vienen los mozos, ¡qué panorama tan bello!
Esto ocurre día tras día... Mi corazón va con ellos.

Francisco Guío — 1960

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