Novela épica de traición, justicia y redención
Parte I: La mina, el desastre y la traición
Vine al mundo en una mina de los Andes bolivianos,
y me crié en una aldea propiedad de unos tiranos,
explotando a los nativos con trabajos inhumanos:
con turnos de doce horas casi no éramos humanos.
Trabajábamos las minas que desde tiempos lejanos
seguían en explotación con medios un tanto arcanos,
regidos con despotismo por los colonos hispanos,
pagándonos cuatro ochavos por trabajar como enanos,
con negreros como escolta venidos del altiplano.
Un día la mina se hundió: no aguantaron sus puntales,
y escarbamos la montaña sin hallar de ellos señales.
Mis padres también quedaron bajo aquellos peñascales,
sobreviviendo los niños y quien debía relevarles,
que doce horas bajo tierra resultaban infernales.
Los dueños vieron la quiebra y se lavaron las manos,
cediendo la explotación de aquel cementerio humano
con un documento escrito a los que quedamos sanos:
se fueron con sus ganancias una mañana temprano.
Por los huérfanos y viudas había que hallar soluciones,
que proteger a los nuestros eran nuestras intenciones.
Uniendo a los desunidos que afronten penas y dones,
que enlazados serán fuertes para aguantar las presiones.
Conmigo se fue a vivir un proyecto de mujer:
se llamaba Margarita, ¡menudo embolado aquel!
Cuando ese capullo se abra será un bonito clavel.
Tenía trece primaveras y empezaba a florecer,
y yo con apenas veinte, ¿qué es lo que iba a suceder?
Tenía los ojos azules como el cielo en un día claro:
tendría a la diosa lujuria viviendo bajo mi amparo.
Eran Eva y su manzana con inocencia y descaro,
y aguantar tal tentación tal vez me saliese caro.
Las chozas eran idénticas, de una pieza para todo:
una sala con cocina y un jergón como acomodo.
Puse un catre y una estera para guardar los recodos,
pero aun con intimidad no éramos ciegos ni sordos,
y a veces había descuidos embarazosos e incómodos.
Los poquitos que quedamos intentamos renacer,
juntando los beneficios que se lograra obtener
en relación con las bocas que debíamos mantener,
porque uniendo voluntades nos debíamos entender.
Con medios rudimentarios trabajábamos las minas,
escarbando con las manos lo mismo que las gallinas,
y con lo poco que hallábamos se mitigaba la ruina:
lo que se iba logrando en una arqueta se hacina
hasta que se iba a vender siguiendo nuestra rutina.
Cuando había que comerciar me encargaban la gestión,
porque yo era de los pocos que tenía alguna instrucción.
Un día se presentaron cabalgando en sus monturas
un militar y un doctor de inspección por las llanuras:
que es intención del gobierno poner ley, salud y cultura.
—Tienen que hacerme la escuela y la casa para el cura;
y el doctor Hugo Cifuentes cuidará su salud futura.
El pueblo se iba ensanchando y crecían nuevos cultivos,
con sembradíos de maíz y otros frutos productivos.
Hasta que un día Margarita se puso de tiros largos:
tiene esa belleza tierna que no explican los halagos.
Ocupa mi pensamiento en cualquier tarea que hago,
y por no comprometerla a la llanura me salgo.
Un día me sorprendió mirándola ensimismado:
—Ginés, ¿qué es lo que te pasa que me miras de soslayo?
Por las noches te escuchaba tras la lona respirando,
conteniéndome las ganas de tirar aquel cercado
para abrazarme a tu cuerpo y amanecer a tu lado.
Quiero que seas mi futuro como fuiste mi pasado,
y quiero ser tu mujer aunque no estemos casados.
Fuimos los primeros en casarnos por la iglesia formal,
mas el doctor Hugo Cifuentes trajo la sombra del mal:
visitaba a Margarita en consulta singular,
y entre filtros y bebedizos comenzaron a tramar.
Por ocultar su adulterio y evitar la ley del valle,
el médico maquinó un plan atroz y cobarde:
drogar mi cuerpo con pócimas de catalepsia ancestral,
haciéndome parecer un cadáver espectral.
El doctor declaró mi muerte ante el pueblo desolado:
«Fueron emanaciones de la mina que sus pulmones han quebrado».
Margarita fingió desmayos y gritos desesperados.
Me encerraron en un féretro con mi casco de minero,
y el doctor, a solas conmigo, murmuró su plan artero:
«Tu cerebro sigue despierto para que sientas el duelo,
y te enterraremos vivo bajo la roca y el suelo».
Parte II: El renacer de ultratumba y el tesoro
En aquella oscura fosa solo reinaba el pavor,
cuando un sismo repentino sacudió el peñascal con furor:
rodó el ataúd por simas que abrió aquel temblor,
quebrándose las maderas en un hondo socavón.
Al pasar los efectos del narcótico y la opresión,
la lámpara de mi casco alumbró mi salvación.
Hallé una antigua galería de los colonos virreinales,
con esqueletos que el gas asfixió en sus andurriales.
Tras un Cristo giratorio en un salón señorial,
se abrió una cámara acorazada con llave colosal:
¡arcones de esmeraldas de pureza sin igual,
doblones y reales de vellón en conservación triunfal,
arcabuces, pólvora y libros de ciencia universal!
Con pólvora en vagonetas volé la roca tapada,
saliendo tras seis meses a la luz de la alborada.
Compré un carro con doble fondo a un noble carpintero,
cargando una fortuna de aquel pozo minero.
Y antes de marcharme lejos, le dejé a mi pobre aldea
un mapa pirograbado atado a una mecha encendida:
para que los mineros pobres hallasen en la montaña
las vetas de esmeraldas que cambiaron su vida.
Parte III: El señor Del Monte y la lucha por la justicia
Llegué a la gran capital cambiando nombre y sayal:
me llamé el señor Del Monte, caballero principal.
Cambié monedas de oro en la banca sucursal,
guardando diez maletines en caja de seguridad.
En el mercado de esclavos frené al conde don Rodrigo,
un déspota infame que traficaba con castigo:
compré a una familia etíope para darles libertad:
Yago, Mara y Clarita, virreyes de dignidad,
a quienes cortaron lenguas con saña y crueldad,
salvándose solo la joven por gracia y fidelidad.
Los llevé a mi palacete como señores libertos,
y Clarita conquistó mi corazón al momento.
Una noche en la calzada salvé de una encerrona
a Josechu, pastor vasco que con cayado impresiona:
un gigante noble y puro con su mastín Prudencio,
que huía de las venganzas del conde don Rodrigo.
Hice a Josechu mi socio, mi hermano y fiel testigo.
Descubrimos los crímenes del doctor y don Rodrigo:
drogaban a hombres y mozas para someterlos al vicio,
tratas de blancas y luchas para enriquecer su juicio.
Yago preparó el filtro del falso fallecimiento,
y Cifuentes y Margarita probaron su propio invento:
¡quedaron como difuntos por su propio procedimiento!
En el baile de palacio desenmascaré al hidalgo
con despachos del virreinato que el juez trajo al estrado.
Rodrigo intentó matarme por la espalda con fiereza,
pero Josechu y la guardia frenaron su bajeza.
Huyendo de la justicia, el conde alzó a sus mercenarios,
mas uniendo a la policía con los parias y gregarios,
barrimos su intentona en combates temerarios.
Rodrigo, acorralado, pagó su crimen entero:
se quitó la vil vida con su propio revólver certero.
Parte IV: La ciudad de la paz
Compré la gran hacienda donde Josechu halló amores:
rescató a la linda Justa de azotes y de dolores,
nombrando por votación libre a honrados capataces,
suprimiendo cadenas, grilletes y capataces voraces.
A los quinientos cautivos sanó Yago con su ciencia,
borrando de sus cabezas las drogas y la violencia.
La tierra del tirano la repartimos con celo,
fundando la guardia montada que proteja este suelo.
Me desposé con Clarita en fiesta de honor y gozo,
mientras Josechu y Justa disfrutan su matrimonio.
Los antiguos esclavos son colonos soberanos,
que trabajan la tierra como libres ciudadanos.
Si quieres matar a un gato, cuenta con sus siete vidas:
que aunque parezca estar muerto se recupera enseguida.
El día que llegué aquí esto era un caos incapaz,
¡y hoy todos la conocen como la ciudad de la paz!
¡¡¡Al fin se acabó!!!
Francisco Guío — 2012