Le enseñaba a un buen amigo ese Toledo ignorado,
lugares que a los turistas no suelen ser enseñados,
como los patios mudéjares que suelen estar cerrados,
con aljibes transparentes por los árabes legados.
Extramuros de Toledo, en un frontispicio aislado,
había un Cristo en una cruz con un brazo descolgado.
—¿Podrías contarme la historia de este Cristo desclavado?
¿Por qué un brazo mira al suelo y el otro sigue clavado?
—Te voy a dar mi versión, porque hay muchas diferentes,
aunque ya es una leyenda por sus cambios permanentes,
y al pasar de boca en boca se vuelve más diferente.
Aurora era una mocita que vivía en los arrabales;
era cristiana y bonita como un ramo de azahares,
su cuerpo era un jarrón griego e hipnóticos sus andares.
La pretendía un caballero aguerrido y muy galante,
pero bastante embustero aunque de verbo elegante,
un noble con gran fortuna y militar descollante.
Pero ella ni sí ni no: no se lanza a la aventura;
no le entregará su flor sin la bendición del cura,
que hasta que no se casase estaría virgen y pura.
—Te lo juro por mi honor ante el Cristo de la Vega:
que nombre, hacienda y amor te entregaré cuando venga,
y me casaré contigo siempre que a ti te convenga.
Mandan a mi regimiento a la conquista de Flandes,
y si regreso con vida se hará lo que tú demandes,
pues queda mi amor contigo para que tú me lo guardes.
Su amor sincero le dio y el galán se fue a la guerra;
su semilla arraigó y en sus entrañas se aferra.
A su nodriza, al saberlo, aquella noticia la aterra:
—Cuando se sepa en Toledo de la ciudad te destierran;
antes que nadie lo note en esta casa te encierras,
hasta que tu niño nazca en la clausura te entierras.
Él derrochando valor ganó ascensos y riquezas,
y ella aquí con su dolor lamentando su flaqueza,
protegiéndola su aya con mimo y delicadeza.
«Por un rato de placer me pagaste con largueza,
y yo tendré que pasar humillación y vergüenza».
Su nodriza se lamenta: «Siendo moza estás preñada».
Es discreta y muy atenta y en callarlo está empeñada:
«Tú eres joven e inocente, por eso fuiste engañada».
Su vientre fue en aumento y antes de que se dieran cuenta
se encerró en sus aposentos y echó el cerrojo a la puerta.
No consentía que la historia tuviera a Toledo revuelta;
hasta llegado el momento debían de estar muy atentas.
Y pensaba en su soldado y en el amor que compartían,
porque Aurora no pensó que aquel galán le mentía,
y guardaba en su memoria todo lo que él prometía:
«Por el Cristo de la Vega te juro que volveré;
cuando vuelva de la guerra contigo me casaré.
Dame muestras de tu amor y contento marcharé;
con tu imagen por bandera con valor batallaré».
—Cuando nazca llévalo al torno, que lo críen las monjitas;
nadie sabrá que has parido y que murmuren evitas,
porque ya hace varios meses que no admitimos visitas
y las vecinas recelan y se escuchan sus risitas.
—Este infante tendrá madre. Su padre vendrá del frente;
no haré un acto tan cobarde aunque me humille la gente.
Lo que está hecho, hecho está: que me tachen de indecente,
mas eso no ocurrirá pues su padre estará presente.
Él cumplirá el juramento que hizo al Cristo penitente:
por su honor de caballero lo juró fervientemente.
Y aquel galán regresó entre vítores triunfales,
y de ella no se acordó: no bajó a los arrabales.
Y mientras él presumía por plazas principales,
Aurora daba a luz a quien calmó sus pesares.
Su nodriza aseó al niño y se lo entregó entre chales,
y contemplando a su hijo se fueron todos sus males:
«Ven pronto a ver a tu hijo y verás que sois iguales».
Aurora escucha la nueva de que ha vuelto victorioso,
y ella le espera impaciente en su hogar silencioso.
Pero la espera se alarga en desamparo doloroso.
Dando de mamar al niño va contando los instantes
en que asome por su puerta el que antaño fue su amante.
¿Y si ya se ha olvidado? ¿Y si su amor no es constante?
Porque si no quiere vernos, será un trance lacerante.
—Has de saber, niña mía, que él no conoce tu estado,
y el regreso de la guerra le tiene desorientado.
Escríbele una misiva, cuéntale lo que ha pasado;
después obra con firmeza: mándale pronto el recado.
A un mensajero entregó la carta en propia mano,
mas aquel hidalgo la leyó y todo aquello fue en vano:
la guerra le había endiosado, no era el mismo ser humano.
—Como él no cumple su deuda, marcharé yo a buscarlo;
su palabra ha de cumplir aunque intente negarlo.
Iré a verlo donde esté: ¡no ha de poder rechazarlo!
Y con el niño en sus brazos va a enfrentarse al altanero,
a que cumpla el juramento que hizo como caballero.
Y ya que lo sabe Dios, que lo sepa el mundo entero:
quien promete sin cumplir es villano y traicionero.
Le encontró en Zocodover rodeado de aduladores,
vanagloriándose altivo como hacen los vencedores,
rodeado por la corte de falsos aduladores.
Aurora avanzó serena y a él se le mudó el color:
la vería toda su gente, manchando su pundonor.
Sintió un fuego en sus entrañas que no era por el calor;
le pilló desprevenido y no hallaba el valor:
«Si no hago que se calle se manchará mi blasón.
Aquí, como en la batalla, ataca antes que te ataquen:
desconcierto a mi enemiga con un golpe que la aplaque».
—¿Qué vienes buscando aquí cuando estoy con mis amigos?
Si algo me quieres pedir, yo no tengo que ver contigo.
¿O es que pretendes fingir que tuviste trato conmigo?
Vete a pedir a otra parte, que aquí no quiero mendigos.
El rostro de ella no mudó, aunque la ofensa caló hondo,
y ante todos le reprochó su falso brillo sin fondo:
—El mendigo lo eres tú: yo mis verdades no escondo.
Me engañaron tus palabras por ser joven y sencilla
y me hiciste mil promesas; tú eres noble de boquilla.
Tu proceder es cobarde y mientes de maravilla,
pues tu grandeza descansa sobre peana de arcilla.
Tu nobleza es aparente y ante Dios lo certifico:
tus conquistas las consigues embaucando con tu pico,
comprando honras y afectos: solo eres un pobre rico.
Por tu linaje y tu honor ante un Cristo tú juraste,
y engañándome a traición a la guerra te marchaste.
Y ahora muestras orgulloso la gloria que conquistaste.
Mancillaste mi inocencia pero nunca me quisiste,
dejándome este bebé que en mis entrañas pusiste:
¡en toda tu vana vida esto es lo mejor que hiciste!
Tú no sabes comportarte ni cumplir con tus deberes,
que con falsedad y engaños no se ganan las mujeres.
A no ser que las compres pagándoles sus haberes:
así consigues placer, mas no honra, ¡que te enteres!
Si en vez de gloria, derrota hubieras traído a tu vuelta,
mi consuelo habrías tenido, que mis promesas son ciertas.
No tratas con mujerzuelas de esas que están en venta:
soy la madre de tu hijo que en mi pecho se aposenta.
Es la sangre de tu sangre: nunca hiciste mayor gesta.
No mereces ser su padre; mira a tu sangre y despierta.
Al verse desarbolado y que fallan sus defensas,
ve peligrar su renombre ante una mujer indefensa,
y da la vuelta a la queja escudándose en la ofensa,
arremetiendo contra ella con cólera manifiesta:
—¡Esta mujer me difama e inventa falsos ultrajes!
¡De la cabeza está loca y agravia mis linajes!
A la Inquisición la entrego, que juzgue sus desvaríos:
me ha ofendido gravemente ante todos mis amigos.
¡Pido que sea apresada y la encierren en prisión!
Si por el rey di mi sangre, al tribunal pido acción.
Dos justicias la prendieron y la condujeron presa;
el Santo Oficio de cerca debía juzgar la ofensa,
mientras la gente apiñada asombrada se dispersa.
Ella caminaba erguida, no la tomó de sorpresa:
la firmeza de sus pasos su noble pureza expresa,
mientras su gran dignidad Toledo admira con certeza.
La recibió el tribunal con severa compostura;
el inquisidor mayor vestía saya sin hechura,
con hábito franciscano y cordón a la cintura,
sandalias en sus pies atadas con atadura
y un bonete sobre el pelo coronando su figura.
Sobre ella el inquisidor clavó sus ojos certeros;
descendió de su sitial con pasos lentos y serios,
sin perder ningún detalle de lo que entra en sus fueros.
Y al observarlos pensaba ante cuadros tan austeros:
«¿Una madre y un bebé ante mí por desafueros?».
Aurora, como una estatua, al pequeño está abrazando;
tiene sed la criatura, que lo está necesitando,
y su pecho late lleno para seguir amamantando.
El bebé suelta un gemido su alimento reclamando.
El juez la miró atento y señaló una banqueta
donde Aurora se sentó quedándose allí muy quieta.
El franciscano observó y preguntó qué requería,
dando licencia formal para hablar si pretendía,
pues de nada era culpable mientras no se inquiría:
—¿Podría dar al niño el pecho? No ha comido en todo el día,
y reclama de mi seno el sustento que ansía.
«Nunca se me presentó un suceso tan singular:
que se alimente el infante es lo primero a velar».
—Nutre al niño sin recelo, que no sufra el inocente,
que en los lances de la vida conviene ser indulgente.
Descubrió su pecho blanco con pudor limpio y sereno
y sació a la criatura que bebía de su seno.
Cuando apaciguó su hambre y reposó en su regazo,
miró al fraile fijamente y le sonrió con agrado.
El bebé, ya descansado, soltó un murmullo gozoso,
y el juez se vio conmovido por gesto tan candoroso:
en el claustro no se ven infantes tan primorosos.
Recobró luego el talante mudando el semblante en roca;
fue un descuido pasajero la sonrisa de su boca.
Mas la estampa de aquel niño penetró en su severidad,
templando los rigores en favor de la verdad.
El tribunal tomó asiento retomando la cordura,
preguntando a la muchacha con templanza y sin tortura:
—Tú acusas a un mariscal de traidor y de felón,
de quebrantar juramento empeñado en su blasón,
a un soldado que en campaña mereció una distinción.
—Sí, señor, de eso le acuso, y la prueba es este niño;
mas no fue con violencia, sino ganado con cariño.
Pero una vez obtenido, faltó al honor y a su empeño.
Lo logró con falsedad de palabra y juramento:
su promesa fue la llave que arrancó mi asentimiento.
Me dejó con este infante en lugar del casamiento,
y hoy niega su palabra desoyendo el mandamiento.
—Prueba que dices verdad: preséntame algún testigo,
porque si es una calumnia recibirás gran castigo.
—Mi testigo está en la cruz: vayamos a su presencia.
Solo Cristo es soberano y sabrá dar la sentencia.
—A tu testigo iremos, pues Cristo ampara al humilde
y no teme dar su juicio en mitad del descampado.
Ante la efigie sagrada marchó toda la comitiva:
estaba el inquisidor, Aurora, el niño y el hidalgo,
un letrado postulante, notario dando fe viva,
y corchetes vigilando la solemne comitiva.
Al Cristo de la Vega preguntaron con unción
si era verdad el agravio que causó la acusación.
Rezaron las letanías con fervor en la oración,
aguardando temblorosos el fallo de la razón:
—¡Una señal te pedimos si la doncella no miente!
¡Dinos si este juramento fue empeñado francamente!
Un silencio sobrecogió a cuantos estaban presentes.
La tierra tembló de pronto con misterioso rumor,
y un resplandor en el cielo encendió la santa cruz:
el clavo de la madera se soltó con lentitud,
y una voz honda y divina llenó toda la quietud:
«¡Sí, prometió desposarla! ¡Hágase con rectitud!».
El brazo bajó despacio señalando hacia el suelo,
quedando así para siempre bajo la bóveda del cielo.
Los presentes cayeron de rodillas conmovidos,
mientras el noble altivo bajaba la vista herido.
—Confieso ante su eminencia que fui soberbio y liviano,
que abusé de la confianza faltando a la ley del cielo.
Estaba ciego de orgullo y me creía invencible;
la vanidad de mis triunfos me hizo un hombre insensible.
Pido perdón a este templo, pido perdón a mi juez,
y a Aurora pido clemencia rindiéndome a sus pies.
He sido falso y perjuro, mas de Aurora estoy prendado;
este hijo que me ha dado es mayor prez que el ganado.
Reclamó lo que era justo ante toda nuestra gente
y la rechacé con dolo de manera indecorosa.
Acepto la penitencia que se me quiera aplicar,
mas pido que a mi heredero se le dé mi dignidad.
—Señor juez, pido indulgencia para el padre de mi hijo:
fue el orgullo de la gloria lo que causó el desatino.
Si él reconoce a su sangre, yo le ofrezco mi perdón.
—El tribunal reconoce el milagro soberano:
quedan perdonadas faltas por la piedad de esta dama.
Mas cumpliréis dos mandatos para expiar vuestra culpa:
con vuestro nombre e hidalguía el retoño irá al bautismo,
y ante este Cristo testigo tomaréis matrimonio.
—Aurora, ¿quieres a Gonzalo para que sea tu esposo?
—Sí, padre, sí lo quiero y haré su andar venturoso.
—Gonzalo, ¿quieres a Aurora como legítima esposa?
—Sí, padre, y juro honrarla con devoción cariñosa.
Ante el Cristo de la Vega el enlace fue sellado,
quedando aquel juramento plenamente consagrado.
Y que el escribano asiente lo que el cielo ha decidido:
que se llame para siempre el Cristo del brazo caído.
Esta historia escucharás en multitud de ocasiones,
y bien distinta será, pues se han hecho mil versiones.
Son leyendas de la tierra transmitidas por la gente,
que al correr de boca en boca siempre suenan diferente.
Francisco Guío — 2009