La creación

Planeta tierra

Reflexión sobre el cosmos y la Tierra


Dos pedruscos colosales van por la nada vagando;
se han cruzado muchas veces como barcos navegando,
y nunca se han dado cuenta de que se están necesitando,
pues los dos se complementan: ¿se acabarán encontrando?


Son de sexos diferentes, se deben ir desfogando,
que esto de las feromonas siempre se acaba pagando.
¡De pronto cambian de órbita y su brillo va aumentando!
Doblan su velocidad, raudos se van acercando.


Con grandes lenguas de fuego los dos se están abrazando;
surgen inmensas explosiones cuando se están acoplando,
y millones de fragmentos se fueron desperdigando.


Se extinguieron las tinieblas y el cielo se fue alumbrando,
creándose el universo que ahora estamos contemplando.
Con el magma y con los gases el Sol se acabó creando,
y con su luz y calor la Tierra se fue arraigando.


Al nacer era un fangal que mil volcanes vomitaron;
inquieta y muy inestable, las fuerzas la transformaron.
Los ardores del gran Sol las superficies secaron:
formáronse riachuelos, las simientes arraigaron,
y los grandes cataclismos las cordilleras formaron.


En las simas y hondonadas las aguas fueron quedando,
formando enormes esclusas donde se iban embalsando.
Del agua surgieron seres con sus cuerpos arrastrando,
a los que saldrían patas para acabar caminando.


Siendo aún microorganismos, la Tierra nos dio cobijo
y nos acogió en su seno porque éramos sus hijos:
de la tierra hemos nacido lo mismo que los botijos,
y sus átomos nos dieron la vida sin entresijos.


Todos quieren ser sus dueños y por eso siempre hay guerra;
mas la tierra no es del hombre: es el hombre de la tierra.


Me resulta deprimente que de un millón de fragmentos
no exista otro similar en este gran firmamento.
Si la Tierra creó vida con paciente nacimiento,
tiene que haber algún orbe con semejante portento.


Seguro que hay otros seres que nos miran en secreto,
y ven que usamos la Tierra para arrojar excrementos,
que la usamos de almacén de restos de experimentos.
Estarán por descubrir nuestro planeta perfecto,
pensando que quien destruye un hogar como este nuestro
tiene que habitar en otro donde no quepan defectos:
¡no sospechan que habitamos en un montón de estiércol!


¡¡¡Cuida lo tuyo, capullo!!!

Francisco Guío — Febrero de 2010

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