Y Colón se coló

Llegada de Colón a las américas

Los aztecas, los incas y los mayas igualmente
practicaban sacrificios o guerras tranquilamente.
Luchaban contra otros pueblos por ser de un dios diferente,
quedándose con sus tierras y esclavizando a su gente.
Pero a pesar de sus cosas, vivían plácidamente.


No conocían los metales, solo la plata y el oro,
con el que hacían amuletos para su ornato y decoro
o como ofrenda a sus dioses en perdón de sus desdoros.
Solo los grandes caciques disfrutaban tal tesoro.


No existieron las monedas en tiempos precolombinos;
las semillas del cacao, con sus poderes divinos,
eran monedas de cambio en los medios palatinos.
Son los que al pueblo aborigen les imponen su destino,
como lo harían los pastores con sus rebaños de ovinos.


Un día, flotando en las aguas, surgen aves imponentes,
colosales y panzudas con grandes alas batientes.
Iban partiendo las olas con sus picos prominentes;
provenientes de otros mundos llegaron al continente,
depositando en la playa criaturas de su vientre.


El correo en esos tiempos era muy poco eficiente:
cuando llegaba el mensaje, la noticia era patente,
que lo aprendían de memoria hasta llegar a su oyente.
Eran atletas corriendo sin mensajes aparentes,
y las noticias llegaban a través del continente
solo con un taparrabos y la noticia en su mente,
que ante su destinatario repetían constantemente,
y si alguien interrumpía, comenzaban nuevamente.


No conocían caballos ni otros seres parecidos,
aunque tenían a las llamas en rebaños esparcidos,
y el transporte sobre ruedas les era desconocido.
Se desplazaban andando, o en andas los elegidos:
esos grandes personajes o sacerdotes ungidos.


Su dios Sol les daba vida y también les daba muerte;
al ser su dios principal, a él confiaban su suerte.
Pero la suerte va en andas igual que sus dirigentes:
protegiendo al poderoso y olvidando al inocente.


Cuando por fin se enteró Moctezuma plenamente,
desplegó todas sus tropas y se colocó a su frente.
Cargado sobre los hombros como emperador pudiente,
fue en busca del invasor; quería beber de sus fuentes
y averiguar por sí mismo suceso tan sorprendente.


Toda la hueste iba andando (por eso eran tan potentes)
y Moctezuma en su trono portado por sus creyentes,
los cuales se iban turnando sin que fuera muy patente.


Le esperaba Hernán Cortés con sus naves al poniente,
con todos sus capitanes en formación imponente,
con uniformes de gala deslumbrando a su oponente,
viéndoles cómo emergían de aquella selva envolvente.


La playa era muy extensa y Cortés los aguardaba;
entre tanto, a unos cien metros los guerreros se paraban,
quedando una franja libre que ambos bandos respetaban.
Todos aguardan las órdenes para saber si atacaban,
y Cortés y Moctezuma atentamente observaban.


Moctezuma y sus guerreros miraban con gran cuidado
las corazas y las armas de aquel pueblo recién llegado;
el cacique más curioso contemplaba deslumbrado
las espadas relucientes que en la orilla habían brillado.
Y cuchichean lo que ven diciéndoselo entre dientes:
seres tan extraordinarios con armas tan diferentes.


También del bando español miraban con atención
a los guerreros cobrizos que entraban en formación,
portando rústicas lanzas de notable precisión;
bajos de estatura todos, mas de fuerte complexión.


Los dos jefes al unísono iniciaron su andadura
para poder dialogar por el bien de la aventura,
consiguiendo sin violencia una concordia futura.


Los dos alzaron la mano saludando al oponente,
diciendo con aquel gesto: «Paz para ti y los presentes».
Con expresiones de agrado los mandatarios asienten
y ambos bandos se relajan, pues no hay peligro aparente.


Por mediación de los signos ambos se van entendiendo,
y esto fue lo interpretado por quien lo fue trascribiendo,
en una versión muy libre de lo que estaban diciendo,
mientras las dos formaciones en tensión les van siguiendo.


—Jamás pisaron mis tierras extranjeros tan extraños,
ni animales tan pacíficos de semejante tamaño.
Dime que vienes en paz, sin falsedades ni engaños,
y os acogerá mi pueblo y los pueblos aledaños.


—Llevamos casi tres lunas con víveres racionados;
por la falta de alimentos ya estábamos sentenciados.
Y yo bendigo esta tierra por el refugio otorgado,
que gracias a su abundancia de morir nos ha librado;
te estamos agradecidos por la ayuda que has prestado.
Los lazos de la amistad nos unan eternamente;
yo deseo que así ocurra desde este día en adelante.


—Vuestras aves nadadoras dicen que sois eficientes,
y eso que llamáis caballos, tan dóciles y obedientes,
con la fuerza que demuestran son sumisos y prudentes.
Decidme de dónde vienen personas tan influyentes,
que os posáis sobre las aguas y el dios del mar lo consiente,
siendo un dios tan quisquilloso y poco condescendiente.


—Nuestra nación es España y está en otro continente,
a varias lunas del tuyo sobre estas aguas rugientes,
que intentaron absorbernos hacia el fondo de su vientre.
Mis reyes quieren pedirte una alianza prudente
y os envían sus regalos para que sirvan de puente,
con paz, amistad y ventura entre tu pueblo y mi gente,
también algunos caballos que te son tan sorprendentes.


—Yo te tomo como hermano, aunque el hecho es muy reciente;
yo y mi nación os honramos como aliados y parientes.
Que nuestros pueblos se unan lo mismo que nuestras mentes;
cambiemos nuestros penachos en señal de buena suerte.


Se desprendió de sus plumas; le dio su casco Cortés,
y en aquel fiel intercambio hubo un pacto de poder.
Le puso un collar precioso y bellamente labrado,
hecho de un oro tan puro que Cortés quedó asombrado,
diciéndole con un gesto que había sido de su agrado
y pensando hacia sus adentros que era un objeto sagrado.
Cortés desciñó su espada, que era su bien más preciado,
y se la dio a Moctezuma, quien se sintió muy honrado;
la contempló largamente y se la colgó al costado,
y se abrazaron los dos como aliados de buen grado.


Tenochtitlan, joya azteca que al mundo maravillaba,
dentro de una gran laguna que a la luz del sol brillaba;
construida sobre una isla con selvas que la cercaban,
con calzadas de acceso y guerreros que velaban.


Cortés y sus capitanes instalaron a sus huestes
en medio de una llanura antes de cruzar el puente,
diciendo que mandarían suministros suficientes.


Llegaron a la ciudad donde fueron aclamados
y en el palacio imperial largamente agasajados.
Les alojó en sus estancias con sirvientas y criados,
y ellos se hicieron los dueños de lo suyo y lo de al lado.


Los españoles pedían muy diferentes cuidados,
obligando a las mujeres a obedecer sus mandados,
imponiendo sus caprichos y a servidoras forzando.


Las mujeres se quejaban mostrando su desagrado,
diciendo que olían mal y no querían ser lavados:
—Dicen que en su religión el lavarse es un pecado,
y que el agua la hizo Dios para que viva el pescado.


No yacerán con un hombre que huele a queso curado
o que en sus partes ocultas lleve sudores pegados.
No es raro que las mujeres se acaben de ellos quejando,
pues lo que quieren lo toman y a todos van ultrajando.


Hasta el propio emperador los rumores han llegado,
y dio una audiencia a Cortés para hablarle de ese estado
y explicarle bien las leyes que regían su poblado.
De lejos sintió Cortés de Moctezuma el enfado:
«Cuídate bien de tus actos y habla con mucho cuidado,
que este cacique es muy suyo, no la termines liando».


—Han llegado a mis oídos hechos que no me esperaba:
que tratáis a las sirvientas como si fuesen esclavas
y que intentáis poseerlas tomándolas por las bravas.
El abuso es un delito y vuestra ignorancia os salva,
pero os tenéis que asear, que ropa y cuerpo se lavan.


En mi país la mujer puede estar con quien prefiera,
y nunca se ha de forzar a una mujer que no quiera.
Un hombre que huela mal con mujeres no prospera;
aquí se deben lavar si es que emparejarse esperan,
que el mal olor corporal las mujeres no toleran.


—Perdonad, emperador, no quiero ser insolente:
tomar sierva no es delito porque es un ser obediente,
y el lavado corporal es costumbre poco urgente,
pues los efluvios del cuerpo van con el ser inherentes.
La mujer la creó Dios como alivio para el hombre,
para darle descendencia y perpetuar su buen nombre,
y respetarle y servirle sin que por ello se asombre.


—Gente con vuestro poder que a la limpieza reniega
no se aviene a la razón y a ser pulcra se niega.
A convivir en desidia de esa manera se arriesga;
hay que ser de igual ralea para tolerar tal regla.


—¿Nos estás llamando cerdos por seguir nuestras costumbres,
cuando venimos de un reino situado en la alta cumbre?
Civilizados y cultos, cuya ley el orbe cubre,
y cualquier pueblo del mundo ante nosotros sucumbe.
Solo Dios tiene opinión en asuntos que me incumben;
no es honrada la hidalguía que ante murmurios sucumbe.


—¿Llamáis civilización a armaros en cantidad?
Y yo, a quien llamáis salvaje, solo ofrezco honestidad.
Aquí las leyes son nuestras y son nuestra identidad;
si estás aquí con nosotros, respeta esa realidad.
Ahora comprendo que sois amigos de falsedad.
Convoca a tus compañeros, te doy una oportunidad:
son los desagradecidos los que matan la amistad.


Me equivoqué con vosotros dándoos mi lealtad;
os acogí como hermanos y os portáis con crueldad.
Marcharos en mala hora y vuestra lengua cuidad,
que al que siga en mi país no le tendré piedad.
Recoged pronto las cosas, disuelvo la sociedad;
yo no tolero en mi tierra semejante iniquidad.
Que vuestro Dios os perdone tanta falta de humildad.


—Tienes todos los derechos y acato tu autoridad;
si estuviésemos en campo abierto, habría más igualdad.
Aprovecha este momento y mátame sin piedad,
porque si estuviese libre arrasaría tu ciudad.
Palabra de caballero, que lo que digo es verdad:
si salgo vivo de aquí, no nos pidáis caridad,
porque con vuestro armamento no existirá paridad.


—Podría ordenar vuestra muerte y no cundiría la alarma,
pero lo haré en un combate cara a cara y con las armas.
A los caídos en lucha sus dioses les dan las palmas,
y por eso los aztecas miran la muerte con calma.
Y ahora sal de mi vista, que mi deber me reclama.


La gran ciudad fue sitiada por Cortés y sus lanceros;
tenían cañones, caballos, recias espadas de acero,
disponían de jinetes y diestros arcabuceros.
Los aztecas, sus escudos hechos con los carriceros,
y macanas de madera son las armas del guerrero,
con lanzas arrojadizas y hondas de fino cuero,
y una fe ciega en los dioses que pregonan sus voceros.


La artillería española es la que ataca primero,
produciendo muchas bajas en los aztecas punteros,
muriendo bajo las bombas que disparan sus morteros,
que, al no hallar resistencia, causan un daño severo.


Los aztecas retroceden para esquivar los aceros,
pues carecían de armas contra enemigos tan fieros.
Mas de pronto, sin aviso, les atacan los arqueros,
que eran tropas de reserva adiestradas con esmero,
y la vanguardia cristiana sufre un contraataque fiero.


Invisibles tras la selva tiran lanzas a su antojo
y rompieron sus defensas con intrepidez y arrojo.
Abriéndoles las corazas, tiñéndoselas de rojo,
los coraceros caían como la espiga al rastrojo.
Cayó una lluvia de piedras que desarmó sus mañas;
eran honderos del monte, cazadores de alimañas.


«Con todo mi poderío fui derrotado en campaña.
Mi vida llena de triunfos esta derrota la empaña,
y seré enterrado aquí, a diez mil leguas de España.
Me empeciné en la ciudad sin ver que la selva engaña».


—Nunca he tenido en mi vida enemigos más valientes.
Dispón de nuestras personas como creas conveniente;
hemos sido derrotados y no pongo inconvenientes:
he perdido la batalla, pero ante un gran oponente.


—Tu derrota ha sido honrosa, tu suerte está decidida;
vuestras vidas no reclamo, solo vuestra despedida.
Puedes recoger los cuerpos para curar sus heridas;
en dos días mis guerreros comenzarán sus batidas.
Si alguien no puede seguir, le curamos enseguida:
servirá como instructor y podrá salvar la vida.


Vuestras armas y caballos quedan todas confiscadas;
mis hombres no atacarán a nadie en la retirada.
Pero cuidaos de las tribus que no tenemos censadas:
son grupos que van por libre con costumbres atrasadas,
comen todo lo que cazan: su apetito es quien les manda.


Montaréis en vuestros barcos y os marcharéis enseguida,
y cuando os hayáis marchado, nuestra memoria se olvida.
No fueron más que centellas de una tormenta encendida.
Honraremos a los muertos por la gloria conseguida,
pues tus muertos y los míos son los que nos dan la vida,
ya que mueren en combate las almas más elegidas.


—La batalla se ha perdido por la trampa del camino:
tú luchaste en tu terreno y yo en él estoy perdido.
Cambiarán las circunstancias, que esto no está decidido;
si venzo en otra ocasión, te daré el trato recibido.
Eres un rival muy noble, el más noble que he tenido;
la historia hablará de ti como un guerrero temido.


Los soldados de Cortés se preparan lentamente,
mientras hacían parihuelas con ramajes resistentes
para llevar a los heridos cuyo andar no es suficiente,
mientras Cortés con su arenga va animando a toda su gente.


—Tenemos dos días de margen para seguir adelante,
por eso no hay que dudar ni perder un solo instante.
Nuestros barcos nos esperan: son fortalezas flotantes.
Formad dos avanzadillas con ojos bien vigilantes,
que en la jungla nos emboscan sin divisar al atacante.
Marchemos rápidamente para llegar cuanto antes.


Los soldados caminaban desprovistos de armamento,
cruzando la densa selva temiendo cualquier encuentro;
los heridos les retrasan con sus quejas y lamentos.
Sus heridas purulentas tienen un pronóstico incierto,
mientras les merma la sed y la falta de alimentos.


Un pastor de Extremadura prepara medicamentos
con hierbas que va cogiendo, confeccionando los ungüentos.
Cada paso es un suplicio, su caminar es muy lento;
los caídos van quedando sin exhalar un lamento,
y la marcha continúa sin demostrar sentimientos,
que los hombres derrotados solo viven el momento.


Al cabo ven un poblado y todos marchan contentos:
podrán curar sus heridas y descargar sus pertrechos.
Entran en varias cabañas encontrando algún sustento
y algodón con que aliviar tan amargos sufrimientos.
Los soldados vigilantes duermen con un ojo abierto,
pues están casi seguros de sufrir un nuevo intento.


Cuando curan a los suyos con paciente miramiento,
una nube densa de flechas cae sobre su campamento.
Quien lleva la peor parte son los enfermos expuestos,
y el resto escapa corriendo hacia un porvenir incierto,
abandonando la aldea tras dejar a varios muertos.


Por fin llegan a la playa, donde se arrojan exhaustos.
El retén que aguarda allí, viendo aquel regreso infausto,
protege su campamento para mantenerlo cauto
y socorre a sus colegas procurando aliviar su gasto.
Regresó solo una parte; los demás quedaron muertos.


Hernán Cortés, caminando, va pensando alguna táctica
para darle a Moctezuma una buena clase práctica:
—El enemigo se acerca, llegará aquí en un día;
temen sufrir emboscadas porque su marcha es tardía.
Nos están favoreciendo con sus sospechas baldías,
porque aún ignoran bien con qué morlaco ellos lidian.


Lo que en esta tierra hagamos a la patria dignifica,
y tenemos dos opciones: o huir o emplear la épica.
Sacaremos de las naves solo las cosas más prácticas:
las armas y los caballos para ordenar nuestra táctica,
y el resto lo quemaremos en una decisión drástica.
Pues quemando nuestros barcos no habrá dudas erráticas:
más vale honra sin naves que tener naves sin ética,
para encumbrar a nuestra hueste recurriendo a la heroica.


Si vienen hacia nosotros con el grueso de su ejército,
la ciudad la habrán dejado con un retén de repuesto.
Caminan tranquilamente dando su triunfo por puesto;
si ellos marchan hacia aquí, tenemos que hacer lo opuesto:
la caballería en vanguardia logrará el asalto perfecto.


Cuando ellos lleguen aquí, no sabrán de nuestro intento;
pensarán que es brujería y olvidarán lo que es cierto.
Y mientras ellos cavilan, nuestro camino está abierto;
los caballos son la llave para consumar el acierto.


Cien jinetes bien armados van por la espesura agreste;
la ciudad ya está a la vista, deben caer por sorpresa.
Pronto dan con el retén, al que apresan con destreza,
y el pueblo los ve aterrado salir de la selva espesa:
mitad hombre y mitad bestia, la extraña estampa les pesa;
creen que es obra de los dioses y el asombro no les cesa.


Nadie hizo ningún intento de oponerse a las monturas:
eran dioses reencarnados probando a sus criaturas,
y lo que los dioses hagan siempre traerá venturas.
Cortés halló la ciudad sin focos de resistencia
y revisó de inmediato cómo andaba la intendencia.


Como todo estaba en orden y no había deficiencias,
se dirigió a sus soldados ordenando providencias,
instando a todas sus tropas moderación y prudencia:
—Dividíos en tres grupos; dos aguardarán con paciencia
en los lados del camino sin delatar su presencia.
La caballería en reserva para darles la sorpresa;
tras las mieles del festejo se convertirán en presas.


Al entrar en la emboscada no habrá que usar la violencia:
vestiréis de lugareños para borrar diferencias.
Tenéis que ser invisibles, ocultando la presencia;
actuad como hacen ellos, no cometáis imprudencias.
Y tratadlos como a iguales, demostrad vuestra experiencia.


Se mezclaron con el pueblo y en los oficios se ocupan.
Un jinete vio a una llama y quiso montar en su grupa;
hizo ademán de montarla y pagó pronto su culpa,
pues suele ocurrir al punto que si molestas te escupan.


Moctezuma se pregunta: «¿Cómo pudo ser aquello?
No queda ningún extraño y el agua arde con destellos.
Será algún dios poderoso que ha dejado aquí su sello
y fulminó a los soldados por el daño que hicieron ellos.
Volvamos a nuestra casa para recobrar el resuello».


Regresaban a su pueblo con la columna ordenada:
la guerra con los extraños era una lid superada;
los dioses habían querido proteger a su mesnada.
Iban a hacer sacrificios en su devota jornada,
para que todo su pueblo festeje la fe ganada.


Llegaban muy confiados viendo la urbe calmada,
cuando se ven rodeados de mosquetes y de espadas.
Ven la defensa imposible e inviable la escapada,
pues todas las posiciones han sido ya dominadas.
—¡Moctezuma, date preso! —gritó una voz a su espalda—.
No intentéis la resistencia: tu ciudad está sitiada.
No busco causaros daño; nuestra cuenta está saldada.


—Contra los hombres se lucha... ¿Cómo luchar contra nada?
Pensamos que te habías ido al fondo de la ensenada,
y ahora encuentro a mi gente cautiva y acorralada.
Me han engañado los dioses diciéndome que te has ido;
en el mar solo hubo fuego y habías desaparecido.
Y al regresar a mi casa me encuentro preso y vencido.
Quiero que me des la muerte, te la pido convencido,
pues un monarca azteca nunca tan burlado ha sido.
Queremos morir con honra y no vivir sometidos.


—Yo estoy vivo como tú: tócame y sal de temores.
En esta confrontación no existen los vencedores;
si ambos fuimos derrotados, ambos fuimos ganadores.
Ayer me diste perdón tratándome con honores,
y hoy te lo devuelvo igual: favores pagan favores.
No te he vencido en la lid, te han vencido tus temores.


Cada cual volvió a su vida; no hubo pérdidas humanas,
y Cortés y Moctezuma charlan de cosas cercanas,
pues el lance es una historia que se contará mañana.


—Tú eres el emperador de un pueblo extraordinario;
si pactas con nuestro rey, nunca seremos contrarios.
Mezclaremos nuestras leyes para usarlas a diario.
Nuestra higiene personal, que siempre causó mal fario,
ahora se hará con esmero y será hábito ordinario:
ya nunca nos faltará el jabón en el armario
y cambiaremos de ropa si se encuentra en precario.


No quiero que las mujeres nos rechacen por marranos;
con ellas acordaremos lo que de mutuo queramos.
Cuando queramos los dos, en armonía tratamos,
que es mucho más placentero si entrambos lo deseamos:
no impondremos voluntades a quien amar pretendamos,
que de mujer y de hombre nacemos y prosperamos.


Ahora cambiaréis vosotros parte de vuestros legados:
las ofrendas con personas chocan con lo consagrado;
hay que mudarlas por otras que las vayan jubilando.
Vendrán frailes franciscanos para iros enseñando,
para conciliar las normas y salir todos ganando,
y que en tu patria y la mía impere un fecundo mando.
Que entren aquí los progresos es lo que estoy deseando:
con cultura y con doctrina iremos juntos medrando.


—Siendo países unidos, vendría un representante
que impusiera su criterio ante nuestros gobernantes,
censurando nuestras leyes con mandatos arrogantes.
No creo que a ti te agraden presiones de todas partes.
España, según me dices, es una tierra creyente
que tiene muy sometida a casi toda su gente,
gobernada por la cruz y jerarcas influyentes.


Queman reos en las plazas porque sus credos rechazan,
y ajustician a inocentes por faltas que les achacan,
mientras vuestros sacerdotes sus condenas arrebatan.
Poseéis barcos enormes y ejércitos contundentes,
mas siempre tenéis conflictos contra el vecino de enfrente
por quitarle sus dominios de manera prepotente.


No quiero admitir aquí costumbres tan inclementes.
Deseo la paz contigo, mas a España quiero ausente.
Aquí quien rinde la vida lo hace de forma consciente:
son cautivos de la lid que con orgullo consienten,
y para honrar a los dioses buscamos al más valiente.
Vosotros quemáis a aquel que vuestro clero no acepte;
nuestras costumbres y ritos son bastante más clementes.


Nuestros hijos han nacido con dignidad y presente,
y tendrán un porvenir sin tratados imprudentes.
Somos culturas distintas, el enlace no es prudente;
la alianza con vuestro rey traerá graves inconvenientes:
somos credos y costumbres enteramente diferentes.


—Comparto muchas razones de las que aquí me rebates.
Somos amigos sinceros, mas de mundos muy distantes;
cada cual por su camino afrontará sus embates.
Me marcharé con mis tropas a sostener mis combates.
Que tus dioses te resguarden y no vuelva a molestarte,
pues no quisiera romper este venturoso empate.


—Te ofrezco mi simpatía, mas no puedo acompañarte:
somos de mundos distintos, nacidos para apartarse.


El nombre de Hernán Cortés pervivirá en la memoria,
y el nombre de Moctezuma junto a él en la historia.
Los aztecas no tendrán gobernante más famoso,
y tú con el tiempo serás un caudillo poderoso.
Que mis dioses te protejan y el tuyo sea piadoso.
Y el ejército marchó por un gran bosque frondoso,
unidos ambos rivales por un destino glorioso.


Esto es solo una parodia sobre el indio americano;
es solo un cuento cordial para el buen parroquiano,
pues si cuento la verdad, no es para sentirse ufano.


Llegaron conquistadores de media parte de Europa,
y no en son de gentileza: llegaron cobrando tropa.
Les despojaban de todo sin escuchar su congoja,
embarcándolos a la fuerza en el sollado de popa,
con cadenas por brazales y aligerados de ropa:
amargo viaje forzado custodiado por la tropa.


Colón abrió el continente y dejó la puerta abierta,
y todo aquel que arribaba venía a llenar la cesta.
Para el nativo los golpes, para el señor las propuestas,
viviendo en la opulencia mientras al débil revientan.


Llegaron aventureros y mercenarios de casta,
representando a naciones que con decretos aplastan,
relegando al habitante a mano de obra barata;
y a quien alce la protesta de inmediato se le aplasta,
y a quien resista sus leyes en las minas lo desgastan.


Al final, varias naciones se repartieron el pastel:
los españoles, británicos y Portugal en cartel,
cambiando tierras y vidas por promesas y oropel.


Un tal Cristóbal Colón, que en media Europa había andado,
decía que el orbe es redondo y en su curso va girando.
Los proyectos que ofrecía muy pocos iban mirando,
hasta recalar en España, donde Isabel rige el mando.
Tras muchas y largas quejas halló lo que iba buscando.


Le interesó la propuesta y el marino negociando;
y aunque el erario era escaso y el reino andaba mermado,
Isabel era una reina de empeño bien demostrado:
financió aquella aventura sus joyas empeñando,
buscando arribar a las Indias por un rumbo nunca hollado.


Compraron tres carabelas a los hermanos Pinzones,
robustas y bien dispuestas para aguantar los tifones,
con jarcias y tripulantes en óptimas condiciones,
y a Colón dio carta blanca para tomar decisiones.


La ruta hacia aquellas tierras se volvió dura y contraria;
la travesía fue larga y la despensa precaria.
Entre tempestades bravas, desaliento y malaria,
Colón les pide paciencia con devoción solidaria,
mientras rondan los motines en la tropa temeraria.


Cuando el desánimo cunde sin nadie que los asista,
es Rodrigo de Triana quien grita: «¡Tierra a la vista!».
Oyendo aquellas palabras sus fuerzas se multiplican;
mirando hacia el horizonte ríen, lloran y suplican;
la visión de aquella costa su fortaleza reanima,
y Colón toma el gobierno y el derrotero les fija.


—Con las corazas brillantes y armados hasta los dientes,
quiero veros formados al pie de nuestro puente.
Bajaremos en gabarras y yo me pondré al frente:
¡al fin dimos con la ruta de un rico continente!
(Creyendo tocar la India descubrió un nuevo continente).


«Voy a tomar estas tierras para la gloria de España,
que al otro lado del orbe este mismo mar la baña,
y en el mundo entero hablarán de esta magnífica hazaña».


Al desembarcar en playa, Colón desciende el primero,
toma el pendón de Castilla y lo enarbola certero.
Hinca la rodilla en tierra y exclama con voz serena:
—¡Por Isabel y Fernando la enseña queda clavada,
y en memoria de mi patria se llamará La Española!


Ese fue el primer periplo; tras él vendría la cola.
En las rutas de regreso se navegó a la bartola,
y gran parte del tesoro quedó tragado en las olas
o a manos de los corsarios que emboscaban a la flota,
mandados por oficiales y marinos de otra tropa.


Cortés marchó con los suyos; Pizarro fue con los incas;
otros tomaron a mayas como si fuesen sus fincas.
Portugal tomó el Brasil y una gran porción se trinca.
Al norte del continente arribaron holandeses;
tras afianzarse en sus villas llegaron los ingleses,
y para colmar el cuadro se sumaron los franceses,
que acabarían disputando por rivales intereses.


Rompieron viejas raíces que eran sus identidades,
pues apilar los caudales fue siempre su prioridad.
Pero las viejas costumbres viajan de padres a hijos,
como el alfarero enseña a modelar sus botijos.
Digamos las cosas claras y no andemos con acertijos:
se cobraron sus riquezas a cambio de crucifijos.


Entramos con avidez en esta gran aventura,
faltándonos en el trato templanza, calma y cordura;
más bien sobró la codicia vestida de compostura,
marcando con sombra amarga tantas historias futuras.


Mas sus esencias perduran y nos enseñan altura;
a pesar de que intentamos doblegar su cultura,
siguen brindando lecciones de hidalguía y de ventura.
Pido disculpas a todos, seáis de uno u otro lado:
perdonad nuestros errores, que errar es propio de humanos.

Francisco Guío — 2010

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