Elegía e indignación tras la catástrofe de Haití
Hay países en el mundo que presumen de grandeza,
expoliando al tercer mundo sus recursos y riquezas;
y mientras ellos se forran, los hunden en la pobreza.
Tan solo sus dirigentes disfrutan de sus larguezas,
mientras a sus ciudadanos los someten a la fuerza
a trabajos sobrehumanos por un sueldo de vergüenza:
sirviendo al capitalismo presumen de su grandeza.
La catástrofe de Haití es la que más me ha dolido;
no se me van las escenas de sus gritos desoídos,
y los que sobrevivieron vagan solos y perdidos,
sin tener de qué comer ni dónde ser atendidos.
Las personas solidarias mandan socorros en masa,
pero más de la mitad se van por la puerta falsa,
mientras mueren los heridos por asistencias escasas;
y jugando con la muerte grandes fortunas amasan:
son daños colaterales que a los gobiernos rebasan.
Currantes, amas de casa o jubilados solidarios,
que un céntimo de vosotros exprime vuestro salario,
y lo dais de corazón sin que se hagan comentarios:
gracias a vuestra ayuda tendrán auxilios primarios.
¡Vale más un euro vuestro que cien mil de un millonario!
Dios, si de verdad existes, ¿a qué viene tanto ensañamiento?
Que nunca has existido y solo eres un invento,
producto de las mentiras acumuladas en el tiempo.
Si fecundaste a María para cumplir tus designios
y que trajese al mundo un hijo entre martirios,
habrías frenado el desastre con compasión y alivio:
pareces un testigo mudo que contempla los delirios.
Entretanto los necrófagos, con apariencias legales,
se quedan las donaciones que llegan por mil canales,
dejando a los afectados revolcándose en sus males;
aprovechan la desgracia para cebarse cual chacales,
escondiendo sus rapiñas en paraísos fiscales.
Solo una pequeña parte llega a los beneficiarios,
y el resto va quedando en manos de intermediarios,
sin importarles las vidas que se apagan a diario.
Traficantes del desastre, despiadados mercenarios,
que en turbias cuentas foráneas engordan sus erarios.
Se comportan como sanguijuelas de los fondos solidarios,
mientras en sus mansiones aparentan con rezos ordinarios;
faltan los medicamentos por carencia en dispensarios
y el pueblo desamparado no encuentra lo necesario.
Todas las naciones mandan millares de voluntarios,
que salvarán tantas vidas con afán extraordinario;
mas los medios que poseen suelen ser deficitarios:
firmes al pie del cañón, entre afines y contrarios,
¡en vanguardia van marchando los héroes sanitarios!
Sin mirar afiliaciones ni razas, sois admirables:
bajo el polvo y los escombros yacen ricos y miserables;
sin reparar en papeles ni distingos desechables,
dejáis sudor y desvelo por rescatar vidas amables.
A quien comercia con muerte debieran sentenciarlo,
meterle en un agujero y en justicia castigarlo:
que sienta el mismo terror de quien no pudo salvarse,
y aprenda que con las penas del pueblo no debe jugarse.
Francisco Guío — Febrero de 2010