Salpicón de derechos y torcidos

Manifestación por la paz fente a las barbaridades de la guerra

Alegato pacifista contra la hipocresía y la guerra


Son los derechos humanos por los que abogamos todos,
pero escurrimos el bulto cuando nos salpica el lodo.


Nos conmueven los desvalidos si están limpios y atendidos,
y nos importan bien poco si sufren desnutridos.


La igualdad no se practica, es palabrería y quimera,
que conviene a los gobernantes dejar las miserias fuera.


Al país más poderoso: si en verdad eres tan fuerte,
suprime algo tan inhumano como es la pena de muerte.


En tiranías lejanas te ejecutan por un estornudo,
quedando tan solo exentos los que callan ciegos y mudos.


Todavía existen rincones donde lapidar es corriente
por desafiar la costumbre en asuntos de uso frecuente:
son fanáticos opresores, machistas e intransigentes.


Si una muchacha se opone al enlace que no ampara,
la someten a castigo y le desfiguran la cara.


Miren los pueblos de oriente sus pasados referentes:
las culturas protegían y hubo muchas y distintas;
Toledo o Andalucía son ejemplos bien patentes.


El maltrato a las mujeres en todos los medios sale,
y el atropello al inocente, ¿es que no somos iguales?
La violencia es condenable: procuremos ser leales,
que discriminar a ciegas es uno de nuestros males.


Los señores de la guerra que van de conquistadores,
si ven algo que expoliar dicen ser libertadores,
y mandan a sus soldados a morir por sus errores:
su mente calenturienta se fabrica sus terrores.


Hubo un mandatario foráneo que se inventó una patraña,
y encontró a dos socios ciegos que le hicieron la campaña.


Después de tantas muertes y ciudades destruidas,
se supo que aquellas armas que dijeron escondidas
fueron solo un burdo engaño de tres cúpulas homicidas.


Ese incendio que encendieron todavía está vigente:
los tribunales no juzgaron un crimen tan indecente;
tres soberbios enviaron a sus tropas a la muerte.


Solo el pueblo llano y libre, casi en un ciento por ciento,
exigió al gobierno en turno que no se inventase cuentos:
que cuidara de su gente y no provocase entuertos.


La soberbia de esos líderes la pagó el pueblo inocente,
porque atentados ciegos provocaron tantas muertes:
Nueva York, Madrid o Londres sufrieron las consecuencias,
muriendo miles de seres por su ciega prepotencia:
¡los millones de afectados no tendrán benevolencia!


De aquellos polvos vinieron estos lodos,
y al final de la contienda... ¡perdemos todos!

Francisco Guío — Octubre de 2009

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