Versión popular del relato navideño
En una noche muy fría va una pareja en camino:
él sujeta los ramales y ella monta en un pollino.
El cierzo les va azotando como cristales muy finos,
pidiendo a Dios que les libre de su penoso destino.
La tormenta les azota y están helados de frío,
porque ella está embarazada y menguan ya sus arrestos;
suplica por un refugio donde alumbrar a su crío.
Se cubren con unos mantos de tejido pobre y fino,
y el hielo cala sus huesos insistente y muy cansino.
«Si el retoño está en mi vientre, ¿ver la luz es su destino?».
Desde una loma boscosa ven la lumbre de farolas:
—Al fin, mi querida esposa, no darás a luz tú sola;
aquí podremos comer y descansar en la alfombra.
Era el pueblo de Belén el que mostraba sus luces,
pidiendo que los acojan en la posada del cruce,
que reparar los quebrantos es lo que más los seduce.
—Lo lamento mucho, hermano, pero es la época del censo:
me encantaría complaceros, mas tengo un lleno completo;
todo lo tengo ocupado hasta el cuarto de los piensos.
Me resulta imposible, por mi honor que no os miento:
me duele mucho lo vuestro porque guardo sentimientos,
pero no hallo aposento, de corazón lo lamento.
Muchos duermen en la cuadra compartiendo con los asnos;
están como piojo en costura, que vinieron desde lejos
a inscribir su vecindad ante el censo del romano.
—Mi esposa se queda helada: para ella pido el cobijo,
que la pobre está preñada y pronto parirá un hijo.
¡Se va a quedar congelada! Solo por ella me aflijo.
—Os voy a dar pan y queso y una escudilla de sopa,
y para que hagáis un fuego os daré yesca y estopa.
Es noche clara y helada, y por aquí el viento sopla:
encended una buena lumbre y arrebujaos la ropa,
que la escarcha va a ser dura y la protección muy poca.
Tomad estas mantas viejas para guareceros del frío,
que me da en la nariz que pronto seréis un trío.
Por la izquierda, según sales, hay una cuadra ruinosa:
es refugio de animales, siento no ofrecer otra cosa;
es tan solo un chamizo, pero servirá a tu esposa.
—Vale mucho lo que has hecho por mi mujer y mi hijo,
porque has allanado el trance y el parto será bendito:
el Señor te ha de pagar este favor tan prolijo.
La noche era despejada y distinguieron en paz
a una vaca perezosa descansando en el lugar,
rumiando briznas de paja para el tiempo pasar.
Juntaron unas retamas y ramas que había secas,
y restos de un cajón viejo prendieron pronto con yesca:
la estancia quedó alumbrada acomodando a la bestia.
Comieron de los manjares que les donó el posadero,
brindándole con cariño su afecto limpio y sincero:
los favores no se olvidan, salud para aquel ventero.
La vaca y el borriquillo dieron calor a la estancia
al nacer aquel pequeño que a un querubín semeja.
Una estrella apareció guiada por el vagido,
alumbrando el alumbramiento del infante más sabido.
Pastores que vigilaban trajeron tiernos presentes,
rindiendo su pleitesía ante el recién nacido:
nadie les dijo quién era, mas se sentían fervientes.
El vecindario acudió sin pausa pero sin prisa,
y el recién nacido premió al posadero con una sonrisa,
sintiendo en sus adentros la dulce paz que precisa.
La estrella quedó prendida en medio del firmamento,
iluminando a las gentes y al modesto nacimiento,
para que en las Navidades recordáramos el evento.
Llegaron tres personajes con turbantes y camellos,
procedentes de confines apartados y muy bellos,
luciendo regias coronas de rutilantes destellos.
Cuentan que eran reyes sabios de naciones muy distantes,
que siguieron el lucero hasta el pesebre anhelante:
por caminos diferentes llegaron ante el lactante.
Los llamaron Reyes Magos, los monarcas de Oriente,
y de aguardar sus regalos los chiquillos son pacientes,
aunque un barbudo con renos les dispute el expediente.
Ofrecieron mirra e incienso los donantes más sobrios;
el otro pensó con tino que el oro da más alivio,
que un puñado de monedas aligera el desavío.
Cuando a Herodes avisaron de que nacía un monarca,
su soberbia reventó temiendo perder la marca:
a todo niño de pecho que se hallase en la comarca
mandó degollar al punto invocando a la vil parca.
Muchos infantes perecieron a manos de sus verdugos,
mas al niño no alcanzaron las garras de aquellos brutos,
librándose en el destierro de perecer bajo el yugo.
Se salvó de la matanza por ventura y por amparo,
porque el cielo lo guardaba con un destino bien claro.
Podría seguir rimando la crónica de aquel portento,
mas la saga se prolonga en el Nuevo Testamento:
esa es otra peripecia y baste por el momento.
De Herodes burló la guardia esquivando la celada,
mas Pilatos aguardaba su justicia postergada:
los césares presumían con arrogancia inflamada.
Todo aquel que ha destacado por algo bueno... ¡ha pagado!
Francisco Guío — Diciembre de 2009