Con apenas quince años luchó contra los franquistas:
estaba de miliciana con un grupo de anarquistas;
era un compañero más en las filas frentistas,
ayuda constante y fiel para quienes la precisan,
ojo avizor en su puesto, donde nada se improvisa.
Era el final de la guerra y con saña se desquitan;
hacen daño por dañar, sangre piden los fascistas.
En un ataque a traición masacraron su trinchera:
no quedó nadie con vida, y si a ella dieron tregua
fue por saciar su crueldad y ultrajarla en la ribera.
Dolorida y humillada, en un descuido se marcha;
huye arrastrando su cuerpo, maquinando su revancha.
Con sigilo escapa lejos mientras ellos se emborrachan:
taladrada de dolores debe aprovechar su racha,
y su ropa hecha jirones en la maleza se engancha.
Comía lo que encontraba en un campo tan ramplón:
bellotas o setas bravas cuando están en su sazón,
o algún huevo de perdiz si surgía la ocasión.
Pasó errante varios días con noches desamparadas,
cubriéndose con las hojas por el monte diseminadas.
Y a punto de desfallecer, sin fuerzas, desesperada,
la rescatan unos maquis en mitad de la hondonada:
la curan y la alimentan y se une a los camaradas.
Entre marchas y combates ve que su vientre se ensancha:
la ultrajaron en la lid aquellas crueles mesnadas.
«Pariré lo que me venga refugiada en las enramadas,
porque pase lo que pase seré firme y esforzada.
Si es varón será llamado Luis, y si es niña Manola,
y a quien intente quitármelo le descargo mi pistola:
¡prepararé un paritorio porque voy a parirlo sola!».
En una pequeña cueva donde entraba de cuclillas,
va guardando provisiones como previsora ardilla.
La hora del parto se acerca y ella resiste y no chilla:
entra al fondo de su cueva y prende fuego a una astilla;
siente el frío de la tierra y se abriga con mantillas:
la fogata chisporrotea y el oscuro refugio brilla.
Las contracciones aumentan y el dolor no la quebranta;
cada vez son más seguidas, pero el ánimo levanta.
Nadie vendrá a socorrerla, mas su espíritu no espanta,
y un gemido contenido se escapó de su garganta,
pariendo al niño en el suelo sobre limpias mantas.
Mientras el bebé nacía en tan duras condiciones,
fuera se escuchan disparos, lamentos y maldiciones:
aquel niño vino al mundo en medio de ejecuciones.
Cortó el cordón con destreza y lo anudó con presteza;
limpió al recién nacido con agua de los goterones,
y se escucharon latir al compás dos corazones,
mientras la tierna criatura mamaba de sus pezones.
Se arrebujó entre las mantas ahogando sus emociones,
esperando a que cesara el rugido de cañones.
De fuera llega el silencio, nada perturba al infante;
suenan disparos aislados de la partida distante.
En cuanto cobra vigor, aunque demacrada y lacia,
preparó un hondo hatillo tras saciar a la criatura,
y sale con precaución hacia el bosque de acacias.
Camina entre los caídos que fueron sus camaradas,
que en la espesura del monte hallaron dura morada.
Tras varios días andando entre riscos y barbechos,
con carencia de comida y con la tierra por lecho,
precisaba alimentarse para dar al niño el pecho;
mas sus fuerzas languidecen y el pequeño llora estrecho.
No puede rendirse ahora: hay un futuro en su pecho.
Desde lo alto de un risco divisa una cabra lozana:
allí aguarda la comida sustanciosa, tibia y sana.
Saca un cuenco del hatillo con paciente ligereza,
acercándose despacio procurando no asustarla.
La cabra sigue pastando con mansa naturaleza,
hasta que toma su ubre y su angustia se sosiega:
sin que ella lo pretenda brotan leche y llanto en calma,
mientras la vida regresa serenándole la calma.
Nutrió al pequeño despacio con devoción soberana,
y se alimentaron juntos como ofrenda cotidiana.
Satisfecho el rapazuelo descansó con buena gana,
y ella le arrulla el sueño cantándole una dulce nana:
«Duérmete junto a mi pecho,
con tu barriguita llena,
que tu madre está al acecho
y cualquier peligro frena».
Vencidos por el cansancio en la peña se durmieron;
los días de duro ayuno su vigor consumieron.
Un pastor vio aquel ovillo de dos cuerpos encogidos
y los llevó a su cabaña para darles su cobijo.
Al despertar se encontraron con un buen fuego encendido,
tumbados en un jergón cuando el sol había salido:
—No temas, buena mujer: van tres días de reposo;
tu niño está bien cuidado y tienes pan generoso.
Ella le contó su historia como víctima y testigo:
el pastor condenó el daño brindándole fiel abrigo.
Meses pasaron con él viviendo como familia,
hasta saber por arrieros que la guerra concluía:
—Usted nos salvó la vida y eterno es mi agradecimiento,
mas debo volver a Toledo a buscar a mis parientes.
Quiero saber si en mi hogar la esperanza se mantiene.
—Vete y aclara tus dudas; aquí tienes tu guarida.
Toma viandas y dinero para iniciar la partida;
sigue sendas de pastores entre castaños y encinas.
Y el rudo pastor lloró cuando sintió la despedida.
Al coronar una loma divisa con emoción
la silueta de Toledo dominando el torreón.
Llega a la casa paterna donde la daban por muerta:
al verla entrar con su niño abren de par en par la puerta.
El zagal cumplía un año y en su hogar halló abrigo:
—Lo que tenemos es tuyo: quédate siempre con nosotros.
En la casa de mi padre vivió con calma y templanza.
Cuando mi madre me tuvo, hallándose padre ausente,
ella calmó sus dolores y le dio apoyo valiente:
fue la comadrona sabia que me ayudó a estar presente.
Ella me limpió y cuidó con cariño transparente,
y fue madrina en la pila aunque fuese poco creyente.
Me quiso como a un hijo, pues a ambos nos trajo al mundo,
con un trato bondadoso y un corazón muy profundo.
Los vecinos la admiraban por su porte y su presencia:
sabía componer los huesos y calmar toda dolencia,
aliviando torceduras con natural solvencia.
Contaba historias hermosas con arte de comedianta,
haciendo varios papeles que a los oyentes encanta.
Echaba cartas amables que solo auguraban suerte,
y la gente que iba triste salía con gozo fuerte.
Era la sal de la casa, una tía sorprendente.
Una tarde presintió una desgracia eminente,
y al poco tiempo mi padre cayó de un tejado al suelo,
muriendo en un accidente que a todos vistió de duelo.
La tía Rufina sufrió un dolor que no halla consuelo,
y la voz corrió en el barrio con misterioso revuelo:
decían que adivinaba y que causaba desvelos.
Para evitar maledicencias y murmurios en la plaza,
ella decidió marcharse sin guardar rencor ni queja.
Se mudó a un convento en ruinas donde hallar calma y reposo:
un ala de viejas piedras con ventanal espacioso,
con salida a un huertecillo con flores y plantas bellas.
Pronto llegaron familias buscando ayuda y cobijo,
y el claustro se transformó en un hogar compartido:
más de treinta familias vivían a su costado,
donde Rufina impartía concordia en todo el cercado.
Era una pequeña república de respeto y vecindad,
donde a nadie faltó lumbre, consejo ni dignidad.
Gentes venían de Toledo y de pueblos colindantes:
con mirarla descansaban de pesares agobiantes.
Aliviaba sinsabores, alejaba los rencores,
consolaba a los enfermos y calmaba los dolores.
Nunca pidió nada a cambio, jamás cobró sus favores:
solo admitía viandas o legumbres de labores.
Muchos la llamaron «bruja» al mirarla caminar,
unos con fe y devoción, otros por murmurar.
Pero fue una bruja blanca que a nadie causó pesar.
El día en que falleció —cuando ya el dictador se había ido—,
se marchó con una sonrisa, tomada de mi mano.
Murió con el alma limpia y el corazón soberano.
Por si algún día alguien lee esta memoria sentida,
quiero que sepan la gloria de su noble despedida:
esa bruja fue mi tía, luz y orgullo de mi vida,
que vivió libre y entera sin deber cuentas a nadie.
Francisco Guío — Febrero de 2011